Sunday, May 29, 2011
Friday, May 27, 2011
Una temporada en el infierno

Antaño, si mal no recuerdo, mi vida era un festín donde se abrían todos los corazones, donde todos los vinos fluían.
Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas. —Y la encontré amarga.— Y la injurié.
Me armé contra la justicia.
Y huí. ¡Oh brujas, oh miseria, oh aversión; sólo a vosotras os fue confiado mi tesoro!
Logré desvanecer de mi espíritu toda humana esperanza. Sobre toda alegría, para estrangularla, realicé el sordo ataque de la bestia salvaje.
Llamé a los verdugos para morir mordiendo la culata de sus fusiles. Invoqué a las plagas para asfixiarme con la arena, con la sangre. La desdicha fue mi dios. Me lancé contra el fango. El aire del crimen me secó. Le jugué malas pasadas a la locura.
Y la primavera me dio la espantosa risa del idiota.
Pero ahora, recientemente, cuando estaba a punto de exhalar el último suspiro, pensé en buscar la llave del antiguo festín, en el que, tal vez, recobraría el apetito.
La caridad es esa llave. —¡Esta inspirada afirmación demuestra que he estado soñando!
"Seguirás siendo hiena, etc..." declara el demonio que me coronó con tan agradables adormideras. "Gánate la muerte con todos tus apetitos, y con tu egoísmo y con todos los pecados capitales".
¡Ah! ¡Ya he tenido sufiente! Pero, querido Satán, se lo ruego, ¡no se irrite tanto conmigo! Y a la espera de esas pequeñas vilezas que aún me falta cometer, desprendo para usted, que ama en el escritor la ausencia de toda facultad descriptiva o instructiva, unas cuantas repugnantes páginas de mi libreta de condenado.
Arthur Rimbaud (1873)
Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas. —Y la encontré amarga.— Y la injurié.
Me armé contra la justicia.
Y huí. ¡Oh brujas, oh miseria, oh aversión; sólo a vosotras os fue confiado mi tesoro!
Logré desvanecer de mi espíritu toda humana esperanza. Sobre toda alegría, para estrangularla, realicé el sordo ataque de la bestia salvaje.
Llamé a los verdugos para morir mordiendo la culata de sus fusiles. Invoqué a las plagas para asfixiarme con la arena, con la sangre. La desdicha fue mi dios. Me lancé contra el fango. El aire del crimen me secó. Le jugué malas pasadas a la locura.
Y la primavera me dio la espantosa risa del idiota.
Pero ahora, recientemente, cuando estaba a punto de exhalar el último suspiro, pensé en buscar la llave del antiguo festín, en el que, tal vez, recobraría el apetito.
La caridad es esa llave. —¡Esta inspirada afirmación demuestra que he estado soñando!
"Seguirás siendo hiena, etc..." declara el demonio que me coronó con tan agradables adormideras. "Gánate la muerte con todos tus apetitos, y con tu egoísmo y con todos los pecados capitales".
¡Ah! ¡Ya he tenido sufiente! Pero, querido Satán, se lo ruego, ¡no se irrite tanto conmigo! Y a la espera de esas pequeñas vilezas que aún me falta cometer, desprendo para usted, que ama en el escritor la ausencia de toda facultad descriptiva o instructiva, unas cuantas repugnantes páginas de mi libreta de condenado.
Arthur Rimbaud (1873)
Wednesday, May 25, 2011
maluolo meselo
Los actos de decisión siempre causan polémica. Están quienes vigilan y arañan su peculio bajo el estándar de no cambiar las instituciones ni sus prácticas ni normas, abrazando la candidatura sicodélica de Keiko Fujimori (nunca dijo nada, ni trabajó y su familia extranjera gobernó y pretende gobernar después de robar, matar y huir). Y están quienes olvidados por decenios, hacen saber a través de un resultado de urna que las disparidades de un país que se dice crecidito y estable, los deja al final de la fila. Avalar una decisión bajo esta práctica democrática de pintarse el dedo implica hasta cierto punto asumir éticamente y con cierto reparo todos los pasivos de quienes “nos representarán”; empero, el apoyar la candidatura del clan Fujimori es inaceptable y repudiable. Vale mencionar que además de las irreparables pérdidas humanas, la pérdida ética y moral de una generación que fue transformada bajo el diseño de planes psicosociales que buscaban aletargar el pensamiento de los jóvenes, hoy aún hace eco. Es por ello que muchos (hablando de nacidos del 80 para adelante) carecen del poder discernir entre una opción y otra porque además del robo y saqueo a raudales, están los programas preparados, los cocteles de distracción con rojo sangre y harta teta, y la comicidad lastimera de una programación que nos entraba como alimento básico, cada día de nuestras vidas. Las instituciones demolidas por un contagio de alcaponismo, los medios controlados y maniatados con representantes que siguen hasta hoy, y los asesinatos a quien vaya con lupa a revisar los papeles que no se debían revisar, o a quienes se dignaban a no callar, conforman el universo que hasta ahora nadie puede novelar. Ese fue el decenio perdido de una generación que se olvidó de todo menos de sí misma, y hoy encalla en las profundidades de un individualismo enfermo que atañe a todas sus decisiones, incluyendo las que pueden afectar al resto de la población.
Aún así, ésta democracia que no representa y que te obliga a elegir entre lo que no quieres, logra que se endose una fuerte intención o deseo de cambio a quienes no se lo merecen. Y hay que decirlo, porque Ollanta Humala representa el fracaso de la izquierda. Todo movimiento siquiera progresista plegado a la única opción que se presenta hace bien en brindar su apoyo electoral; más, y quizá porque la coyuntura no lo permite, no se admite que las propuesta de cambio han quedado relegadas a una mejor distribución de la sobre ganancia y la honestidad con transparencia. Ollanta Humala, quien es militar (¿se olvida uno de cuáles son los poderes fácticos del estado?) demuestra una enorme incapacidad, falta de liderazgo y camaleonismo histriónico en aras de un poder que persigue obseso sin voluntad de crear un partido ni movimiento que se sienta representado en bases y cuerpo social. Votar por Ollanta Humala se ha vuelto la única opción electoral; pero se vuelve también una obligación de decir que hemos fracasado como opción a querer construir algo distinto y auténtico, incluyendo y avanzando. No habrá en su triunfo (si es que se diera) sabor a cambio, sino el derecho a que estos micro países que habitan el Perú puedan reclamar todo para ellos y nada en conjunto. Habrá seguro mejores presupuestos en sectores básicos, pero no un replanteamiento de fundamentos que sostienen un sistema que fracasa en cada rincón donde sólo hay nada revuelta con estómago crujiente y vela leyendo lo que no entiende, bajo la sábana incólume que resiste la helada.
Se apoya la única opción en estas reglas impuestas, y no se condena a quienes lo haremos. Más, de una vez, a admitir el fracaso y ponerse overol bajando del púlpito de los dioses muertos.
Aún así, ésta democracia que no representa y que te obliga a elegir entre lo que no quieres, logra que se endose una fuerte intención o deseo de cambio a quienes no se lo merecen. Y hay que decirlo, porque Ollanta Humala representa el fracaso de la izquierda. Todo movimiento siquiera progresista plegado a la única opción que se presenta hace bien en brindar su apoyo electoral; más, y quizá porque la coyuntura no lo permite, no se admite que las propuesta de cambio han quedado relegadas a una mejor distribución de la sobre ganancia y la honestidad con transparencia. Ollanta Humala, quien es militar (¿se olvida uno de cuáles son los poderes fácticos del estado?) demuestra una enorme incapacidad, falta de liderazgo y camaleonismo histriónico en aras de un poder que persigue obseso sin voluntad de crear un partido ni movimiento que se sienta representado en bases y cuerpo social. Votar por Ollanta Humala se ha vuelto la única opción electoral; pero se vuelve también una obligación de decir que hemos fracasado como opción a querer construir algo distinto y auténtico, incluyendo y avanzando. No habrá en su triunfo (si es que se diera) sabor a cambio, sino el derecho a que estos micro países que habitan el Perú puedan reclamar todo para ellos y nada en conjunto. Habrá seguro mejores presupuestos en sectores básicos, pero no un replanteamiento de fundamentos que sostienen un sistema que fracasa en cada rincón donde sólo hay nada revuelta con estómago crujiente y vela leyendo lo que no entiende, bajo la sábana incólume que resiste la helada.
Se apoya la única opción en estas reglas impuestas, y no se condena a quienes lo haremos. Más, de una vez, a admitir el fracaso y ponerse overol bajando del púlpito de los dioses muertos.
Tuesday, May 17, 2011
Saturday, April 30, 2011
In memoriam
"Antes, la muerte era la demostración de la crueldad de la existencia. El hecho que empequeñecía y hasta ridiculizaba mis prometeicas luchas cotidianas. Lo atroz. Solía decir que a la muerte me llevarían con el auxilio de la fuerza pública. Así expresaba mi decisión de luchar hasta el final, de no entregarme jamás.
Pero ahora que la muerte está vecina, su cercanía me ha irradiado una comprensión que nunca tuve; en este atardecer de verano, la historia de lo vivido está delante de mí, como si yaciera en mis manos, y hay horas en que los tiempos que creí malgastados tienen más luz que otros, que pensé sublimes.
He olvidado grandes trechos de la vida y, en cambio, palpitan todavía en mi mano los encuentros, los momentos de peligro y el nombre de quienes me han rescatado de las depresiones y amarguras. También el de ustedes que creen en mí, que han leído mis libros y que me ayudarán a morir."
La resistencia, mayo del 2000
Ernesto Sábato.
24/06/1911 - 30/04/2011
Las cinco familias
El insulto a la inteligencia y el mordaz agravio graficado en machacamientos incesantes contra un candidato y el implícito apoyo hacia la otra, hace pensar que son los medios quienes lideran y toman esta batalla como propia. Más no, pues si el grupo informativo más grande del país y todos sus tentáculos mueven cielo, mar y tierra; esto más allá de propia convicción obedece a órdenes. Órdenes que se zurran en la memoria de los torturados, asesinados y olvidados. Órdenes que se cagan en la ética y la perspectiva de un país mutilado de pensamiento tan sólo por el antojo de no perder su peculio. No son Mariátegui, ni Rosa María, ni Vargas ni los súbditos acólitos que leen telepronters en diferentes horarios; son un manojo pequeño de mazones que cuidan tan sólo su inmunda progenie. Es a ellos a quienes hay que ahora denunciar, porque les importa una mierda la gente a la que se deben, y porque sencillamente no les interesa nada, sino vivir el cielo artificio de una vida perfecta, que la muerte misma no castiga ni excreta.
Estos son, aquí están, y para siempre su memoria debemos dilapidar:
Mario y Pedro Brescia - US$ 4,493.00 millones - MINSUR, AFP Horizonte, Rímac Seguros

Alberto Benavides de la Quintana - US$1934.00 millones - Minera Buenaventura

Jorge y Vito Rodriguez Banda - US$ 694.00 millones - Grupo Gloria

Dionisio Romero - US$ 1305.00 millones - BCP - ALICORP

Grupo Wong
A estos rostros visibles se adicionan miles de anónimos que bucean en arcas de la extracción y se retuercen en el óbice del dispendio. Vale pensar que son tan pocos los que se sirven las cucharadas, que somos las hormigas lamiendo el azucar que se les cae.
Saturday, April 23, 2011
Thursday, March 24, 2011
echoes

La noche avanzaba en planetaria caravana y ya casi es la una del nuevo dia. Admito que al tercer segundo eché el uniforme y el discurso hipnótico de la tierra cóncava en la inmersión añorada, al efluvio marino de la bruma de otoño, oleaje de avenida, luz azul, mujer, solo... La cereza feliz alumbra, caleidoscópica, las falanges translúcidas, y ya no me quedo, rictus de abandonos en el rostro magro y molestias transpiradas en el socabón electrónico acarician el cabello del que se desploma con dulzura sobre los ficus de la abuela y el patio de paredes carcomidas .. por el agujero universo... la correspondencia sonora no asegura resurrección alguna pero retiene lágrimas y arroja pétalos de ser, hermano, hermano mío, derramándose en amores y cielos untuosos escarlatas.. aahh nuestra adorada Extasíndrome, detente, te lo pido, muestrame los fuegos de los antiguos aquelarres, yo te lo pido, acomódame en el vértice ondulado de tu playa lunar y siénteme la respiración en la piel monumental, estremecida a veces, por los rayos de Marte, la alucinación divina, las hormigas utópicas.
Texto de: Eduardo Braga Maldonado
Wednesday, March 16, 2011
Sunday, March 06, 2011
Tuesday, March 01, 2011
La búsqueda de la fecalidad
Antonin Artaud (1896-1948)
Allí donde huele a mierda
huele a ser.
El hombre hubiera podido muy bien no cagar,
no abrir el bolsillo anal,
pero eligió cagar
como hubiera elegido vivir
en vez de aceptar vivir muerto.
Para no hacer caca,
tendría que haber consentido
no ser,
sin embargo, no se decidió a perder
el ser,
es decir, a morir viviendo.
Hay en la existencia
algo particularmente tentador
para el hombre
y ese algo es
LA CACA
(aquí, rugido)
Para existir basta con dejarse ser,
pero para vivir
hay que ser alguien,
hay que tener un HUESO,
hay que atreverse a mostrar el hueso
y a olvidar el alimento.
El hombre prefirió más la carne
que la tierra de los huesos.
Como no había más que tierra y bosque
de huesos
tuvo que ganarse su alimento,
no había mierda
sólo hierro y fuego,
y el hombre tuvo miedo de perder la mierda
o más bien deseó la mierda
y para eso, sacrificó la sangre.
Para tener mierda,
es decir carne,
donde sólo había sangre
y chatarra de osamentas,
donde no tenía nada que ganar
y sí algo que perder: la vida.
o reche modo
to edire
de za
tau dari
do padera coco
Entonces, el hombre se replegó y huyó.
Lo devoraron los gusanos.
No fue una violación,
Se prestó a la obscena comida.
Le encontró sabor,
aprendió por sí mismo
a hacerse el tonto
y a comer carroña
delicadamente.
Pero, ¿de dónde procede, esa despreciable abyección?
De que el mundo no está ordenado todavía,
o de que el hombre sólo tiene una pequeña idea
del mundo
y quiere conservarla eternamente.
Proviene de que, un buen día,
el hombre
detuvo
la idea del mundo.
Se le ofrecían dos caminos:
el infinito exterior,
el ínfimo interior.
y eligió el ínfimo interior,
donde sólo hay que estrujar el bazo
la lengua
el ano
o el glande.
Y dios, dios mismo aceleró el
movimiento.
Dios ¿es un ser?
Si lo es, es la mierda.
Si no lo es
no existe.
O bien sólo existe
como el vacío que avanza con todas
sus formas
y cuya representación más perfecta
es la marcha de un grupo incalculable de
ladillas.
¿Está usted loco, señor Artaud, y la misa?"
Reniego del bautismo y de la misa.
No hay acto humano
que, en el plano erótico interno,
sea más pernicioso que el descenso
del supuesto Jesucristo
a los altares.
No me creerán
y desde aquí veo cómo el público se encoge de hombros
pero el llamado Cristo es quien
frente a la ladilla-dios
aceptó vivir sin cuerpo
mientras un ejército de hombres,
descendiendo de la cruz
a la que dios creía haberlos clavado desde hacía mucho,
se rebeló
y ahora esos hombres
armados con hierro,
sangre,
fuego y osamentas
avanzan, denostando al Invisible
para terminar de una vez con el JUICIO DE DIOS.
Allí donde huele a mierda
huele a ser.
El hombre hubiera podido muy bien no cagar,
no abrir el bolsillo anal,
pero eligió cagar
como hubiera elegido vivir
en vez de aceptar vivir muerto.
Para no hacer caca,
tendría que haber consentido
no ser,
sin embargo, no se decidió a perder
el ser,
es decir, a morir viviendo.
Hay en la existencia
algo particularmente tentador
para el hombre
y ese algo es
LA CACA
(aquí, rugido)
Para existir basta con dejarse ser,
pero para vivir
hay que ser alguien,
hay que tener un HUESO,
hay que atreverse a mostrar el hueso
y a olvidar el alimento.
El hombre prefirió más la carne
que la tierra de los huesos.
Como no había más que tierra y bosque
de huesos
tuvo que ganarse su alimento,
no había mierda
sólo hierro y fuego,
y el hombre tuvo miedo de perder la mierda
o más bien deseó la mierda
y para eso, sacrificó la sangre.
Para tener mierda,
es decir carne,
donde sólo había sangre
y chatarra de osamentas,
donde no tenía nada que ganar
y sí algo que perder: la vida.
o reche modo
to edire
de za
tau dari
do padera coco
Entonces, el hombre se replegó y huyó.
Lo devoraron los gusanos.
No fue una violación,
Se prestó a la obscena comida.
Le encontró sabor,
aprendió por sí mismo
a hacerse el tonto
y a comer carroña
delicadamente.
Pero, ¿de dónde procede, esa despreciable abyección?
De que el mundo no está ordenado todavía,
o de que el hombre sólo tiene una pequeña idea
del mundo
y quiere conservarla eternamente.
Proviene de que, un buen día,
el hombre
detuvo
la idea del mundo.
Se le ofrecían dos caminos:
el infinito exterior,
el ínfimo interior.
y eligió el ínfimo interior,
donde sólo hay que estrujar el bazo
la lengua
el ano
o el glande.
Y dios, dios mismo aceleró el
movimiento.
Dios ¿es un ser?
Si lo es, es la mierda.
Si no lo es
no existe.
O bien sólo existe
como el vacío que avanza con todas
sus formas
y cuya representación más perfecta
es la marcha de un grupo incalculable de
ladillas.
¿Está usted loco, señor Artaud, y la misa?"
Reniego del bautismo y de la misa.
No hay acto humano
que, en el plano erótico interno,
sea más pernicioso que el descenso
del supuesto Jesucristo
a los altares.
No me creerán
y desde aquí veo cómo el público se encoge de hombros
pero el llamado Cristo es quien
frente a la ladilla-dios
aceptó vivir sin cuerpo
mientras un ejército de hombres,
descendiendo de la cruz
a la que dios creía haberlos clavado desde hacía mucho,
se rebeló
y ahora esos hombres
armados con hierro,
sangre,
fuego y osamentas
avanzan, denostando al Invisible
para terminar de una vez con el JUICIO DE DIOS.
Monday, February 14, 2011
Wednesday, February 02, 2011
...
"En fin, mi querido amigo, usted me tiene el aspecto de estar en un buen aprieto, y su disgusto me aflige, pues podría emplear más agradablemente su tiempo. Es necesario, entienda usted, jovencito, que es necesario trabajar más que eso. Llego a suponerlo demasiado díscolo. Demasiadas mujeres, demasiado remo, demasiado ejercicio. Sí, señor, la civilización no ha tenido tanta necesidad de locomoción como pretenden los médicos. Usted ha nacido para hacer versos. ¡Hágalos! Todo lo demás es vano, comenzando por sus placeres y su salud. Métase esto en su cabeza. Además su salud se encontrará bien si sigue su vocación. "
Gustave Flaubert
Saturday, December 25, 2010
Thursday, November 04, 2010
El vivir

Habían tardado tanto para finalmente hallarlo, que el regocijo silencioso de sus cavidades latentes los hizo un temblor de emoción. Diez semanas hurgando en lo recóndito de aquel distrito sereno y aledaños; para encontrar la pieza enana que sería la morada que reivindique ese deseo cavernario de asentarse y a fin de cuentas hacer ello que llaman convivir. Su diseño para roedores contenía un hall de techo bajo, y tras él, la habitación serena de metraje constreñido que se erigía con sus paredes desgastadas y el zócalo rancio. Se dejaban ver las huellas de algunos infantes a escasa altura y enternecían por su evidente vejez las manijas de las puertas y el pálido color del clóset que indicaba el cansancio de aquella habitación de propietarios ambulantes y empleados pasajeros que subyugados al ritmo de una vida atarantada, se quedaban a habitar dicho apartamento escasas horas de las cuales su mayoría fueron de pernocte. Sin embargo, fuera de su espacio retaco y el descuido de sus frentes, el lugar era ideal. Comprometía el presupuesto necesario de la emprendedora pareja y acorazaba con cemento sus ansias de explayarse en lo pequeño con sus escasos muebles y sus aún frescos deseos de comerse carne a carne entre el suelo y el futón. Las noches de vino barato a la luz de las velas y el hálito repleto de bocanadas de cigarrillo, se sumergía en el sonido de los discos que hasta hoy juntos no había podido escuchar, sino en la soledad de sus silencios, y en el pensamiento que hoy acentuaba dicho recinto como su incipiente hogar.
Toda mañana tropezaban consigo mismos y confundían los dentífricos. Servían apurados el café y dejaban distendida su vida nebulosa de la noche. Ese caos crepuscular y ese violento sacudón en la ducha donde se encorvaban; les eran suficientes para entender que toda muerte empezaría con una vida tan sucinta que todo ello valía la pena por ser sufrido y tan suyo que no importaba nada más. En el correr de los minutos apresuraban el diario enfundado, y con piel de ciudadano - luego de ser los mismos changos que se rascan y apestan – emergían a esa ciudad que negaban desde su guarida, desde la morada fría que hicieron suya y dulce presente de una nueva vida.
Los primeros meses sembraron el rito. Noche a noche cosechaban frente a frente las conclusiones de los días desperdiciados y adjuntaban al silencio las declaraciones autistas de sus ojos rojos y sus pies remojados. Daba gracia verlo a él, lavando sus prendas y las trusas ajenas; y asomaba la risa al escuchar el remilgo de ella en el oficio doméstico de planchar por duplicado. Todo era una caricia mental de la vida, que se burlaba al ver nuevamente dos vidas cansinas. Empero, el trajín clásico de Medioevo, no se anteponía a sus lechos aún febriles; y los gemidos tapujados por la hermética habitación, se adornaban a la luz de la lámpara tenue que dibujaba la excitación en las paredes con sombras mutantes de los cuerpos fulgurantes en fusión; una cárcel del deseo sin tregua donde la muerte les llegaba en cada pérdida de aliento y se embriagaban de sudor.
Más, extrañamente, las noches de sueño plano se vieron corroídas. Primero fue la espesa sensación de un frío puntiagudo a los pies de la cama, luego el incesante silbido a las 2:13 de cada madrugada y por último las crujientes puertas que sin brisa ni corriente se entreabrían a velocidad de hormiga. El acurruco acostumbrado se veía turbado por la contemplación de sus pies helados. Más, cuando por fin conseguían hacer de sus cuerpos juntos un remanso, allí estaba nuevamente el incesante silbido. Entre legañas él llegó a descifrar una melodía… vieja, tierna, pero de origen escasamente recordable. El carcomido de la puerta desesperaba al punto de sentirse ya no los únicos habitantes, y cada sueño se les hacía más difuso, y cada abrazo más torpe. El miedo impregnado en cada esquina se sucedía en desencuentros, y el coctel almibarado de los primeros días se ponía agrio.
La madrugada del séptimo mes en el séptimo día, el torrente gélido se hizo más fuerte asentándose en cada rincón, y la melodía silbada empezó a descascararse al punto de intuirse su origen en la bruma de recuerdos arpegiados de los dos. Los crujidos rampantes los hicieron abrazarse y los 4 hoyos de su rostro, se encendieron perlados encontrándose decididos a exterminar toda duda. El centelleo de una luz pálida tras la cortina los hacía pensar que tras la ventana se encontraba la respuesta a ese pesar sin tregua. Y ambos, cogidos de la mano, temerosos y expectantes, pisaron el suelo antártico y dieron pasos tímidos e infantes, para al abrir de las telas verticales y el empujar de los ventanales, sentir la brisa fría de todas sus inseguridades, cuando la calle está tan sola y una lluvia efímera rosea el vaho de los basurales.
Toda mañana tropezaban consigo mismos y confundían los dentífricos. Servían apurados el café y dejaban distendida su vida nebulosa de la noche. Ese caos crepuscular y ese violento sacudón en la ducha donde se encorvaban; les eran suficientes para entender que toda muerte empezaría con una vida tan sucinta que todo ello valía la pena por ser sufrido y tan suyo que no importaba nada más. En el correr de los minutos apresuraban el diario enfundado, y con piel de ciudadano - luego de ser los mismos changos que se rascan y apestan – emergían a esa ciudad que negaban desde su guarida, desde la morada fría que hicieron suya y dulce presente de una nueva vida.
Los primeros meses sembraron el rito. Noche a noche cosechaban frente a frente las conclusiones de los días desperdiciados y adjuntaban al silencio las declaraciones autistas de sus ojos rojos y sus pies remojados. Daba gracia verlo a él, lavando sus prendas y las trusas ajenas; y asomaba la risa al escuchar el remilgo de ella en el oficio doméstico de planchar por duplicado. Todo era una caricia mental de la vida, que se burlaba al ver nuevamente dos vidas cansinas. Empero, el trajín clásico de Medioevo, no se anteponía a sus lechos aún febriles; y los gemidos tapujados por la hermética habitación, se adornaban a la luz de la lámpara tenue que dibujaba la excitación en las paredes con sombras mutantes de los cuerpos fulgurantes en fusión; una cárcel del deseo sin tregua donde la muerte les llegaba en cada pérdida de aliento y se embriagaban de sudor.
Más, extrañamente, las noches de sueño plano se vieron corroídas. Primero fue la espesa sensación de un frío puntiagudo a los pies de la cama, luego el incesante silbido a las 2:13 de cada madrugada y por último las crujientes puertas que sin brisa ni corriente se entreabrían a velocidad de hormiga. El acurruco acostumbrado se veía turbado por la contemplación de sus pies helados. Más, cuando por fin conseguían hacer de sus cuerpos juntos un remanso, allí estaba nuevamente el incesante silbido. Entre legañas él llegó a descifrar una melodía… vieja, tierna, pero de origen escasamente recordable. El carcomido de la puerta desesperaba al punto de sentirse ya no los únicos habitantes, y cada sueño se les hacía más difuso, y cada abrazo más torpe. El miedo impregnado en cada esquina se sucedía en desencuentros, y el coctel almibarado de los primeros días se ponía agrio.
La madrugada del séptimo mes en el séptimo día, el torrente gélido se hizo más fuerte asentándose en cada rincón, y la melodía silbada empezó a descascararse al punto de intuirse su origen en la bruma de recuerdos arpegiados de los dos. Los crujidos rampantes los hicieron abrazarse y los 4 hoyos de su rostro, se encendieron perlados encontrándose decididos a exterminar toda duda. El centelleo de una luz pálida tras la cortina los hacía pensar que tras la ventana se encontraba la respuesta a ese pesar sin tregua. Y ambos, cogidos de la mano, temerosos y expectantes, pisaron el suelo antártico y dieron pasos tímidos e infantes, para al abrir de las telas verticales y el empujar de los ventanales, sentir la brisa fría de todas sus inseguridades, cuando la calle está tan sola y una lluvia efímera rosea el vaho de los basurales.
Thursday, October 28, 2010
Saturday, October 23, 2010
Tan próximas lejanías
I
Sabía que sus días eran bobos, pero nunca imaginó llegar a tanto. Su molde ya era harto conocido y hasta empezaba a asimilarlo. Yo comenzaba en realidad a encontrarlo gracioso; pues había adoptado “sus” maneras y hasta se vestía guardando los patrones decálogos. ¡Era ya un trabajador!
Pero quiero que entiendan esta risa que escribe. Sus calzados estaban briosos y hasta hacían muecas de nuevecito al tronar con el suelo. Su camisa tiraba como la tensión de una ofrenda a la plancha… y me animaría a decir que hasta su rostro. Rostro que adulteraba la cortesía con los remilgos de medio labio y el pensamiento escrito en cada pliegue de su frente. Más no podía dejar de embargarme la tristeza al enfrentar el sudor con su cuello almidonado y estrangulado de esa juguetona corbata. Nunca hubo vestimenta más peligrosa para un hombre distinto de alma, y de corazón de franela. Y es que la ironía de su pescuezo sujeto a esa horca perpetua que simulaba los percheros de las tiendas agónicas del Centro, que bajo una luz convaleciente se resisten a los años aún exponiéndose tan tristes y tan perecederos.
A veces puedo verlo sentado, hinchándose en la contracción de forma de h, y siendo un tétrico monumento al volver a hacerlo. Un sincopado acorde de lamento urbano en cada dedo, que se quebraba al llanto hasta por las falanges. No había que decir más… este sujeto al margen de ser ya un cadáver envuelto, era un símbolo de corrosión; de planta ajada por los pasos, y somnoliento cabello de elegante tristeza. Este hombre se agosta en cada semana, y borró los carnavales de su diario, para volverse víspera eterna, víspera de un 1ro de Noviembre nunca llegando.
Más, había capturado en oportunidades -muy escasas para mi- ligeros esbozos de sonrisa. Quizá reflejos de las mejillas o suspiros de las cejas; pero ello me extrañaba. Y me extrañaba en demasía la sinceridad de sus pómulos ante esas fracciones microbias de entusiasmo. Posturas más que ajenas al templo rutinario del soporte de nuestro electo sistema impuesto por continentes lejanos.
Veía yo extrañado, esa inclemente mirada enflechada al cuadrado, que de a pocos se estiraba en jocosas remangadas de un hombre que parecía alistarse para un zambullido. Como si estuviera dispuesto a cabalgar sin casco en terrenos espolvoreados de húmedos cráneos baleados. ¿Realmente era este el potencial de un crucificado andando?; ¿un entusiasmado ante el empleo que calculaba y arremetía contra las tablas y encuadrados?
Algo debía apestar… es más, tenía que necesariamente oler pésimo. No cabía en mis esquemas (nada simétricos por cierto) el que este sujeto de huesos fidedignos se esté acartonando y prensando como en proceso de Fordismo aclamado. Esto me escarapelaba y hasta estremecía las ingles de mis huestes poco mostradas. Debía yo adquirir la valentía de una vieja de cuadra, que sumada en sus ruleros y legañas se agolpaba hasta la puerta para preguntarle esa incómoda duda que le quedaba. Tenía que vestirme de mandil empapado para encapsulado en humedad sentirme tan fresco como para increparle tanta responsabilidad novata. Tanta convicción americana. Era hora de espiarlo.
Para ello, en mi cabeza no hubo mucho planeamiento de escabrosa investigación, pues aún él mantenía el espíritu de himen inocente… que se abre creyendo en un inicio en leales visitas de portentosa actitud, y no sabe que solo se mancha de visitantes pasajeros.
Debía entonces sólo aguardar a su cuadrado horario de cuartel, y amotinarme a su ordenador ni bien haya ídose al deguste de sacarosas y prensadas soluciones más que salinas. Lo cual sería propicio para escabullirme de las vistas y explorar el por qué de su nuevo ánimo.
Sabía que sus días eran bobos, pero nunca imaginó llegar a tanto. Su molde ya era harto conocido y hasta empezaba a asimilarlo. Yo comenzaba en realidad a encontrarlo gracioso; pues había adoptado “sus” maneras y hasta se vestía guardando los patrones decálogos. ¡Era ya un trabajador!
Pero quiero que entiendan esta risa que escribe. Sus calzados estaban briosos y hasta hacían muecas de nuevecito al tronar con el suelo. Su camisa tiraba como la tensión de una ofrenda a la plancha… y me animaría a decir que hasta su rostro. Rostro que adulteraba la cortesía con los remilgos de medio labio y el pensamiento escrito en cada pliegue de su frente. Más no podía dejar de embargarme la tristeza al enfrentar el sudor con su cuello almidonado y estrangulado de esa juguetona corbata. Nunca hubo vestimenta más peligrosa para un hombre distinto de alma, y de corazón de franela. Y es que la ironía de su pescuezo sujeto a esa horca perpetua que simulaba los percheros de las tiendas agónicas del Centro, que bajo una luz convaleciente se resisten a los años aún exponiéndose tan tristes y tan perecederos.
A veces puedo verlo sentado, hinchándose en la contracción de forma de h, y siendo un tétrico monumento al volver a hacerlo. Un sincopado acorde de lamento urbano en cada dedo, que se quebraba al llanto hasta por las falanges. No había que decir más… este sujeto al margen de ser ya un cadáver envuelto, era un símbolo de corrosión; de planta ajada por los pasos, y somnoliento cabello de elegante tristeza. Este hombre se agosta en cada semana, y borró los carnavales de su diario, para volverse víspera eterna, víspera de un 1ro de Noviembre nunca llegando.
Más, había capturado en oportunidades -muy escasas para mi- ligeros esbozos de sonrisa. Quizá reflejos de las mejillas o suspiros de las cejas; pero ello me extrañaba. Y me extrañaba en demasía la sinceridad de sus pómulos ante esas fracciones microbias de entusiasmo. Posturas más que ajenas al templo rutinario del soporte de nuestro electo sistema impuesto por continentes lejanos.
Veía yo extrañado, esa inclemente mirada enflechada al cuadrado, que de a pocos se estiraba en jocosas remangadas de un hombre que parecía alistarse para un zambullido. Como si estuviera dispuesto a cabalgar sin casco en terrenos espolvoreados de húmedos cráneos baleados. ¿Realmente era este el potencial de un crucificado andando?; ¿un entusiasmado ante el empleo que calculaba y arremetía contra las tablas y encuadrados?
Algo debía apestar… es más, tenía que necesariamente oler pésimo. No cabía en mis esquemas (nada simétricos por cierto) el que este sujeto de huesos fidedignos se esté acartonando y prensando como en proceso de Fordismo aclamado. Esto me escarapelaba y hasta estremecía las ingles de mis huestes poco mostradas. Debía yo adquirir la valentía de una vieja de cuadra, que sumada en sus ruleros y legañas se agolpaba hasta la puerta para preguntarle esa incómoda duda que le quedaba. Tenía que vestirme de mandil empapado para encapsulado en humedad sentirme tan fresco como para increparle tanta responsabilidad novata. Tanta convicción americana. Era hora de espiarlo.
Para ello, en mi cabeza no hubo mucho planeamiento de escabrosa investigación, pues aún él mantenía el espíritu de himen inocente… que se abre creyendo en un inicio en leales visitas de portentosa actitud, y no sabe que solo se mancha de visitantes pasajeros.
Debía entonces sólo aguardar a su cuadrado horario de cuartel, y amotinarme a su ordenador ni bien haya ídose al deguste de sacarosas y prensadas soluciones más que salinas. Lo cual sería propicio para escabullirme de las vistas y explorar el por qué de su nuevo ánimo.
II
Al agonizar la hora de las 2 puntas enclaustradas, estaba ya presto para el espionaje. Mi actitud debía ser adusta y serena, pues no debía levantar sospecha alguna. Más, al agolparse la hora media en la que arrancan los cubiertos, un alma no quiso dejar en el pasado el verbo: se apostó. Y es que mi favorito inocente, mi motivo de lucubraciones, no se erigió, y continuó en suculento deleite frente a su máquina de ahora adoraciones.
Mi presencia no le perturbaba en lo más mínimo, y su entereza se veía involucrada en una sola dirección, la de sus manos deletreando incólumes oraciones. No podía distinguir en medio de tanta velocidad su propósito conceptual, pero era ya evidente que algo se construía y se derrumbaba, que algo se paría y se abortaba, que algo a fin de cuentas… se creaba.
Entonces tuve que mostrar un ambiente que no altere la normalidad de la rutina, y en cuestión de minutos también me retiré. Empero, mi constancia en la intriga era demasiada, y me aposté en las lindes de un ángulo que me permitiera saber si su estigma de esa oficina saldría. Lo cual, tras sendos minutos sucedió.
No me importó entonces el habitual hambre de mediodía, ni el que olvide la tarde retorciéndome en las llagas de la gastritis, porque en segundos, sabría qué contuvo a mi let motiv ocular, a tornarse tan entregado al empleo, tan extrañamente y voluntariamente un ser oficinesco. Más, a mi acercamiento a su discreto asiento, se aperturaron los remordimientos propios de un novato criminal, que ante el vestigio de su pronta acción inmoral se develaba como un torpe. Otra vez un maldito fisgón que recordaba sus noches espiando otras cortinas… esperando ver unas piernas entregadas al goce, un suceso poco habitual de su espíritu cansino en la orbe.
Más, proseguí… como una ardilla temerosa ante su preciada nuez… y tome posesión de los actos de mi hasta ahora, motivo de admiración y lástima… más, lo único que encontré como parto de esos movimientos extraños, fue una frase escrita en cuatro líneas que esbozaba algo que presentía como un poema, y decía:
La vida me es una costumbre hecha
Un pasaje recorrido que tiene una sola ventana
La del espía de enfrente, que me apena en su tristeza
Tan poca sustancia de hombre sin esencia.
Al agonizar la hora de las 2 puntas enclaustradas, estaba ya presto para el espionaje. Mi actitud debía ser adusta y serena, pues no debía levantar sospecha alguna. Más, al agolparse la hora media en la que arrancan los cubiertos, un alma no quiso dejar en el pasado el verbo: se apostó. Y es que mi favorito inocente, mi motivo de lucubraciones, no se erigió, y continuó en suculento deleite frente a su máquina de ahora adoraciones.
Mi presencia no le perturbaba en lo más mínimo, y su entereza se veía involucrada en una sola dirección, la de sus manos deletreando incólumes oraciones. No podía distinguir en medio de tanta velocidad su propósito conceptual, pero era ya evidente que algo se construía y se derrumbaba, que algo se paría y se abortaba, que algo a fin de cuentas… se creaba.
Entonces tuve que mostrar un ambiente que no altere la normalidad de la rutina, y en cuestión de minutos también me retiré. Empero, mi constancia en la intriga era demasiada, y me aposté en las lindes de un ángulo que me permitiera saber si su estigma de esa oficina saldría. Lo cual, tras sendos minutos sucedió.
No me importó entonces el habitual hambre de mediodía, ni el que olvide la tarde retorciéndome en las llagas de la gastritis, porque en segundos, sabría qué contuvo a mi let motiv ocular, a tornarse tan entregado al empleo, tan extrañamente y voluntariamente un ser oficinesco. Más, a mi acercamiento a su discreto asiento, se aperturaron los remordimientos propios de un novato criminal, que ante el vestigio de su pronta acción inmoral se develaba como un torpe. Otra vez un maldito fisgón que recordaba sus noches espiando otras cortinas… esperando ver unas piernas entregadas al goce, un suceso poco habitual de su espíritu cansino en la orbe.
Más, proseguí… como una ardilla temerosa ante su preciada nuez… y tome posesión de los actos de mi hasta ahora, motivo de admiración y lástima… más, lo único que encontré como parto de esos movimientos extraños, fue una frase escrita en cuatro líneas que esbozaba algo que presentía como un poema, y decía:
La vida me es una costumbre hecha
Un pasaje recorrido que tiene una sola ventana
La del espía de enfrente, que me apena en su tristeza
Tan poca sustancia de hombre sin esencia.
Saturday, October 09, 2010
Wednesday, October 06, 2010
El guardián del hielo
Y coincidimos en el terral
el heladero con su carretilla averiada
y yo
que corría tras los pájaros huidos del fuego
de la zafra.
También coincidió el sol.
En esa situación cómo negarse a un favor llano:
el heladero me pidió cuidar su efímero hielo.
Oh cuidar lo fugaz bajo el sol...
El hielo empezó a derretirse
bajo mi sombra, tan desesperada
como inútil
Diluyéndose
dibujaba seres esbeltos y primordiales
que sólo un instante tenían firmeza
de cristal de cuarzo
y enseguida eran formas puras
como de montaña o planeta
que se devasta.
No se puede amar lo que tan rápido fuga.
Ama rápido, me dijo el sol.
Y así aprendí, en su ardiente y perverso reino,
a cumplir con la vida:
Yo soy el guardían del hielo.
José Watanabe
de "Cosas del cuerpo" (1999)
Friday, October 01, 2010
Los 10 años del niño

El ocaso del milenio daba náuseas. La última década había perpetrado más guerras, bombas de racimo, clonaciones, velocidad rampante, la consolidación del enriquecimiento abstracto y el establecimiento oficial de una vida parapetada frente a un ordenador. Todo ello quedó registrado en ese coloso de la angustia titulado “Ok Computer” en 1997, y Radiohead asomó como el puntal de una generación que podía decir algo desde la rabia y la desesperanza. Los medios, la industria y la nómade convivencia se encargaron de hacer trizas el espíritu del grupo y pusieron a Yorke al borde de la cornisa para entonarse a sí mismo ese verso estrangulante que dice: “I'm not here, This isn't happening”.
Al borde del quebranto e inseguros de su capacidad de poder hilvanar una sola canción; se cambiaron los métodos. Se despojaron de estructuras convencionales y sólo compusieron fragmentos. Abandonaron las guitarras para entretenerse con repeticiones desesperantes de bases electrónicas, y ahogaron la voz de la banda en un cúmulo de distorsiones y nuevas sonoridades. Selway rezagado; el mayor de los Greenwood estacionado en un solo acorde. O’brien casi sin cabida, Yorke ensimismado en espasmos y el multiinstrumentalista de los hermanos enredado entre cables y aparatos sofisticados; sólo daban cuenta de un rumbo incierto que da pequeñas señales que auguren una luz al final del túnel.
El caos como único norte creativo. La frustración aceptada como el punto final de cada trabajo y el peso de una disquera refunfuñando por otro hit melancólico que los haga más millonarios hacían de Kid A un parto doloroso. Fragmentos escritos y depositados en un sombrero terminaban por conformar las letras; y quedaba patente el miedo de Yorke a la nueva era, al desastre glaciar, al limbo del desarrollo de la humanidad y a su propio desastre interno.
Kid A es todo eso y más, y hoy; que se escuchan sus primeros acordes en el hammond, deambulando por loops y trombonazos de avant garde; uno siente a Mingus y Aphex Twin batidos en una licuadora, queriendo ser optimistas en la soledad de un océano inconmensurable donde la impotencia sólo puede ser derrotada con un nuevo ser humano. Radiohead parió un nuevo registro de la existencia con un infante reprogramado; y hoy que el niño cumple 10 años, se sabe que en nada se han equivocado, y sólo pueden seguir observando esta película, con la que nos despediremos cerrando como ellos mismos dicen: “I will see you, in the next life”.
Al borde del quebranto e inseguros de su capacidad de poder hilvanar una sola canción; se cambiaron los métodos. Se despojaron de estructuras convencionales y sólo compusieron fragmentos. Abandonaron las guitarras para entretenerse con repeticiones desesperantes de bases electrónicas, y ahogaron la voz de la banda en un cúmulo de distorsiones y nuevas sonoridades. Selway rezagado; el mayor de los Greenwood estacionado en un solo acorde. O’brien casi sin cabida, Yorke ensimismado en espasmos y el multiinstrumentalista de los hermanos enredado entre cables y aparatos sofisticados; sólo daban cuenta de un rumbo incierto que da pequeñas señales que auguren una luz al final del túnel.
El caos como único norte creativo. La frustración aceptada como el punto final de cada trabajo y el peso de una disquera refunfuñando por otro hit melancólico que los haga más millonarios hacían de Kid A un parto doloroso. Fragmentos escritos y depositados en un sombrero terminaban por conformar las letras; y quedaba patente el miedo de Yorke a la nueva era, al desastre glaciar, al limbo del desarrollo de la humanidad y a su propio desastre interno.
Kid A es todo eso y más, y hoy; que se escuchan sus primeros acordes en el hammond, deambulando por loops y trombonazos de avant garde; uno siente a Mingus y Aphex Twin batidos en una licuadora, queriendo ser optimistas en la soledad de un océano inconmensurable donde la impotencia sólo puede ser derrotada con un nuevo ser humano. Radiohead parió un nuevo registro de la existencia con un infante reprogramado; y hoy que el niño cumple 10 años, se sabe que en nada se han equivocado, y sólo pueden seguir observando esta película, con la que nos despediremos cerrando como ellos mismos dicen: “I will see you, in the next life”.
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