Sunday, July 17, 2011

Los ojos de Cirilo





Con el único ánimo de expresar lo observado estos 21 años, he plasmado, torpemente aún, una mirada cautiva y silenciosa, una mirada roída e incapacitada de verterse en los labios para demandar otros tratos, para quien de alguna manera u otra me inspira estas insuficientes páginas. Don Amaranto, será, en la retina del olvido, el hombre de los adjetivos que ustedes encontrarán por aquí; el hombre que cometió mil errores, el hombre que nunca tuvo algo de bien en el quehacer de su luz encendida. Don Amaranto aún está… olvidado en el rincón de cada casa, observando sin cesar el no cesar de nuestros pasos, estorbando seguro nuestras agitadas y desubicadas vidas, incomprendiendo estos modernos minutos, callando su eterno luto. Don Amaranto está aún entre estas paredes que habito, y con este cobarde presente, expiro lo que nunca haré en la mesa de los domingos, lo que no diré en los injustos veredictos, lo que nunca Don Amaranto dice, sino vive. A ese monumento de madera roída que duerme y entorpece… a esa radiola de historias y vivencias blanquinegras… a el, este cobarde homenaje.




1

Don Amaranto era de aquellos de cepa vieja. Con el levante y los globos perlados encendidos entre las 4 y las 5 de la mañana retumbando en la silente mañana con su opus matinal: Ay carajo, la vida del pobre!!. Su semblante potente de prominente anuro vientre reflejaba 400 años revolcados entre cauchos y cocadas, los cuales en su ocaso miocardio, hoy tejían al eterno Amaranto: justo, imponente, callejonero y sobre todo, varón. Era de costumbre escuchar a tientas sus medias en el corredor, sus torpes calancas enfundándose al templado pantalón, la flamante manga corta endosándose a los bíceps de teflón y los luminosos charoles calzando el empeine de un guardavalla en jubilación, ese era Don Amaranto.

Era cotidiano su levante: desayuno de 3 trigos con margarina y porcelana ajada, cobertora del café, siempre pasado; que deglutía en armoniosa conversación; de los cubiertos y las frías puntas de la mesa acorazadas de la eterna desazón. Por aquellos días Don Amaranto era ávido observador de las mañanas lentas, los pasos rápidos de “las pitucas” y los descomunales giros de 6 cifras que Inocencio sólo por el auricular cual maná producía.

-Pero Carvajal!!... te digo que el flete hasta Caraz es demasiado caro y además las obras en las minas se han detenido por los serranos conchudos esos…

Inocencio se aferraba del mango indefenso escuchando el susurro de su cabeza de bañera.

- Voy a tener que viajar allá con el alemán; y ahora se presenta esta cojudez. Te juro que si por mí fuera los relleno con bala a todos esos cholos de mierda…

Don Amaranto solía retorcer el páncreas al escuchar ese tipo de desdén hacia los trabajadores de la mina, y más aún proviniendo del único suspiro masculino de su ahora fúnebre inspector, rígido antes y de poderosa testa.

Era común que en redor de las 11, los cuchicheos se incrementen en los vértices de los pasillos, por las baldosas pálidas del baño, los rechinantes muebles de un Luis XV bien imitado, y hasta en las plateadas estampas de las cacerolas y el fogón. Eran “las pitucas”, que luego del perfumoso afeite en su edredón estar, tras las 6 horas de sesgadas noticias, recién amanecían. Don Amaranto era buen conocedor de estas rutinas, y creador de la suya también, para el confronte evitar. Era en ese momento que desistía de su lar, agarraba los recuerdos y se echaba su vuelta, perfumado del sobrio Premier: el onceavo del día.

Las pitucas eran sigilosas, escuchaban los pensamientos y conversaban con los ojos; en el fondo eran políticas… se manejaban con juicio y siempre tras la congresal sesión de la media noche: el cuchicheo parlamentario tras las sábanas. Ortencia era la mayor, matrona y de cuchillo perfil, maciza, su caminata era sobre los hombros de una pleitesía mental, resentida hasta la ingle, fabricante de litigios, de etiqueta actitud y prodigiosas falanges en el arte del pincel y el buen sabor. Acostumbrada desde hace incontables solsticios a su afasia voluntaria hacia don Amaranto, su padre.


2

Estaba todo preparado, el parqué reluciente hasta que se reflejaran las almas, las cadenetas simulando una telaraña de arco iris, los globos cual racimos de felices margaritas, las servilletas exactamente dobladas por el vértice, el prístino mantel que se dejaba como hamaca soportar los suculentos variopintos manjares, 2 filas marineras erguidas que simulaban un túnel de acero efímero y mortal, Susanita pequeña y encharolada soñando con ese túnel en 3 años ella atravesar, los Belkings tocando mejor que nunca, Mama Lola con sus 8 brazos al perol, Inocencio aspirando todo lo que sea masticable, y los demás invitados pulgosos encamotados con sus alquilados sastres negros y sus medias blancas, qué importaba!!; era todo a la altura de la presentación social de una nueva mujer: la señorita Ortencia.

Inocencio rechoncho, Susanita jugando a atar sus tobillos para realizar más audaces pasitos, Mama Lola trincándose el intestino en pos de que entre el turquesa enterizo de lino, y los pulgosos rellenando los bolsillos de los sacos de bocaditos para a la casa luego llevar. Todo estaba listo, pero faltaba la nueva mujer, la del perfil cuchillo… ella faltaba.

-No quiero, que se gaste su plata ese maldito
-Pero hija, tienes que ser considerada con tus amigos y tus tíos; además tu papá hasta ha invitado a sus compañeros del trabajo, cómo no vas a salir?
-A mí que me importa que esos serranos hayan venido, nunca voy a concederle algo a ese negro maldito. Nunca!!

Mama Lola salió en búsqueda de Don Amaranto, él estaba contento regalando dinero a cuanto sobrino le naciera. Más al devorar Mama Lola su oído de no se sabe qué remilgos, los ojos de Don Amaranto se pusieron cual gallinazos ante su presa, su frente ya avanzada regurgitaba 3 arterias, y una mosca habría de estar cerca de su más antigua muela, que se escuchaba el tronar de una navaja tajando madera.

Como un huayco derribando una covacha de esteras, la patada de Don Amaranto derribó sin esfuerzo la tranca de la lavandería donde yacía en un rincón Ortencia. Desde donde ella veía, sólo brillaban las pupilas ampas de su padre, y su silueta se dibujaba entre los tendederos de ropa. Esto le daba miedo, la escarapelaba, la inmutaba, la hacía recordar… el producto de sus rencores.

-tu siempre con tus niñerías de mierda, por qué no quieres salir ah????. No sabes cuanta plata me he gastado, cuantas noches rasgándome el lomo para que ahorita me digas que no quieres salir…

Ortencia yacía inmutable y temblaba ante los latigazos que parecían las manos de su padre al tronar contra sus muslos.

-ahora te quedas callada no mierda!!. Tú eres la peor de mis hijas, la primera maldita que me ató a esta quinta de porquería…

Y su brazo simulando una grúa, levantó como un guiñapo el cuerpecito de la niña, ahogó su rostro en el lavadero de arcilla, y enjuagó las lágrimas de la impotente Ortencia, que ya nada decía, que su mirada en cualquier dirección recta parecía ida. Ortencia no era más una niña.




3

Don Amaranto solía recuperar los pasos en su lar alrededor del mediodía. Había respirado y transpirado bastante afuera, hartándose de los titulares, hablando con uno que otro vecino que decía ser su amigo… en fin, cualquiera de estas pérdidas de tiempo era mejor que guanear en casa.

Ya al cruzar la puerta, había cierto aroma de movimiento en casa, Barbarita estaba ya barriendo el techo, puliendo la parte trasera de los cuadros, vomitando lisuras a sus demonios inventados. Don Amaranto prefería hacer como si no existiese.

-quítate!!, anciano
-pero yo que te hago?
-interrumpes pues, y me rayas el piso arrastrándote, como ahora ya ni puedes alzar bien las patas.
-ojalá nunca llegues a vieja hija, ojalá.

Don Amaranto cruzaba la sala de estar y era su costumbre pernoctar ante la nada diaria que tenía que hacer.

-Carvajal, te lo estoy dejando a doscientos mil. Yo más no puedo rebajarte porque tengo que quedarme con 40 palos. Sino de qué vivo hermano??

La voz de Inocencio era de estéreo, gritaba al teléfono que lucía ínfimo en sus enormes cachetes. Se acomodaba como podía en su silloncito de oficina y simulaba un equilibrio circense de aquellos. Su cuerpo unía su pecho y su cabeza directamente, sus mejillas empataban directamente su pequeña sonrisa que soportaba su nariz de extraño perfil europeo, aquel que soportaba esos embotellados binoculares que tenía por ojos.

Inocencio era hombre de sueños. Miraba las finanzas como mermelada y rezaba a la inversión privada para que de una buena vez empuje al vacío a ese monstruo que el condenaba llamado Estado. Respetuoso de las pirámides sociales, curioso de las artes bélicas y amante del tono burgués con el que se expresaban las natas limeñas y extranjeras. Autoproclamado de su sociedad anónima como el gerente general, solía comer pallares como pan, que se expresaban luego en las melodías más graves de su cavidad austral. Triturador de cualquier cascajo o butifarra rellena, semejaban sus ojos un lechuzo en vigía de cuartel. Su cuerpo una oda a los kiones importados, ese era Inocencio.

-mira Carvajal, yo tengo en estos momentos que arreglar un asunto importantísimo, y no se cómo tu me consigues que la huelga esa se termine. O le bajas billete al tal Pedro Clemente ese, o los botamos a todos y contratamos otros. Total, hay un montón de cholos que se mueren por un par de soles.

Inocencio colgó enérgico, y se fue al baño.



4

Aquella noche los sahumerios estaban más encendidos que nunca, los fieles apretujados simulaban una marea lila que cubría el concreto ocre de las calles de la capital. Inocencio iba trepado del fuerte cuello de Don Amaranto, Mama Lola iba en sumiso rezo. Inocencio era un koala con la vista de un farol. Desde su fuerte palmera podía percibir el menestrón mestizo de aquella masa, el esplendor titánico del anda levantada del Señor de los Milagros, pero lo más importante… que estaba fuera del hormigueo de fieles chancados…

Las rondas ambulantes de suculentas fritangas, corazones achicharrados e incrustados, torrecitas amarillas con pecas de colores y sudor de chancaca, cristales que al dulce roce coreaban cual xilófono prosaico, panecillos, habitas, tooooodo lo criollo en pequeño y a la mano.

Ese koalita llamado Inocencio no podía sujetar sus ojos ni secar sus encías ante tal bufete metropolitano. Ya no era hora de rezar, ni de impactarse con la energía que proyectaba aquel lienzo empanizado; no, ya no cabía tanto dolor ni sufrimiento para el hosco y débil musculito de sudor empapado.

-papá, papá… me puedes comprar un kilito de turrón?
-qué cosa… un kilo???. Oye Lola, tu hijo se quiere empujar un kilo de Turrón solito.
-dale pues, es chiquito y debe estar con hambre.
-que chiquito carajo, ya tiene 9 años y pesa como saco de piedras.
-papá, es que tengo hambre, hace 1 hora que no le meto nada al estómago.
-ya carajo, no reclames como chiquita. En un rato vamos a comer….

La maquinita de basura deglutió todo lo que sus lechuzos podían percibir a la distancia. Infló sus cachetes como globos, se atoró de 9 anticuchos, medio turrón, 1 platito de cau cau, 2 concordias de piña, maní, habitas, y un molientito sin chicoria, pa que no caiga pesao. Inocencio era feliz… su papa lo hacía feliz.

Debía ser una mañana de domingo tranquila. Parecía que Don Amaranto y Mama Lola habían hecho de la madrugada una noche bárbara. Más un quejido que simulaba a un can atropellado asomó las bisagras del hasta ese momento tembloroso catre.

-auuuuuuuuuu, auuuuuuu, mamaaaa, mamaaaaaaa!!!
-mamá, me duele la barriga, me quema la panza.
-auuuu, auu.

-qué pasa ahora hijo, de todo te quejas tu.

-no mamá, de verdad me duele
-ayer de tanta mezcolanza pues, eso seguro te ha hecho daño.
-es que tenía hambre mamá.
-a ver, voy a hacerte una tasita de manzanilla caliente para que te calme la barriga pues.

Mama Lola era de magia entre las manos, y en cuestión de minutos hirviendo la condenada yerbita llegaba a las manos del hijo.

Eran crueles las horas y más cruel el dolor de Inocencio, quien comenzaba a llorar más y más, hasta hacer insoportable el ambiente y hacer creer que pesaban los tímpanos de oír solamente. Don Amaranto casi como siempre jugueteando, se aproximó al cuerpo en lamento de Inocencio y aplicó dos golpes al estómago del niño hecho lamento.

-Uaaaaaaaaaaaaaaa!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

Inocencio estalló en llanto, como si a una piscina de sulfuro se enfilara en puntal clavado.

-Carajo!!!, que le has hecho a mi hijo- saltó Mama Lola.

Don Amaranto que no comprendía la situación, desvarió los ojos tres veces y no hizo más que empuñar al koalita en sus brazos y enrumbarse al hospital más cercano. Horas después se supo que había estallado una peritonitis en Inocencio, y que debía llorar 6 meses en la cama 32-C del frío peaje al cementerio.




5

Cuando ya daban cerca de la una, Don Amaranto se inquietaba. Cuando era niño su madre lo acostumbró a almorzar al mediodía, más hoy, tantos años después, debía esperar la hora de las pitucas.

-papá ya está su sopa- decía sumisamente Susanita.

Don Amaranto era de los únicos en aquella casa que almorzaba soportando los 500 grados en la traquea, sea invierno o verano, y esto a las pitucas mortificaba. Don Amaranto solía sentarse a la cabeza del rectángulo soporte, a su izquierda Susanita quien mejor podía disimular las molestias de la tan sola presencia del padre, y porque respondía mejor las inquietantes frases de Don Amaranto. Frente a Susanita, la periódica Barbarita, que más parecía ocupar dicha región por si algún improperio habría que lanzar al oído derecho de Don Amaranto. Lejos ya de la vieja cabecera, se ubicaba Ortencia, enterrada en sus cubiertos y con espasmos faciales que dibujaban su sonrisa como un amargo ceño. En la otra cabecera, teléfono en mano y con los codos aplastando los confines de la mesa, estaba Inocencio; silente, impenetrable mientras de ejercitar las mandíbulas se tratara.

Era el eco, o una brizna de polvo, o el crujir del tenedor el diálogo en la mesa. Tal vez un charrasquido de molares o una fritura triturada, un refresco en caída libre por las traqueas. Tal vez un: pásame la servilleta, un entre dientes de la Ortencia que dibujaba un: viejo de mierda, un crujido de la madera de las sillas viejas, en fin, una feliz y austera mesa de miércoles entre la una y la una y media.

-Ay hija, este ministro de Economía es un hijo de su madre. Sabes que a dicho ahora?... ha sacado una ley donde a los más viejitos se les descuenta un monto por un impuesto que va para la seguridad del estado. Sabes qué significa eso… que a nosotros, el pueblo, nos quitan para que los mediocres estos se trasladen en esos carrazos… todo gratis!!!
-Ay papá, no se de qué tanto se queja, igual es mejor que le quiten a los más viejos que ya están por estirar la pata, que a quienes de verdad necesitan.
-cómo vas a decir eso Susana!!!, o sea que tu estás de acuerdo con eso…
-pero claro pues, si ustedes los viejos ya no hacen nada ya, mejor que den esa plata para otras cosas…
-tu pareces que fueras de otra clase hija, tu no sabes que…

-pudimos haber sido pues- susurró Ortencia

Los músculos de las orejas de Don Amaranto se pronunciaron como los de un lobo confundido.

-ay ya viejo, toma tu sopa nomás- entrecortó como queriendo allanar lo dicho, Barbarita.
-lo que pasa es que acá todos están en mi contra, yo nunca tengo la razón, ustedes creen que yo no tengo sentimientos, que no valgo nada, mejor no hablo pues!!!...
-pero papá usted confunde todo, siempre quiere tener la razón- dijo Susanita
-acaso se te olvida que yo soy tu padre carajo!!!!!!!!!

Y la mesa retumbó como de los odios de Thor ante las tierras del ártico; ante el palmazo severo de Don Amaranto

-todo lo ve así usted papá, con usted no se puede conversar…

Don Amaranto sólo refunfuño algo inaudible en su más ajada labia, y se retiró, con un aura que espantaba cualquier gemido, con un aire tibio que despedía un estupor mordido.

-viejo loco, cree que golpeando la mesa se va a imponer- Susurró Susanita, encogiendo la mirada y palpando la madera rajada.

La puerta de la casa sólo se dejó tronar…………………..!!!!!!!!




6

Susanita cursaba el 4to de primaria e iba al colegio por las tardes, era muy menudita por entonces y sus trenzas jugaban con el viento y hasta le servían como tocado para cubrir la vergüenza. Por esas tardes, los sesos de Susanita sufrían catástofres naturales, y las multiplicaciones, las fracciones y esos numeritos superpuestos le reducían las ganas de alimentar sus neuronas de algo de aritmética. Detrás de Susanita se sentaba la Rodríguez, matrona del 4to “E” de primaria, orgullosa por portar la copa más voluminosa del colegio entre el cuello y el diafragma, orgullosa de pertenecer a la elite que masturbaba a la bandera nacional en esos veintiochos de medio año.

Susanita, siempre sumisa, una peca entre blanquiñositas, solía ser hendida hasta en su caminada. Sus pasos dejaban interrogantes, sus intervenciones miedos al alma, su sonrisita un: “negra desubicada” en la mente de La Rodríguez y su cuadrilla de copas levantadas.

Una tarde de martes, luego de un batido de álgebra con operaciones combinadas, Susanita debía su merienda tomar, unas gotas de agua de loco y su cerebro –le habían dicho- se nutriría de inexplicable sabiduría y profundidad. Eran las épocas en que Don Amaranto inflaba hasta las secretas de los pantalones con las caras gordas de Túpac Amaru y de Grau. Pues, esto se reflejaba en las loncheras diarias de Susanita: pan de molde con lomos del tamaño de una jeta, manzanas importadas, chocolate sublime y su termito de agua con manzana, para no olvidar.

-ese carbón, mira todo lo que trae, quiere ser como nosotros. Seguro se lo roba de la casa donde es criada su madre- entonaba con desprecio la Rodríguez.

Susanita entumía los hombros y se hundía en la tristeza. Parecía tener un designio supremo para estar delegada a los rincones de las aulas, a los desplazamientos públicos, a ser la semilla entre las grageas. Algunos minutos después, parece que la agüita de loco traía consigo riachuelitos colaterales, y las piernas de Susanita comenzaban a jugar michi entre el pupitre y el suelo, el ombligo le tiritaba, las pestañas parecía que le sudaban, las cejas le simulaban los jadeos de un gusano en una hirviente sartén de crisol. Poco después… el perímetro hexagonal de Susanita percibía ciertas cosquillas por sus cavidades nasales. Algo como a sulfuro, algo como a una manzanilla pasada los redores llenaba.

Susanita volteó los ojos hechos mares. Sabía que las clases de la Lecaros no se interrumpían ni con el suspiro del monte de Jauja. Su magdalena expresión imploraba silencio y compasión por esta húmeda situación. Las compañeras comprendieron, más una blanca piel se irguió, simulando a un Atahualpa señalando la altura de su precio en oro. Este mástil ampo llamaba la extrañeza de la profesora Lecaros.

-qué se le ofrece señorita Rodríguez?
-profesora, parece que mi compañera Susanita tiene un…….. húmedo problema

Percatose entonces, también, la profesora Lecaros, de cierta presencia aromática en el ambiente. Cierta similitud de sabueso dibujo su perfil hendido y acercose al perímetro hexagonal. Con esa grave entonación que provenía del barril en sastre hecho profesora, se escucho la más alta pronunciación de pedagogía que haya existido:

-Alguien se ha meado.

Aquella noche Don Amaranto disfrutaba ante el rectángulo idiota, esas fantasías donde los indios son las flechas y los vaqueros la justicia hecha Minerva. Susanita acercose, tibia, con las manos pegaditas a su vestidito de flores; e inoportunamente irrumpió el trueno de las Winchester.

-papá, quiero dejar el colegio- dijo

Don Amaranto se limitó a voltear 10 grados el perfil de su rabia, y con un ánimo de una teoría una vez más confirmar, se dejo oír. –Ya sabía yo que ustedes estaban hechas para las ollas nomás.

Susanita, no pudo aprender a multiplicar.




7

Al Amaranto depositar su raído músculo hecho cuerpo, en esos 4 vértices gastados hecho un cuarto, el aura de sus ya pesados años corroía el ambiente; los zócalos se disforzaban, las paredes forma de angustia tomaban y la mina de los recuerdos el techo asaltaba. Cuando Don Amaranto entumía las rodillas en la vida, cercenaba la lengua y observaba tan sólo el tránsito familiar; cruzar el pequeño ángulo desde donde se dejaba ver su indómita existencia, era tarea de arrastrarse cuerpo a tierra en un conflicto de frontera; más, quien conocía de las artes del parlar como Barbarita, sorteaba la gaseosa presencia de rechazo en el espectro de Amaranto y su descanso lograba irrumpir.

-qué pasa papá?- expresó Barbarita posándose a los pies del estirado símil de esfinge hecho hombre.
-nada hija

Las nadas de Don Amaranto eran una bocanada de regurgitar lamentos que Barbarita conocía bien y era cauta en esperar.

-Aveces sólo pienso en mandarme mudar hija, acá tus hermanas y el otro huevón del Inocencio no tienen consideración con uno. Ya ni siquiera puedo comentar algo en la mesa que todo les parece mal.
-pero papá, usted no tiene porque exaltarse cuando otros no concuerdan con su manera de ver las cosas, tú problema es que siempre quieres tener la razón, y…
-pero hija, no se trata de que yo quiera tener la razón; sino que Susana está equivocada y el huevón ese de tu hermano más parece que tirara para los de arriba. El no sabe qué significa cargar 30 listones de madera al hombro y llevarlos hasta el tercer piso, el no sabe lo que es desvelarse por los hijos. Se levanta a las 9 de la mañana y todo el día se queda aplastado en el teléfono, así se cree gerente de su no se que…
-Ay papá… pero tu todo lo llevas a ese aspecto, más es lo que defogas lo que sientes contra ellos que otra cosa.
-pero es que acaso no me merezco yo un mínimo de respeto??, yo soy su padre. Yo les he dado un techo, los he vestido, les he dado de comer, les he dado un colegio!!!. Carajo, si les hubiera tocado otro padre tal vez estarían lamiendo el suelo…
-pero por qué siempre nos sacas eso en cara ah??
-porque es así pues hija
-no todo es lo material papá. Cuando éramos chiquitos yo no recuerdo que nos hayas abrazado, que nos lleves al colegio, que nos preguntes por algún problema… todo era plata y cosas.
-o sea que no soy buen padre!!!!
-nadie quiere decir eso papá, lo que pasa es que…

La humanidad de Don Amaranto hechose al levante y sin reparo en dejarse estrellar las palabras de su enfrente hablante, sólo atino a su lecho dejar.

-malagradecidos carajo, parece que no supieran quien es su padre…



8

Era de esos veinticuatros de fin de año que cruzaban la nostalgia, donde los cariños eran secuaces del ambiente almíbar y los quiero de los petizos se agudizaban ante la costumbre alienígena. La quinta desbordaba en luz, pólvora y muñecos blancos de algodón. Los sombreros de un duende gordo y las alas de las aves al fogón cocidas despedían el menjunje de pimienta con grasa expirada.

Tras todas las puertas alegres, había un taciturno foco ámbar que cobijaba un marco no tan acorde con el aura del cumpleaños del antojadizo niño. Mama Lola cocinaba con el polvo y las sombras, y en su bien actuada forma de despreocupada madre apiadaba los lechuzos taciturnos de Inocencio, la chispita absorbida de Susanita, la pupila rencor que Ortencia en su silencio fruncía, y las húmedas gotitas que la pancita vacía de Barbarita producían. Era un cuadro de antaño, un daguerrotipo instantáneo que remontaba a Mama Lola a sus día a día en su Trujillo natal, aquellos ocres momentos que parecían haberse esfumado ya. Mama Lola tenía la pena desde el gastado pliegue de su zapatito.

Irrumpió entonces un arlequín ademán de un vigoroso y enhiesto firme negro. Don Amaranto portaba en su hombro una pequeña talega y con un: Chola!! desvió la atención de las pestañas dudosas de Mama Lola. Como un levantador olímpico hizo volar por los aires a sus 4 niños, y como si fuera un ensayado acto circense de fortaleza sostenía a todos los hijos en un brazo, y en el otro suspendía a Mama Lola prometiéndole el: nunca duden de mí, que regurgitaba sal de los ojos de la familia entrelazada.

Aquella taleguita desnudose en la amplia y liviana mesa, y mostró mas que un dulce bizcocho sudoso y reluciente del platinado verde celofán que lo envolvía. En ese pan hecho 6 miserias se compartió de igual manera un segundo de fuerte madera. Aquella noche un solo catre soportó las antiguas mareas y dibujose como una sola piedra, una sólida piedra.




9

La noche pesaba, se oía el murmullo de los pitucos e inocentes programas que se observaban en otros ecos del frío lar; y en la sólida penumbra, resplandecían los ojos de don Amaranto. Tibios y afligidos, cárdenos y pirotécnicos, tristes y resignados, mucho más tristes. Aquel instante, volteose el cuerpo ajado en el mismo viejo catre donde hace 56 años la navidad pintole la cara a la tristeza, el mismo viejo catre donde yacía Don Amaranto en solemne espergesia, el mismo donde vuelve una y otra vez a ver la misma mañana terca, el mismo donde repite una y otra vez: bueno pues, es hora de levantarse…

Thursday, July 14, 2011

7

Aniversario
por César Abraham Vallejo Mendoza


¡Cuánto catorce ha habido en la existencia!
¡Qué créditos con bruma, en una esquina!
¡Qué diamante sintético, el del casco!
¡Cuánta más dulcedumbre
a lo largo, más honda superficie:
¡cuánto catorce ha habido en tan poco uno!

¡Qué deber,
qué cortar y qué tajo,
de memoria a memoria, en la pestaña!
¡Cuanto más amarillo, más granate!
¡Cuánto catorce en un solo catorce!

Acordeón de la tarde, en esa esquina,
piano de la mañana, aquella tarde;
clarín de carne,
tambor de un solo palo,
guitarra sin cuarta ¡cuánta quinta,
y cuánta reunión de amigos tontos
y qué nido de tigres el tabaco!
¡Cuánto catorce ha habido en la existencia!

¿Qué te diré ahora,
quince feliz, ajeno, quince de otros?
Nada más que no crece ya el cabello,
que han venido por las cartas,
que me brillan los seres que he parido,
que no hay nadie en mi tumba
y que me han confundido con mi llanto.

¡Cuánto catorce ha habido en la existencia!

Friday, July 01, 2011

sopa de letras (¿viva el perú?)

Sin mezquindad por el presente de algunos y siendo honesto con lo leído y admirado. A las plantas brotadas de este terreno baldío, enormes gratitudes.

Monday, June 27, 2011



Esencia del desprecio y el olvido de centurias bajo la cadena
Reconocido el mérito pero impago el servicio
De haber sido lomo y talón del edificio erguido
En cuanto látigo ha sido impuesto el castigo para ser sufrido.

Pero el negro se caga en lo absurdo
Y le da vuelta con desparpajo imberbe
Y se va a parajes inhóspitos para ser auténtico
Así sea con una sola media y mediante el rezo.

Mendocita o Nueva York
Castilla o La Boquita
Son el pordiosero hábitat de manos calentadas frente el cilindro heroico
Haciendo muecas del espanto
Y sonido de lo elástico.

Me reclamo de la estirpe de primaveras ocres
Y en serio monumento a la epidermis de segunda clase
Me aúno a la pedorrera
Para suelto en plaza el miembro de mito enorme
Hacer de hule de llanta una cuerda
Y hacer de cornetas de papiro una brisa
Y en saltimbanqui zapateo
Vivir muriendo cada sonrisa de esta jornada que no se alumbra
Ni para cuando el padre decida sacar de la correa su tunda.

Friday, June 17, 2011

jalando la cadena

Uno a uno, veo a cada fruto de mi generación atraído por la gravedad. No estamos solos ni acompañados, y las catapultas de entusiasmo son el efímero regazo que dios devela en la puerta de los juegos escurridizos que son los años. El tobogán renuente atestado de amasijos latentes que se proyectan en momentos, no es más que el saldo de un cotejo que parece perdido en los escondites del hado destino. ¡Qué fatalidad!

No empleo los ejemplos más disonantes ni miserables; sino los ternos enfundados opacando seres brillantes que la tierra absorbe hasta arrastrarnos. Abogados, tributaristas, economistas; tan patético sentido del quehacer que nos hace meros escombros sin huella. Si tan sólo se pudiera… Si tan sólo pudiera.

La derrota de emprender una y otra vez el calco nómade del baño, el vestido, el traslado, el deglute y viceversa; hacen del sueño una recompensa pútrida del discreto suceder. Calamidades cotidianas simuladas por pequeños triunfos como el de hallar un asiento en el bus atestado, o conseguir en el suelo una moneda, son las derrotas exitosas. Esos son los ágapes del alma expectorada en cada sello que atraviesa la mesa de partes de la muerte.

El problema sigue siendo la cobardía; y mientras tanto: la obesidad, las uñas largas y el inmenso ardor de sujetarse a cinco dedos la pierna remangada matando crías. El acto del valiente es la insania de sugerir que el orbe está demente y que se puede seguir creyendo en él, estando fuera de él. La catástrofe de la era fue descubrir que una manzana no se cae para arriba; y casualmente hizo que se suspendieran los vuelos de las mentes que quieren nadar en el asfalto y agitar las alas en pavimentos y desnudarse sin pudor en cada puerto del hablar y parecer correcto.

Allí donde nació la idea que pare la modernidad, se estancó el aburrimiento para hacer declive de nuestro humilde e incontenible proceso.

Friday, June 10, 2011

la mesa (mi mesa...)







...

Vivimos en un mundo ambiguo, las palabras no quieren decir nada, las ideas son cheques sin provisión, los valores carecen de valor, las personas son impenetrables, los hechos amasijos de contradicciones, la verdad una quimera y la realidad un fenómeno tan difuso que es difícil distinguirla del sueño, la fantasía o la alucinación. La duda, que es el signo de la inteligencia, es también la tara más ominosa de mi carácter. Ella me ha hecho ver y no ver, actuar y no actuar, ha impedido en mí la formación de convicciones duraderas, ha matado hasta la pasión y me ha dado finalmente del mundo la imagen de un remolino donde se ahogan los fantasmas de los días, sin dejar otra cosa que briznas de sucesos locos y gesticulaciones sin causa ni finalidad.


Julio Ramón Ribeyro - Prosas apátridas (1975)

Friday, May 27, 2011

Una temporada en el infierno



Antaño, si mal no recuerdo, mi vida era un festín donde se abrían todos los corazones, donde todos los vinos fluían.

Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas. —Y la encontré amarga.— Y la injurié.

Me armé contra la justicia.

Y huí. ¡Oh brujas, oh miseria, oh aversión; sólo a vosotras os fue confiado mi tesoro!

Logré desvanecer de mi espíritu toda humana esperanza. Sobre toda alegría, para estrangularla, realicé el sordo ataque de la bestia salvaje.

Llamé a los verdugos para morir mordiendo la culata de sus fusiles. Invoqué a las plagas para asfixiarme con la arena, con la sangre. La desdicha fue mi dios. Me lancé contra el fango. El aire del crimen me secó. Le jugué malas pasadas a la locura.

Y la primavera me dio la espantosa risa del idiota.

Pero ahora, recientemente, cuando estaba a punto de exhalar el último suspiro, pensé en buscar la llave del antiguo festín, en el que, tal vez, recobraría el apetito.

La caridad es esa llave. —¡Esta inspirada afirmación demuestra que he estado soñando!

"Seguirás siendo hiena, etc..." declara el demonio que me coronó con tan agradables adormideras. "Gánate la muerte con todos tus apetitos, y con tu egoísmo y con todos los pecados capitales".

¡Ah! ¡Ya he tenido sufiente! Pero, querido Satán, se lo ruego, ¡no se irrite tanto conmigo! Y a la espera de esas pequeñas vilezas que aún me falta cometer, desprendo para usted, que ama en el escritor la ausencia de toda facultad descriptiva o instructiva, unas cuantas repugnantes páginas de mi libreta de condenado.

Arthur Rimbaud (1873)


Wednesday, May 25, 2011

maluolo meselo

Los actos de decisión siempre causan polémica. Están quienes vigilan y arañan su peculio bajo el estándar de no cambiar las instituciones ni sus prácticas ni normas, abrazando la candidatura sicodélica de Keiko Fujimori (nunca dijo nada, ni trabajó y su familia extranjera gobernó y pretende gobernar después de robar, matar y huir). Y están quienes olvidados por decenios, hacen saber a través de un resultado de urna que las disparidades de un país que se dice crecidito y estable, los deja al final de la fila. Avalar una decisión bajo esta práctica democrática de pintarse el dedo implica hasta cierto punto asumir éticamente y con cierto reparo todos los pasivos de quienes “nos representarán”; empero, el apoyar la candidatura del clan Fujimori es inaceptable y repudiable. Vale mencionar que además de las irreparables pérdidas humanas, la pérdida ética y moral de una generación que fue transformada bajo el diseño de planes psicosociales que buscaban aletargar el pensamiento de los jóvenes, hoy aún hace eco. Es por ello que muchos (hablando de nacidos del 80 para adelante) carecen del poder discernir entre una opción y otra porque además del robo y saqueo a raudales, están los programas preparados, los cocteles de distracción con rojo sangre y harta teta, y la comicidad lastimera de una programación que nos entraba como alimento básico, cada día de nuestras vidas. Las instituciones demolidas por un contagio de alcaponismo, los medios controlados y maniatados con representantes que siguen hasta hoy, y los asesinatos a quien vaya con lupa a revisar los papeles que no se debían revisar, o a quienes se dignaban a no callar, conforman el universo que hasta ahora nadie puede novelar. Ese fue el decenio perdido de una generación que se olvidó de todo menos de sí misma, y hoy encalla en las profundidades de un individualismo enfermo que atañe a todas sus decisiones, incluyendo las que pueden afectar al resto de la población.

Aún así, ésta democracia que no representa y que te obliga a elegir entre lo que no quieres, logra que se endose una fuerte intención o deseo de cambio a quienes no se lo merecen. Y hay que decirlo, porque Ollanta Humala representa el fracaso de la izquierda. Todo movimiento siquiera progresista plegado a la única opción que se presenta hace bien en brindar su apoyo electoral; más, y quizá porque la coyuntura no lo permite, no se admite que las propuesta de cambio han quedado relegadas a una mejor distribución de la sobre ganancia y la honestidad con transparencia. Ollanta Humala, quien es militar (¿se olvida uno de cuáles son los poderes fácticos del estado?) demuestra una enorme incapacidad, falta de liderazgo y camaleonismo histriónico en aras de un poder que persigue obseso sin voluntad de crear un partido ni movimiento que se sienta representado en bases y cuerpo social. Votar por Ollanta Humala se ha vuelto la única opción electoral; pero se vuelve también una obligación de decir que hemos fracasado como opción a querer construir algo distinto y auténtico, incluyendo y avanzando. No habrá en su triunfo (si es que se diera) sabor a cambio, sino el derecho a que estos micro países que habitan el Perú puedan reclamar todo para ellos y nada en conjunto. Habrá seguro mejores presupuestos en sectores básicos, pero no un replanteamiento de fundamentos que sostienen un sistema que fracasa en cada rincón donde sólo hay nada revuelta con estómago crujiente y vela leyendo lo que no entiende, bajo la sábana incólume que resiste la helada.

Se apoya la única opción en estas reglas impuestas, y no se condena a quienes lo haremos. Más, de una vez, a admitir el fracaso y ponerse overol bajando del púlpito de los dioses muertos.

Tuesday, May 17, 2011

¿me moría?









Imágenes tomadas del blog del artista Álvaro Portales.

Saturday, April 30, 2011

In memoriam


"Antes, la muerte era la demostración de la crueldad de la existencia. El hecho que empequeñecía y hasta ridiculizaba mis prometeicas luchas cotidianas. Lo atroz. Solía decir que a la muerte me llevarían con el auxilio de la fuerza pública. Así expresaba mi decisión de luchar hasta el final, de no entregarme jamás.

Pero ahora que la muerte está vecina, su cercanía me ha irradiado una comprensión que nunca tuve; en este atardecer de verano, la historia de lo vivido está delante de mí, como si yaciera en mis manos, y hay horas en que los tiempos que creí malgastados tienen más luz que otros, que pensé sublimes.

He olvidado grandes trechos de la vida y, en cambio, palpitan todavía en mi mano los encuentros, los momentos de peligro y el nombre de quienes me han rescatado de las depresiones y amarguras. También el de ustedes que creen en mí, que han leído mis libros y que me ayudarán a morir."


La resistencia, mayo del 2000
Ernesto Sábato.

24/06/1911 - 30/04/2011

Las cinco familias

El insulto a la inteligencia y el mordaz agravio graficado en machacamientos incesantes contra un candidato y el implícito apoyo hacia la otra, hace pensar que son los medios quienes lideran y toman esta batalla como propia. Más no, pues si el grupo informativo más grande del país y todos sus tentáculos mueven cielo, mar y tierra; esto más allá de propia convicción obedece a órdenes. Órdenes que se zurran en la memoria de los torturados, asesinados y olvidados. Órdenes que se cagan en la ética y la perspectiva de un país mutilado de pensamiento tan sólo por el antojo de no perder su peculio. No son Mariátegui, ni Rosa María, ni Vargas ni los súbditos acólitos que leen telepronters en diferentes horarios; son un manojo pequeño de mazones que cuidan tan sólo su inmunda progenie. Es a ellos a quienes hay que ahora denunciar, porque les importa una mierda la gente a la que se deben, y porque sencillamente no les interesa nada, sino vivir el cielo artificio de una vida perfecta, que la muerte misma no castiga ni excreta.




Estos son, aquí están, y para siempre su memoria debemos dilapidar:



Mario y Pedro Brescia - US$ 4,493.00 millones - MINSUR, AFP Horizonte, Rímac Seguros





Alberto Benavides de la Quintana - US$1934.00 millones - Minera Buenaventura





Jorge y Vito Rodriguez Banda - US$ 694.00 millones - Grupo Gloria





Dionisio Romero - US$ 1305.00 millones - BCP - ALICORP



Grupo Wong



A estos rostros visibles se adicionan miles de anónimos que bucean en arcas de la extracción y se retuercen en el óbice del dispendio. Vale pensar que son tan pocos los que se sirven las cucharadas, que somos las hormigas lamiendo el azucar que se les cae.


Saturday, April 23, 2011

transmission



dance, dance, dance!!!

Thursday, March 24, 2011

echoes


La noche avanzaba en planetaria caravana y ya casi es la una del nuevo dia. Admito que al tercer segundo eché el uniforme y el discurso hipnótico de la tierra cóncava en la inmersión añorada, al efluvio marino de la bruma de otoño, oleaje de avenida, luz azul, mujer, solo... La cereza feliz alumbra, caleidoscópica, las falanges translúcidas, y ya no me quedo, rictus de abandonos en el rostro magro y molestias transpiradas en el socabón electrónico acarician el cabello del que se desploma con dulzura sobre los ficus de la abuela y el patio de paredes carcomidas .. por el agujero universo... la correspondencia sonora no asegura resurrección alguna pero retiene lágrimas y arroja pétalos de ser, hermano, hermano mío, derramándose en amores y cielos untuosos escarlatas.. aahh nuestra adorada Extasíndrome, detente, te lo pido, muestrame los fuegos de los antiguos aquelarres, yo te lo pido, acomódame en el vértice ondulado de tu playa lunar y siénteme la respiración en la piel monumental, estremecida a veces, por los rayos de Marte, la alucinación divina, las hormigas utópicas.


Texto de: Eduardo Braga Maldonado

Wednesday, March 16, 2011

119


A tu salud, maestro...
hombre,
mamífero,
dios.

Tuesday, March 01, 2011

La búsqueda de la fecalidad

Antonin Artaud (1896-1948)


Allí donde huele a mierda
huele a ser.
El hombre hubiera podido muy bien no cagar,
no abrir el bolsillo anal,
pero eligió cagar
como hubiera elegido vivir
en vez de aceptar vivir muerto.

Para no hacer caca,
tendría que haber consentido
no ser,
sin embargo, no se decidió a perder
el ser,
es decir, a morir viviendo.

Hay en la existencia
algo particularmente tentador
para el hombre
y ese algo es
LA CACA
(aquí, rugido)
Para existir basta con dejarse ser,
pero para vivir
hay que ser alguien,
hay que tener un HUESO,
hay que atreverse a mostrar el hueso
y a olvidar el alimento.

El hombre prefirió más la carne

que la tierra de los huesos.
Como no había más que tierra y bosque
de huesos
tuvo que ganarse su alimento,
no había mierda
sólo hierro y fuego,
y el hombre tuvo miedo de perder la mierda
o más bien deseó la mierda
y para eso, sacrificó la sangre.
Para tener mierda,
es decir carne,
donde sólo había sangre
y chatarra de osamentas,
donde no tenía nada que ganar
y sí algo que perder: la vida.

o reche modo
to edire
de za
tau dari
do padera coco

Entonces, el hombre se replegó y huyó.

Lo devoraron los gusanos.

No fue una violación,
Se prestó a la obscena comida.
Le encontró sabor,
aprendió por sí mismo
a hacerse el tonto
y a comer carroña
delicadamente.

Pero, ¿de dónde procede, esa despreciable abyección?

De que el mundo no está ordenado todavía,
o de que el hombre sólo tiene una pequeña idea
del mundo

y quiere conservarla eternamente.

Proviene de que, un buen día,
el hombre
detuvo
la idea del mundo.

Se le ofrecían dos caminos:
el infinito exterior,
el ínfimo interior.
y eligió el ínfimo interior,
donde sólo hay que estrujar el bazo
la lengua
el ano
o el glande.

Y dios, dios mismo aceleró el
movimiento.

Dios ¿es un ser?
Si lo es, es la mierda.
Si no lo es
no existe.
O bien sólo existe
como el vacío que avanza con todas
sus formas
y cuya representación más perfecta
es la marcha de un grupo incalculable de
ladillas.

¿Está usted loco, señor Artaud, y la misa?"

Reniego del bautismo y de la misa.
No hay acto humano
que, en el plano erótico interno,
sea más pernicioso que el descenso
del supuesto Jesucristo

a los altares.
No me creerán
y desde aquí veo cómo el público se encoge de hombros
pero el llamado Cristo es quien
frente a la ladilla-dios
aceptó vivir sin cuerpo
mientras un ejército de hombres,
descendiendo de la cruz
a la que dios creía haberlos clavado desde hacía mucho,
se rebeló
y ahora esos hombres
armados con hierro,
sangre,
fuego y osamentas
avanzan, denostando al Invisible
para terminar de una vez con el JUICIO DE DIOS.

Monday, February 14, 2011

Wednesday, February 02, 2011

...

"En fin, mi querido amigo, usted me tiene el aspecto de estar en un buen aprieto, y su disgusto me aflige, pues podría emplear más agradablemente su tiempo. Es necesario, entienda usted, jovencito, que es necesario trabajar más que eso. Llego a suponerlo demasiado díscolo. Demasiadas mujeres, demasiado remo, demasiado ejercicio. Sí, señor, la civilización no ha tenido tanta necesidad de locomoción como pretenden los médicos. Usted ha nacido para hacer versos. ¡Hágalos! Todo lo demás es vano, comenzando por sus placeres y su salud. Métase esto en su cabeza. Además su salud se encontrará bien si sigue su vocación. "

Gustave Flaubert

Saturday, December 25, 2010

horizontal...

David Crosby - Traction in the rain

Thursday, November 04, 2010

El vivir


Habían tardado tanto para finalmente hallarlo, que el regocijo silencioso de sus cavidades latentes los hizo un temblor de emoción. Diez semanas hurgando en lo recóndito de aquel distrito sereno y aledaños; para encontrar la pieza enana que sería la morada que reivindique ese deseo cavernario de asentarse y a fin de cuentas hacer ello que llaman convivir. Su diseño para roedores contenía un hall de techo bajo, y tras él, la habitación serena de metraje constreñido que se erigía con sus paredes desgastadas y el zócalo rancio. Se dejaban ver las huellas de algunos infantes a escasa altura y enternecían por su evidente vejez las manijas de las puertas y el pálido color del clóset que indicaba el cansancio de aquella habitación de propietarios ambulantes y empleados pasajeros que subyugados al ritmo de una vida atarantada, se quedaban a habitar dicho apartamento escasas horas de las cuales su mayoría fueron de pernocte. Sin embargo, fuera de su espacio retaco y el descuido de sus frentes, el lugar era ideal. Comprometía el presupuesto necesario de la emprendedora pareja y acorazaba con cemento sus ansias de explayarse en lo pequeño con sus escasos muebles y sus aún frescos deseos de comerse carne a carne entre el suelo y el futón. Las noches de vino barato a la luz de las velas y el hálito repleto de bocanadas de cigarrillo, se sumergía en el sonido de los discos que hasta hoy juntos no había podido escuchar, sino en la soledad de sus silencios, y en el pensamiento que hoy acentuaba dicho recinto como su incipiente hogar.

Toda mañana tropezaban consigo mismos y confundían los dentífricos. Servían apurados el café y dejaban distendida su vida nebulosa de la noche. Ese caos crepuscular y ese violento sacudón en la ducha donde se encorvaban; les eran suficientes para entender que toda muerte empezaría con una vida tan sucinta que todo ello valía la pena por ser sufrido y tan suyo que no importaba nada más. En el correr de los minutos apresuraban el diario enfundado, y con piel de ciudadano - luego de ser los mismos changos que se rascan y apestan – emergían a esa ciudad que negaban desde su guarida, desde la morada fría que hicieron suya y dulce presente de una nueva vida.

Los primeros meses sembraron el rito. Noche a noche cosechaban frente a frente las conclusiones de los días desperdiciados y adjuntaban al silencio las declaraciones autistas de sus ojos rojos y sus pies remojados. Daba gracia verlo a él, lavando sus prendas y las trusas ajenas; y asomaba la risa al escuchar el remilgo de ella en el oficio doméstico de planchar por duplicado. Todo era una caricia mental de la vida, que se burlaba al ver nuevamente dos vidas cansinas. Empero, el trajín clásico de Medioevo, no se anteponía a sus lechos aún febriles; y los gemidos tapujados por la hermética habitación, se adornaban a la luz de la lámpara tenue que dibujaba la excitación en las paredes con sombras mutantes de los cuerpos fulgurantes en fusión; una cárcel del deseo sin tregua donde la muerte les llegaba en cada pérdida de aliento y se embriagaban de sudor.

Más, extrañamente, las noches de sueño plano se vieron corroídas. Primero fue la espesa sensación de un frío puntiagudo a los pies de la cama, luego el incesante silbido a las 2:13 de cada madrugada y por último las crujientes puertas que sin brisa ni corriente se entreabrían a velocidad de hormiga. El acurruco acostumbrado se veía turbado por la contemplación de sus pies helados. Más, cuando por fin conseguían hacer de sus cuerpos juntos un remanso, allí estaba nuevamente el incesante silbido. Entre legañas él llegó a descifrar una melodía… vieja, tierna, pero de origen escasamente recordable. El carcomido de la puerta desesperaba al punto de sentirse ya no los únicos habitantes, y cada sueño se les hacía más difuso, y cada abrazo más torpe. El miedo impregnado en cada esquina se sucedía en desencuentros, y el coctel almibarado de los primeros días se ponía agrio.

La madrugada del séptimo mes en el séptimo día, el torrente gélido se hizo más fuerte asentándose en cada rincón, y la melodía silbada empezó a descascararse al punto de intuirse su origen en la bruma de recuerdos arpegiados de los dos. Los crujidos rampantes los hicieron abrazarse y los 4 hoyos de su rostro, se encendieron perlados encontrándose decididos a exterminar toda duda. El centelleo de una luz pálida tras la cortina los hacía pensar que tras la ventana se encontraba la respuesta a ese pesar sin tregua. Y ambos, cogidos de la mano, temerosos y expectantes, pisaron el suelo antártico y dieron pasos tímidos e infantes, para al abrir de las telas verticales y el empujar de los ventanales, sentir la brisa fría de todas sus inseguridades, cuando la calle está tan sola y una lluvia efímera rosea el vaho de los basurales.

Saturday, October 23, 2010

Tan próximas lejanías

I

Sabía que sus días eran bobos, pero nunca imaginó llegar a tanto. Su molde ya era harto conocido y hasta empezaba a asimilarlo. Yo comenzaba en realidad a encontrarlo gracioso; pues había adoptado “sus” maneras y hasta se vestía guardando los patrones decálogos. ¡Era ya un trabajador!

Pero quiero que entiendan esta risa que escribe. Sus calzados estaban briosos y hasta hacían muecas de nuevecito al tronar con el suelo. Su camisa tiraba como la tensión de una ofrenda a la plancha… y me animaría a decir que hasta su rostro. Rostro que adulteraba la cortesía con los remilgos de medio labio y el pensamiento escrito en cada pliegue de su frente. Más no podía dejar de embargarme la tristeza al enfrentar el sudor con su cuello almidonado y estrangulado de esa juguetona corbata. Nunca hubo vestimenta más peligrosa para un hombre distinto de alma, y de corazón de franela. Y es que la ironía de su pescuezo sujeto a esa horca perpetua que simulaba los percheros de las tiendas agónicas del Centro, que bajo una luz convaleciente se resisten a los años aún exponiéndose tan tristes y tan perecederos.

A veces puedo verlo sentado, hinchándose en la contracción de forma de h, y siendo un tétrico monumento al volver a hacerlo. Un sincopado acorde de lamento urbano en cada dedo, que se quebraba al llanto hasta por las falanges. No había que decir más… este sujeto al margen de ser ya un cadáver envuelto, era un símbolo de corrosión; de planta ajada por los pasos, y somnoliento cabello de elegante tristeza. Este hombre se agosta en cada semana, y borró los carnavales de su diario, para volverse víspera eterna, víspera de un 1ro de Noviembre nunca llegando.

Más, había capturado en oportunidades -muy escasas para mi- ligeros esbozos de sonrisa. Quizá reflejos de las mejillas o suspiros de las cejas; pero ello me extrañaba. Y me extrañaba en demasía la sinceridad de sus pómulos ante esas fracciones microbias de entusiasmo. Posturas más que ajenas al templo rutinario del soporte de nuestro electo sistema impuesto por continentes lejanos.

Veía yo extrañado, esa inclemente mirada enflechada al cuadrado, que de a pocos se estiraba en jocosas remangadas de un hombre que parecía alistarse para un zambullido. Como si estuviera dispuesto a cabalgar sin casco en terrenos espolvoreados de húmedos cráneos baleados. ¿Realmente era este el potencial de un crucificado andando?; ¿un entusiasmado ante el empleo que calculaba y arremetía contra las tablas y encuadrados?

Algo debía apestar… es más, tenía que necesariamente oler pésimo. No cabía en mis esquemas (nada simétricos por cierto) el que este sujeto de huesos fidedignos se esté acartonando y prensando como en proceso de Fordismo aclamado. Esto me escarapelaba y hasta estremecía las ingles de mis huestes poco mostradas. Debía yo adquirir la valentía de una vieja de cuadra, que sumada en sus ruleros y legañas se agolpaba hasta la puerta para preguntarle esa incómoda duda que le quedaba. Tenía que vestirme de mandil empapado para encapsulado en humedad sentirme tan fresco como para increparle tanta responsabilidad novata. Tanta convicción americana. Era hora de espiarlo.

Para ello, en mi cabeza no hubo mucho planeamiento de escabrosa investigación, pues aún él mantenía el espíritu de himen inocente… que se abre creyendo en un inicio en leales visitas de portentosa actitud, y no sabe que solo se mancha de visitantes pasajeros.
Debía entonces sólo aguardar a su cuadrado horario de cuartel, y amotinarme a su ordenador ni bien haya ídose al deguste de sacarosas y prensadas soluciones más que salinas. Lo cual sería propicio para escabullirme de las vistas y explorar el por qué de su nuevo ánimo.


II

Al agonizar la hora de las 2 puntas enclaustradas, estaba ya presto para el espionaje. Mi actitud debía ser adusta y serena, pues no debía levantar sospecha alguna. Más, al agolparse la hora media en la que arrancan los cubiertos, un alma no quiso dejar en el pasado el verbo: se apostó. Y es que mi favorito inocente, mi motivo de lucubraciones, no se erigió, y continuó en suculento deleite frente a su máquina de ahora adoraciones.

Mi presencia no le perturbaba en lo más mínimo, y su entereza se veía involucrada en una sola dirección, la de sus manos deletreando incólumes oraciones. No podía distinguir en medio de tanta velocidad su propósito conceptual, pero era ya evidente que algo se construía y se derrumbaba, que algo se paría y se abortaba, que algo a fin de cuentas… se creaba.

Entonces tuve que mostrar un ambiente que no altere la normalidad de la rutina, y en cuestión de minutos también me retiré. Empero, mi constancia en la intriga era demasiada, y me aposté en las lindes de un ángulo que me permitiera saber si su estigma de esa oficina saldría. Lo cual, tras sendos minutos sucedió.

No me importó entonces el habitual hambre de mediodía, ni el que olvide la tarde retorciéndome en las llagas de la gastritis, porque en segundos, sabría qué contuvo a mi let motiv ocular, a tornarse tan entregado al empleo, tan extrañamente y voluntariamente un ser oficinesco. Más, a mi acercamiento a su discreto asiento, se aperturaron los remordimientos propios de un novato criminal, que ante el vestigio de su pronta acción inmoral se develaba como un torpe. Otra vez un maldito fisgón que recordaba sus noches espiando otras cortinas… esperando ver unas piernas entregadas al goce, un suceso poco habitual de su espíritu cansino en la orbe.

Más, proseguí… como una ardilla temerosa ante su preciada nuez… y tome posesión de los actos de mi hasta ahora, motivo de admiración y lástima… más, lo único que encontré como parto de esos movimientos extraños, fue una frase escrita en cuatro líneas que esbozaba algo que presentía como un poema, y decía:


La vida me es una costumbre hecha
Un pasaje recorrido que tiene una sola ventana
La del espía de enfrente, que me apena en su tristeza
Tan poca sustancia de hombre sin esencia.



Saturday, October 09, 2010

Wednesday, October 06, 2010

El guardián del hielo


Y coincidimos en el terral
el heladero con su carretilla averiada
y yo
que corría tras los pájaros huidos del fuego
de la zafra.
También coincidió el sol.
En esa situación cómo negarse a un favor llano:
el heladero me pidió cuidar su efímero hielo.
Oh cuidar lo fugaz bajo el sol...
El hielo empezó a derretirse
bajo mi sombra, tan desesperada
como inútil

Diluyéndose
dibujaba seres esbeltos y primordiales
que sólo un instante tenían firmeza
de cristal de cuarzo
y enseguida eran formas puras
como de montaña o planeta
que se devasta.
No se puede amar lo que tan rápido fuga.
Ama rápido, me dijo el sol.
Y así aprendí, en su ardiente y perverso reino,
a cumplir con la vida:
Yo soy el guardían del hielo.

José Watanabe
de "Cosas del cuerpo" (1999)


Friday, October 01, 2010

Los 10 años del niño


El ocaso del milenio daba náuseas. La última década había perpetrado más guerras, bombas de racimo, clonaciones, velocidad rampante, la consolidación del enriquecimiento abstracto y el establecimiento oficial de una vida parapetada frente a un ordenador. Todo ello quedó registrado en ese coloso de la angustia titulado “Ok Computer” en 1997, y Radiohead asomó como el puntal de una generación que podía decir algo desde la rabia y la desesperanza. Los medios, la industria y la nómade convivencia se encargaron de hacer trizas el espíritu del grupo y pusieron a Yorke al borde de la cornisa para entonarse a sí mismo ese verso estrangulante que dice: “I'm not here, This isn't happening”.

Al borde del quebranto e inseguros de su capacidad de poder hilvanar una sola canción; se cambiaron los métodos. Se despojaron de estructuras convencionales y sólo compusieron fragmentos. Abandonaron las guitarras para entretenerse con repeticiones desesperantes de bases electrónicas, y ahogaron la voz de la banda en un cúmulo de distorsiones y nuevas sonoridades. Selway rezagado; el mayor de los Greenwood estacionado en un solo acorde. O’brien casi sin cabida, Yorke ensimismado en espasmos y el multiinstrumentalista de los hermanos enredado entre cables y aparatos sofisticados; sólo daban cuenta de un rumbo incierto que da pequeñas señales que auguren una luz al final del túnel.

El caos como único norte creativo. La frustración aceptada como el punto final de cada trabajo y el peso de una disquera refunfuñando por otro hit melancólico que los haga más millonarios hacían de Kid A un parto doloroso. Fragmentos escritos y depositados en un sombrero terminaban por conformar las letras; y quedaba patente el miedo de Yorke a la nueva era, al desastre glaciar, al limbo del desarrollo de la humanidad y a su propio desastre interno.

Kid A es todo eso y más, y hoy; que se escuchan sus primeros acordes en el hammond, deambulando por loops y trombonazos de avant garde; uno siente a Mingus y Aphex Twin batidos en una licuadora, queriendo ser optimistas en la soledad de un océano inconmensurable donde la impotencia sólo puede ser derrotada con un nuevo ser humano. Radiohead parió un nuevo registro de la existencia con un infante reprogramado; y hoy que el niño cumple 10 años, se sabe que en nada se han equivocado, y sólo pueden seguir observando esta película, con la que nos despediremos cerrando como ellos mismos dicen: “I will see you, in the next life”.

Tuesday, September 28, 2010

40 años


"Quiero hacer una música tan perfecta que se filtre a través del cuerpo y sea capaz de curar cualquier enfermedad"

Wednesday, September 22, 2010

pensando como civil (aveces)


Lo más probable es que en estas elecciones gane Villarán, y digo probable porque la derecha en su práctica, ha demostrado recurrir a cualquier método en aras de la defensa de sus intereses (véase el manual de Barba Caballero para ganar elecciones en su columna de Correo del 20/09). Empero, estamos ante una situación peligrosa en la que la izquierda se afana en sobreestimarse como reconstituida y articulada, cuando la verdad es que la tacha a Kouri configuró el escenario para que el rostro carismático con tono sobrio de Villarán empelle en los porcentajes.

La reflexión se da en el escenario por el cual muchos promotores del mayor desprestigio de la izquierda (que de paso mancilló el lustre del gremio educativo hasta el foso) puedan obtener cotas de poder con las cuales se obnubilen al punto de sentir mayor derecho en la toma de decisiones en sectores gravitantes. Es en este periodo (hipotético escenario de triunfo) en el cual se demostrará si no veremos a un sobrino “emeneista” atendiéndonos en una ventanilla o a nuevos directores de un aparato estatal y burocrático que orbite en alumbre, soberanamente encorbatados.

Dado que la izquierda no ha replanteado en su mayoría sus programas, este periodo con esmalte de casualidad es una moneda al aire. Hoy la izquierda pretende asumir con la misma practicidad de la derecha los objetivos mediatos, pero ¿existe consenso sobre lo que la izquierda quiere? ¿Alguna vez lo hubo? Estoy seguro que muchos piensan en la acumulación de fuerzas y el avance estratégico; y seguro hasta cavilan en encausar la revolución desde la puerta de los fueros ediles. Sinceramente, el devenir del triunfo de una amalgama que aún no seca puede profundizar la caries.

Ahora, en el panorama nacional comparto la opinión vertida por el periodista Marco Sifuentes en su blog; y cito: “La idea de los K-K es ésta: se bajan a Lourdes, Villarán llega a la alcaldía, investiga a Castañeda (Relima, Comunicore, Lentopolitano, Línea Amarilla y demás joyazas) y en menos de dos meses de deshicieron del Mudo. Eso significa un rival menos para Keiko, que, por cierto, es la candidata favorita de tu amigo el conductor y su entorno. Además, con la izquierda en la alcaldía pueden empezar a levantar el cuco del terrorismo, inventando senderistas por todo el aparato municipal, como hizo Altuve el día del debate. Ellos creen que, ante el fantasma de Sendero, la gente volvería a pedir al Chino.”. Este párrafo da cuenta de que la izquierda (en cualquiera de sus mutaciones) si da muestras de carecer de programa y capacidad para conciliar y ejecutar programas con eficiencia y transparencia; haría retroceder todo lo poco que se ha avanzado.

Escribo esto con deber de ciudadano, pero sin sentimiento propio; porque lo que realmente me preocupa es el deseo que se tiene de Lima. Pues de la impresión que deja el deseo de la mayoría, parece que quisiéramos hacer de Lima un “Palo Alto”. Hoy Lima tiene viviendas más caras y más pequeñas; pistas más anchas y veredas más angostas; y la espiral del vértigo al que se somete la ciudad sólo da ganas de regurgitar y tensar la soga. Y parece que cada vez queremos más velocidad y neón; y más asfalto sin dirección y un cielo eternamente mustio que cobije el soundtrack rabioso de la bocina y la ciudad en vitrina. Habría que actualizar a Salazar Bondy, porque pasamos de ser una Lima terriblemente horrible a una Lima horrendamente huachafa.

Sunday, August 22, 2010

ceniza...


Goodbye pork pie hat - Charles Mingus



"Todo hombre que sufre se vuelve observador"
Julio Ramón Ribeyro

Tuesday, August 17, 2010

Carta a la madre



Por CHARLES BAUDELAIRE
Traducción de Roberto Monsberger, 1993, España (Barcelona).
Editorial Grijalbo-Mondadori.
6 de mayo de 1861

Mi querida madre, si posees realmente un alma maternal y si todavía no estás harta, ven a París, ven a verme, e incluso ven por mí. Yo, por mil razones terribles, no puedo ir a Honfleur en busca de lo que tanto desearía, un poco de ánimo y unas caricias. A fines de marzo te escribía: ¿Volveremos a vernos algún día? Me encontraba en una de esas crisis en que uno contempla la terrible verdad. No sé lo que daría por pasar unos días a tu lado, tú, el único ser de quien pende mi vida, ocho días, tres días, unas horas.

No lees mis cartas con atención; tú crees que miento, o al menos que exagero, cuando hablo de mis desesperaciones, de mi salud, de mi horror a la vida. Te digo que querría verte y que no puedo correr a Honfleur. Tus cartas contienen numerosos errores e ideas equivocadas que la conversación podría rectificar y que volúmenes de escritura no bastarían para destruir.

Cada vez que tomo la pluma para exponerte mi situación, tengo miedo de matarte, de destruir tu débil cuerpo. Y yo estoy sin cesar, sin que tú lo sepas, al borde del suicidio. Yo creo que tú me quieres apasionadamente; ¡está tan ciego tu entendimiento, pero tienes tanta grandeza de carácter! Yo, de niño, te he querido apasionadamente; más tarde, obligado por tus injusticias te he faltado al respeto, como si una injusticia materna pudiese autorizar una falta de respeto filial; y con frecuencia me he arrepentido, aunque, según mi costumbre, nada haya dicho. Ya no soy aquel niño ingrato y violento. Largas meditaciones sobre mi destino y sobre tu carácter me han ayudado a comprender todas mis faltas y toda tu generosidad. Pero, en resumidas cuentas, el mal ya está hecho, hecho por tus imprudencias y por mis faltas.

Es evidente que estamos destinados a queremos, a vivir el uno para el otro, a acabar nuestra vida lo más decorosa y lo más tranquilamente que sea posible. Y no obstante, en las circunstancias terribles en que me encuentro, estoy convencido de que uno de nosotros matará al otro y de que terminaremos por matarnos mutuamente. Después de mi muerte, tú no podrás seguir viviendo, eso está claro. Yo soy el único motivo que te hace vivir. Después de tu muerte, sobre todo si murieses a consecuencia de un choque causado por mí, me mataría, eso es indudable. Tu muerte, de la que hablas a menudo con demasiada resignación, no modificaría en nada mi situación; el tutor seguiría (¿por qué no iba a seguir?), todo se quedaría sin pagar, y yo tendría, además de la pena, la horrible sensación de un aislamiento absoluto. Matarme yo, es absurdo ¿no es cierto? «Entonces, piensas dejar a tu anciana madre completamente sola», dirás. A fe mía que si no tengo estrictamente derecho, creo que la cantidad de pesares que he soportado casi treinta años me haría digno de disculpa: « i Y Dios! » dirás. Deseo de todo corazón (¡y nadie mejor que yo puede saber con qué sinceridad!) creer que un ser exterior e invisible se interesa por mi destino; pero ¿qué hacer para creerlo?

(La idea de Dios me hace pensar en ese maldito cura. En medio de la penosa impresión que va a causarte mi carta, no quiero que le consultes. Ese cura es mi enemigo, tal vez por pura estupidez.)

Volviendo al suicidio, que no es una idea fija pero que reaparece en épocas periódicas, hay algo que debe tranquilizarte. No puedo matarme sin dejar en orden todas mis cosas. Todos los papeles que tengo en Honfleur están en una enorme confusión. Por lo tanto, tendría que trabajar duro en Honfleur, y una vez allí ya no podría irme de tu lado. Pues debes suponer que de ninguna manera iba a querer mancillar tu casa con una acción tan detestable. Además tú te volverías loca. Y ¿por qué el suicidio? ¿Es a causa de las deudas? Sí, y sin embargo, las deudas se pueden superar. Es, sobre todo, a causa de un cansancio espantoso resultado de una situación insostenible, demasiado prolongada. Cada minuto me demuestra que he perdido las ganas de vivir. Una gran imprudencia cometiste tú en mi juventud. Tu imprudencia y mis viejas faltas pesan sobre mí envolviéndome. Mi situación es atroz. Hay gente que me saluda, hay gente que me busca. Quizá la haya que me envidie. Mi situación literaria es mejor que buena. Podría hacer lo que quisiera. Me publicarán todo. Como tengo una clase de talento impopular, ganaré poco dinero, pero dejaré tras de mí una gran fama, lo sé, —siempre que tenga el valor de vivir. Pero mi salud espiritual, —detestable; tal vez perdida. Todavía tengo proyectos: Mi corazón al desnudo, novelas, dos dramas, de los cuales uno para el Teatro Francés ¿los haré algún día? Ya no lo creo. Mi situación en relación con la honorabilidad, espantosa, —eso es lo peor. Ni un momento de reposo, insultos, ultrajes, afrentas como no puedes hacerte idea y que corrompen la imaginación, la paralizan. Gano un poco de dinero, es verdad; si no tuviese deudas, y si ya no me quedase patrimonio alguno, SERIA RICO, fíjate en lo que te digo; podría darte dinero, podría sin peligro ejercer mi caridad con Jeanne. Volveremos a hablar luego de ella. Eres tú quien ha provocado estas explicaciones. Todo ese dinero se va en una existencia manirrota y malsana (pues vivo muy mal) y en el pago, o más bien en la amortización insuficiente, de antiguas deudas, en gastos de tribunales, en papel timbrado, etc...

Enseguida pasaré a las cosas reales, es decir actuales; pues, en verdad, necesito que alguien me salve y sólo tú puedes hacerlo. Quiero hoy decirlo todo. Estoy solo, sin amigos, sin amante, sin perro y sin gato ¿a quién contarle mis penas? No tengo más que el retrato de mi padre, siempre mudo.

Me encuentro en el mismo terrible estado de ánimo que experimenté en el otoño de 1844. Una resignación peor que la indignación.

Pero mi salud física, que necesito para ti, para mí, para mis obligaciones ¡esa sigue siendo la cuestión! Tengo que hablarte de ella por más que tú le prestes tan poca atención. No hablaré de esas afecciones nerviosas que me destruyen día a día y que anulan el ánimo, vómitos, insomnios, pesadillas, desmayos. Con demasiada frecuencia te he hablado de ellas. Pero es inútil usar de pudor contigo. Ya sabes que siendo muy joven tuve una afección virulenta, que más tarde creí totalmente curada. En Dijon, después de 1848, tuve un rebrote. De nuevo se pudo paliar. Ahora vuelve en forma distinta, de manchas en la piel y de una extraordinaria fatiga en todas las articulaciones. Puedes creerme, sé de lo que hablo. Puede ser que dentro de la tristeza en que estoy sumido, el terror me haga creer mayor el mal. Pero necesito un régimen severo, y no es con la vida que llevo como podré librarme de aquello.

Hubo en mi infancia una época de un cariño apasionado hacia ti; escucha y lee sin temor. Nunca te habré dicho tanto. Recuerdo un paseo en simón; acababas de salir de un sanatorio en donde habías estado recluida, y me enseñaste, para demostrarme que habías pensado en tu hijo, unos dibujos a pluma que habías hecho para mí. No dirás que no tengo una memoria tremenda. Más tarde, la plaza de Saint-André-des-Arts y Neuilly. ¡Largos paseos y mimos continuos! Recuerdo aquellos muelles tan tristes en el atardecer. ¡Ah!

Para mí fue la época feliz de las caricias maternales. Perdóname si llamo época feliz la que sin duda para ti fue tan mala. Pero estaba siempre presente en ti; tú eras únicamente mía. Eras a la vez un ídolo y un compañero. Quizá te sorprenda que pueda hablar con tal pasión de un tiempo tan lejano. Yo mismo estoy sorprendido. Tal vez porque una vez más he acariciado el deseo de morir, cosas tan alejadas se recorten tan nítidamente en mi espíritu.

Más tarde, sabes qué atroz educación quiso tu marido que se me diera; tengo cuarenta años y no puedo pensar sin dolor en los colegios, lo mismo que en el temor que me inspiraba mi padrastro. No obstante le quise y hoy, por lo demás, tengo la suficiente sensatez como para hacerle justicia. Pero es verdad que fue poco hábil hasta la obstinación. No quiero insistir, porque veo lágrimas en tus ojos.

Finalmente, pude hacer mi vida y desde ese momento se me dejó caer del todo. Sólo me atraía el placer, una excitación permanente; los viajes, los muebles preciosos, los cuadros, las mujeres, etc. Hoy recibo cruelmente el castigo por ello. En cuanto al tutor judicial, sólo una palabra: hoy sé del inmenso valor del dinero, y comprendo la trascendencia de todo lo que se relaciona con él; concibo que hayas podido creer que lo hacías con acierto, que trabajabas por mi bien; pero con todo una pregunta, una pregunta que siempre me ha obsesionado. ¿Cómo es que jamás no te planteaste en tu fuero interno la siguiente idea: «Es posible que mi hijo no llegue a tener nunca el sentido de lo que es comportarse en el "sino grado que yo; pero también puede ocurrir que llegue a ser un hombre notable en otros aspectos. En ese caso ¿qué haré yo? ¿Lo condenaré a una doble existencia contradictoria; por una parte a una existencia digna de respeto, odiosa y despreciada, por otra? ¿Lo condenaré a tener que llevar hasta la vejez una marca lamentable, una marca perjudicial, un motivo de impotencia y tristeza?». Es evidente que si no hubiera habido tutor, todo se lo habría llevado la trampa, no habría habido más remedio que tomarle el gusto al trabajo. Ha habido tutor, todo se lo ha llevado la trampa y soy viejo y me siento desgraciado.

Rejuvenecer ¿es posible? En eso radica la cuestión. Toda esta vuelta hacia el pasado no tenía otra finalidad que mostrar que puedo hacer valer ciertas disculpas, cuando no una completa justificación. Si notas algún reproche en lo que escribo, que sepas bien al menos que lo anterior en nada altera mi admiración por tu gran corazón, mi agradecimiento por tu abnegación. Siempre te has sacrificado. Lo tuyo es sólo el sacrificio. Menos razón que caridad. Yo te pido más, te pido, a la vez, consejo, apoyo, que nos entendamos completamente bien tú y yo, para salir de esto. Te suplico que vengas, que vengas, tengo los nervios al final de mis fuerzas, estoy a punto de que me falle el valor, a punto de perder la esperanza. Veo una continuidad en el horror. Veo mi vida literaria obstaculizada para" siempre. Veo una catástrofe. Por ocho días, podrías sin duda pedir hospitalidad a algún amigo, a Ancelle, por ejemplo. No sé lo que daría por verte, por abrazarte. Presiento una catástrofe y ahora no puedo irme contigo. París me es dañino. Ya por dos veces he cometido una imprudencia grave que tú calificarás más severamente; voy a acabar por perder la cabeza.

Te pido la felicidad tuya y te pido la mía, mientras todavía seamos capaces de conocerla.

Me has permitido que te confiase un proyecto, es el siguiente: Pido un término medio. Enajenación de una fuerte suma limitada a diez mil, por ejemplo, dos mil para liberarme ya; dos mil en poder tuyo para hacer frente a necesidades imprevistas o previstas, gastos en vivir, en ropa, etc., durante un año (Jeanne estará en una casa donde se le pagará lo estrictamente necesario). Por otra parte, luego te hablaré de ella. Una vez más eres tú la que lo ha provocado. Por último seis mil en poder de Ancelle o de Marin, y que se irán gastando poco a poco, sucesivamente, prudentemente, de manera que se puedan pagar tal vez más de diez mil y se evite toda conmoción y todo escándalo en Honfleur.

Ya tenemos un año de tranquilidad. Por mi parte sería un tonto de remate y un pillo redomado si no lo aprovechase en renovar fuerzas. Todo el dinero ganado durante ese tiempo (diez mil, a lo mejor sólo cinco mil) se depositará en tus manos. No te ocultaré el menor asunto, la menor ganancia. En lugar de tapar huecos, el dinero se seguirá aplicando a las deudas y así sucesivamente en los años venideros. De este modo, tal vez pueda, gracias al rejuvenecimiento operado ante tus ojos, pagarlo todo, sin que mi capital disminuyese en más de diez mil sin contar, es verdad, los cuatro mil seiscientos de los años anteriores. Y así se salvará la casa, que es una de las consideraciones que tengo siempre presente.

Si adoptases este proyecto de beatitud, me gustaría haberme mudado ahí de nuevo a fines de mes, quizás ahora mismo. Te autorizo a que vengas por mí. Sin duda comprendes que hay una multitud de detalles que no incluye una carta. En una palabra, quisiera que no se pagase ninguna suma hasta que tú no dieses tu consentimiento, hasta no haberlo debatido a fondo entre tú y yo, en una palabra, que tú te convirtieses en mi verdadero tutor. ¿Es posible que llegue uno a verse obligado a asociar una idea tan horrorosa a otra tan dulce como la de una madre?

En este caso, desgraciadamente, habrá que decirle adiós a las pequeñas sumas, a las pequeñas ganancias, cien por aquí, doscientos por allá, que supone la rutina de la vida parisiense. Entonces sería el turno de las grandes especulaciones, de los grandes libros, cuyo pago se haría esperar más tiempo. No consultes más que contigo misma, con tu conciencia y con tu Dios, ya que tienes la suerte de creer. No hagas partícipe de tus pensamientos a Ancelle a no ser con reservas.

Es una buena persona; pero tiene la mente estrecha. No puede creer que un mal sujeto por voluntad propia, que ha tenido que llamar al orden, sea un hombre importante. Me dejará reventar por cabezonería. En vez de pensar únicamente en el dinero, piensa un poco en la gloria, en el descanso y en mi vida.

En este caso, digo, no iría a pasar temporadas de quince días y de uno o dos meses. Sería una estancia permanente exceptuados los casos en que vendríamos juntos a París. El trabajo de las pruebas de imprenta puede hacerse por correo.

Otra idea tuya equivocada que debes rectificar y que reaparece una y otra vez en tu pluma. No me aburro nunca en soledad, no me aburro nunca a tu lado. Lo único es que sé que lo pasaré mal a causa de tus amigos, pero lo acepto.

Alguna vez se me ha pasado por el pensamiento convocar un consejo de familia o presentarme ante un tribunal. Bien sabes que tendría cosas muy sabrosas que decir, aunque sólo fuera esto: He producido ocho volúmenes en condiciones horribles. Puedo ganarme la vida. ¡Se me está asesinando con deudas de juventud!

No lo he hecho por respeto a ti, por consideración hacia tu horrible sensibilidad. Dígnate agradecérmelo. Te lo repito; me he obligado a no recurrir a nadie más que a ti.

A partir del año próximo, dedicaré a Jeanne la renta del capital restante y ella se irá a algún sitio en que no esté en una soledad absoluta. Esto es lo que le ha sucedido: su hermano la metió en un hospital para quitársela de encima y cuando ha salido ha descubierto que le había vendido una parte de su mobiliario y de su ropa. Desde hace cuatro meses, desde mi huida de Neuilly, le he dado siete francos.

Te lo suplico, paz, dame paz, dame el trabajo y un poco de ternura.

Es evidente que entre mis cosas actuales hay algunas horriblemente urgentes; así, he cometido de nuevo la falta, en medio de esos tejemanejes inevitables de los bancos, de apropiarme para mis deudas personales de varias centenas de francos que no me pertenecían. Me he visto absolutamente obligado a ello; ni que decir tiene que esperaba reparar el mal inmediatamente. Una persona, en Londres, me niega los cuatrocientos francos que me debe. Otra, que había de remitinne trescientos, está de viaje. Siempre lo imprevisible. - Hoy he tenido el terrible valor de escribir a la persona concernida confesándole mi falta. ¿Cuál va a ser la reacción? No tengo idea. Pero he querido quitarme un peso de la conciencia. Confío en que, por consideración a mi nombre y a mi talento, no se armará un escándalo y se querrá esperar.

Adiós. Estoy extenuado. Entrando en detalles de salud, no he dormido ni comido desde hace casi tres días; tengo un nudo en la garganta, - y hay que trabajar.

No, no te diré adiós, pues espero verte.

Por lo que más quieras léeme con mucha atención y trata de comprender.

Sé que esta carta te afectará dolorosamente, pero en ella hallarás a buen seguro un tono de dulzura, de ternura e incluso de esperanza que muy rara vez has oído.


Y te quiero.
CHARLES



tomado de: http://www.lamaquinadeltiempo.com

Monday, June 21, 2010

El sendero que se bifurca


En el menú de escándalos creados y exacerbados no podía omitirse a San Marcos, ese botín tan deseado. Sendos titulares, declaraciones altisonantes, posiciones ultra verticales y llamados al intervencionismo; no hacen más que conjugar las claras intenciones que Alan García a comando del APRA pretende cerrar antes de vivir de sus rentas en alguno de sus departamentos internacionales, para luego volver. En primera instancia, y con acerbo coyuntural, está la altisonancia con la que se toma un evento muy particular en el día a día sanmarquino: la marcha de algunos presuntos representantes de Sendero Luminoso (SL) en el campus universitario, clamando por la libertad de Abimael Guzmán, en un contexto supuestamente estratégico tras la ya conocida libertad de Lori Berenson. Raudamente y desde todos los tentáculos que puedan ejercer poder: la prensa (diarios, radio, TV, webs), el poder judicial, el parlamento y el mismo presidente; invocaron la intervención del ejército y el servicio de inteligencia a fin de identificar y capturar a los portadores de banderas rojas y gargantas afiladas. Ello, no hace mas que resaltar un hecho que la comunidad estudiantil en su mayoría repudió en los albores de los 90’s; y apunta claramente a ensalzar el accionar del fujimorismo, y hasta subyace la idea como una posible acción de un eventual gobierno nipón, que evidentemente ya está en campaña y que actúa en conjunción con un APRA que negocia todo lo posible, a fin de matar deudas de votos en acusaciones de corrupción, que hoy hábilmente aparecen congeladas en los claustros del congreso. Esta mano dura, no es más que concertación mediática a fin de obtener un voto joven que en su espanto por un rebrote senderista, podría plegarse a planes intervencionistas como los vociferados.

En segunda instancia, y quizá con una carga de mayor preocupación, se encuentra el sesgo privatista escondido en la propuesta intervencionista; dado que el abandono de este gobierno (y anteriores) a la educación superior es evidente –no olvidar la reducción al presupuesto de san marcos de parte del estado- y ella sólo concita atención, si de transformarla en un ente expresamente liberal consistiese. Cuántas empresas privadas no pugnarían por administrar una universidad donde se conciben miles de matrículas por semestre, donde hay cuantiosas obras por realizar y donde puede manipularse la formación de jóvenes hacia uno sola isla del pensamiento y acción en una futura carrera pública. Hay demasiados intereses en juego, y allí también recae la tercera instancia, en donde algunos docentes (el ex rector Manuel Burga por citar un ejemplo) proponen reducir la participación de estudiantes en el cogobierno estudiantil, aduciendo que no están capacitados para dicha labor y que son fácilmente corrompibles. En ese sentido, muchos docentes, se encuentran en campaña teniendo como referencia las próximas elecciones a rector a realizarse el próximo año, tratando de esbozar un plan de gobierno donde sean ellos los únicos que administren la universidad. Mucho se habla de la dificultad que presenta el cogobierno estudiantil; pero también se olvida que muchos de los estudiantes que venden o concertan sus votos, pertenecen también a partidos tradicionales. Son estas 3 las más claras señales escondidas, que el gobierno, algunos partidos y todos los interesados en el negocio educativo pretenden ensalzar con el cuco del rebrote senderista en San Marcos.

Yo, que pasé por la universidad San Marcos entre los años 2001 y 2007; puedo decir que la presencia de remanentes senderistas en la universidad no es nueva, y eso, el servicio de inteligencia que trabaja dentro de la universidad lo sabe; ellos fichan y saben de los antecedentes y el accionar de cada elemento que realiza actividad política en la universidad. Que la pugna por ambientes donde se tiene mucha llegada a sectores desfavorecidos de la comunidad universitaria, como son el comedor y la residencia, ha sido constante; y si algunos representantes de SL se han atrevido a exaltar su presencia como una clara posición de reafirmamiento, es porque todos lo hemos permitido. La ausencia de debate frontal en la universidad por parte de organizaciones de estudiantes, docentes y trabajadores fomenta la nueva seguridad que esta organización ahora exclama. La seguridad del ornato es un desastre y ello es responsabilidad entera del sistema administrativo que preside el rector; y en parte ha sido mellado aún más por la sobreexposición que tiene el campus tras las obras inconclusas (y métricamente indebidas) del by pass de la Av. Venezuela. Basta con decir que parte de la Av. Universitaria y la misma Venezuela, no tienen paredes. ¿Quién no podría así ingresar?

Nuestra sociedad no está preparada para convivir acatando sus propias reglas, y ahora que muchos terroristas han cumplido sus condenas, impuestas por el mismo “sistema democrático” que ahora se araña; volvemos al susto y la condena social. Aquí se quiere exaltar un hecho por el que no debe bajarse la guardia, pero que solo se ha hecho explícito para la comunidad civil. El estudiante sanmarquino de a pie en su mayoría ni siquiera participa de actividades políticas; y allí también radica nuestra irresponsabilidad por permitir que posiciones mesiánicas que toman decisiones sin respaldo popular puedan rebrotar.

No podemos permitir la privatización, ni la intervención de la universidad; el sensacionalismo de un hecho que no refleja el auténtico presente de carencias estructurales que vive San Marcos y la presencia de remedos revolucionarios, deben ser respondidos con ideas y posiciones firmes. Asimismo, nuestro silencio cómplice, nuestro aislamiento egotista, sólo conllevan a que dejemos que algunos tomen los remos de esta vieja y pesada balsa, a fin de cuentas, sólo nos despercudimos de la caspa cuando la vemos en nuestros hombros.