Saturday, October 23, 2010

Tan próximas lejanías

I

Sabía que sus días eran bobos, pero nunca imaginó llegar a tanto. Su molde ya era harto conocido y hasta empezaba a asimilarlo. Yo comenzaba en realidad a encontrarlo gracioso; pues había adoptado “sus” maneras y hasta se vestía guardando los patrones decálogos. ¡Era ya un trabajador!

Pero quiero que entiendan esta risa que escribe. Sus calzados estaban briosos y hasta hacían muecas de nuevecito al tronar con el suelo. Su camisa tiraba como la tensión de una ofrenda a la plancha… y me animaría a decir que hasta su rostro. Rostro que adulteraba la cortesía con los remilgos de medio labio y el pensamiento escrito en cada pliegue de su frente. Más no podía dejar de embargarme la tristeza al enfrentar el sudor con su cuello almidonado y estrangulado de esa juguetona corbata. Nunca hubo vestimenta más peligrosa para un hombre distinto de alma, y de corazón de franela. Y es que la ironía de su pescuezo sujeto a esa horca perpetua que simulaba los percheros de las tiendas agónicas del Centro, que bajo una luz convaleciente se resisten a los años aún exponiéndose tan tristes y tan perecederos.

A veces puedo verlo sentado, hinchándose en la contracción de forma de h, y siendo un tétrico monumento al volver a hacerlo. Un sincopado acorde de lamento urbano en cada dedo, que se quebraba al llanto hasta por las falanges. No había que decir más… este sujeto al margen de ser ya un cadáver envuelto, era un símbolo de corrosión; de planta ajada por los pasos, y somnoliento cabello de elegante tristeza. Este hombre se agosta en cada semana, y borró los carnavales de su diario, para volverse víspera eterna, víspera de un 1ro de Noviembre nunca llegando.

Más, había capturado en oportunidades -muy escasas para mi- ligeros esbozos de sonrisa. Quizá reflejos de las mejillas o suspiros de las cejas; pero ello me extrañaba. Y me extrañaba en demasía la sinceridad de sus pómulos ante esas fracciones microbias de entusiasmo. Posturas más que ajenas al templo rutinario del soporte de nuestro electo sistema impuesto por continentes lejanos.

Veía yo extrañado, esa inclemente mirada enflechada al cuadrado, que de a pocos se estiraba en jocosas remangadas de un hombre que parecía alistarse para un zambullido. Como si estuviera dispuesto a cabalgar sin casco en terrenos espolvoreados de húmedos cráneos baleados. ¿Realmente era este el potencial de un crucificado andando?; ¿un entusiasmado ante el empleo que calculaba y arremetía contra las tablas y encuadrados?

Algo debía apestar… es más, tenía que necesariamente oler pésimo. No cabía en mis esquemas (nada simétricos por cierto) el que este sujeto de huesos fidedignos se esté acartonando y prensando como en proceso de Fordismo aclamado. Esto me escarapelaba y hasta estremecía las ingles de mis huestes poco mostradas. Debía yo adquirir la valentía de una vieja de cuadra, que sumada en sus ruleros y legañas se agolpaba hasta la puerta para preguntarle esa incómoda duda que le quedaba. Tenía que vestirme de mandil empapado para encapsulado en humedad sentirme tan fresco como para increparle tanta responsabilidad novata. Tanta convicción americana. Era hora de espiarlo.

Para ello, en mi cabeza no hubo mucho planeamiento de escabrosa investigación, pues aún él mantenía el espíritu de himen inocente… que se abre creyendo en un inicio en leales visitas de portentosa actitud, y no sabe que solo se mancha de visitantes pasajeros.
Debía entonces sólo aguardar a su cuadrado horario de cuartel, y amotinarme a su ordenador ni bien haya ídose al deguste de sacarosas y prensadas soluciones más que salinas. Lo cual sería propicio para escabullirme de las vistas y explorar el por qué de su nuevo ánimo.


II

Al agonizar la hora de las 2 puntas enclaustradas, estaba ya presto para el espionaje. Mi actitud debía ser adusta y serena, pues no debía levantar sospecha alguna. Más, al agolparse la hora media en la que arrancan los cubiertos, un alma no quiso dejar en el pasado el verbo: se apostó. Y es que mi favorito inocente, mi motivo de lucubraciones, no se erigió, y continuó en suculento deleite frente a su máquina de ahora adoraciones.

Mi presencia no le perturbaba en lo más mínimo, y su entereza se veía involucrada en una sola dirección, la de sus manos deletreando incólumes oraciones. No podía distinguir en medio de tanta velocidad su propósito conceptual, pero era ya evidente que algo se construía y se derrumbaba, que algo se paría y se abortaba, que algo a fin de cuentas… se creaba.

Entonces tuve que mostrar un ambiente que no altere la normalidad de la rutina, y en cuestión de minutos también me retiré. Empero, mi constancia en la intriga era demasiada, y me aposté en las lindes de un ángulo que me permitiera saber si su estigma de esa oficina saldría. Lo cual, tras sendos minutos sucedió.

No me importó entonces el habitual hambre de mediodía, ni el que olvide la tarde retorciéndome en las llagas de la gastritis, porque en segundos, sabría qué contuvo a mi let motiv ocular, a tornarse tan entregado al empleo, tan extrañamente y voluntariamente un ser oficinesco. Más, a mi acercamiento a su discreto asiento, se aperturaron los remordimientos propios de un novato criminal, que ante el vestigio de su pronta acción inmoral se develaba como un torpe. Otra vez un maldito fisgón que recordaba sus noches espiando otras cortinas… esperando ver unas piernas entregadas al goce, un suceso poco habitual de su espíritu cansino en la orbe.

Más, proseguí… como una ardilla temerosa ante su preciada nuez… y tome posesión de los actos de mi hasta ahora, motivo de admiración y lástima… más, lo único que encontré como parto de esos movimientos extraños, fue una frase escrita en cuatro líneas que esbozaba algo que presentía como un poema, y decía:


La vida me es una costumbre hecha
Un pasaje recorrido que tiene una sola ventana
La del espía de enfrente, que me apena en su tristeza
Tan poca sustancia de hombre sin esencia.



Saturday, October 09, 2010

Wednesday, October 06, 2010

El guardián del hielo


Y coincidimos en el terral
el heladero con su carretilla averiada
y yo
que corría tras los pájaros huidos del fuego
de la zafra.
También coincidió el sol.
En esa situación cómo negarse a un favor llano:
el heladero me pidió cuidar su efímero hielo.
Oh cuidar lo fugaz bajo el sol...
El hielo empezó a derretirse
bajo mi sombra, tan desesperada
como inútil

Diluyéndose
dibujaba seres esbeltos y primordiales
que sólo un instante tenían firmeza
de cristal de cuarzo
y enseguida eran formas puras
como de montaña o planeta
que se devasta.
No se puede amar lo que tan rápido fuga.
Ama rápido, me dijo el sol.
Y así aprendí, en su ardiente y perverso reino,
a cumplir con la vida:
Yo soy el guardían del hielo.

José Watanabe
de "Cosas del cuerpo" (1999)


Friday, October 01, 2010

Los 10 años del niño


El ocaso del milenio daba náuseas. La última década había perpetrado más guerras, bombas de racimo, clonaciones, velocidad rampante, la consolidación del enriquecimiento abstracto y el establecimiento oficial de una vida parapetada frente a un ordenador. Todo ello quedó registrado en ese coloso de la angustia titulado “Ok Computer” en 1997, y Radiohead asomó como el puntal de una generación que podía decir algo desde la rabia y la desesperanza. Los medios, la industria y la nómade convivencia se encargaron de hacer trizas el espíritu del grupo y pusieron a Yorke al borde de la cornisa para entonarse a sí mismo ese verso estrangulante que dice: “I'm not here, This isn't happening”.

Al borde del quebranto e inseguros de su capacidad de poder hilvanar una sola canción; se cambiaron los métodos. Se despojaron de estructuras convencionales y sólo compusieron fragmentos. Abandonaron las guitarras para entretenerse con repeticiones desesperantes de bases electrónicas, y ahogaron la voz de la banda en un cúmulo de distorsiones y nuevas sonoridades. Selway rezagado; el mayor de los Greenwood estacionado en un solo acorde. O’brien casi sin cabida, Yorke ensimismado en espasmos y el multiinstrumentalista de los hermanos enredado entre cables y aparatos sofisticados; sólo daban cuenta de un rumbo incierto que da pequeñas señales que auguren una luz al final del túnel.

El caos como único norte creativo. La frustración aceptada como el punto final de cada trabajo y el peso de una disquera refunfuñando por otro hit melancólico que los haga más millonarios hacían de Kid A un parto doloroso. Fragmentos escritos y depositados en un sombrero terminaban por conformar las letras; y quedaba patente el miedo de Yorke a la nueva era, al desastre glaciar, al limbo del desarrollo de la humanidad y a su propio desastre interno.

Kid A es todo eso y más, y hoy; que se escuchan sus primeros acordes en el hammond, deambulando por loops y trombonazos de avant garde; uno siente a Mingus y Aphex Twin batidos en una licuadora, queriendo ser optimistas en la soledad de un océano inconmensurable donde la impotencia sólo puede ser derrotada con un nuevo ser humano. Radiohead parió un nuevo registro de la existencia con un infante reprogramado; y hoy que el niño cumple 10 años, se sabe que en nada se han equivocado, y sólo pueden seguir observando esta película, con la que nos despediremos cerrando como ellos mismos dicen: “I will see you, in the next life”.