Saturday, December 25, 2010

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David Crosby - Traction in the rain

Thursday, November 04, 2010

El vivir


Habían tardado tanto para finalmente hallarlo, que el regocijo silencioso de sus cavidades latentes los hizo un temblor de emoción. Diez semanas hurgando en lo recóndito de aquel distrito sereno y aledaños; para encontrar la pieza enana que sería la morada que reivindique ese deseo cavernario de asentarse y a fin de cuentas hacer ello que llaman convivir. Su diseño para roedores contenía un hall de techo bajo, y tras él, la habitación serena de metraje constreñido que se erigía con sus paredes desgastadas y el zócalo rancio. Se dejaban ver las huellas de algunos infantes a escasa altura y enternecían por su evidente vejez las manijas de las puertas y el pálido color del clóset que indicaba el cansancio de aquella habitación de propietarios ambulantes y empleados pasajeros que subyugados al ritmo de una vida atarantada, se quedaban a habitar dicho apartamento escasas horas de las cuales su mayoría fueron de pernocte. Sin embargo, fuera de su espacio retaco y el descuido de sus frentes, el lugar era ideal. Comprometía el presupuesto necesario de la emprendedora pareja y acorazaba con cemento sus ansias de explayarse en lo pequeño con sus escasos muebles y sus aún frescos deseos de comerse carne a carne entre el suelo y el futón. Las noches de vino barato a la luz de las velas y el hálito repleto de bocanadas de cigarrillo, se sumergía en el sonido de los discos que hasta hoy juntos no había podido escuchar, sino en la soledad de sus silencios, y en el pensamiento que hoy acentuaba dicho recinto como su incipiente hogar.

Toda mañana tropezaban consigo mismos y confundían los dentífricos. Servían apurados el café y dejaban distendida su vida nebulosa de la noche. Ese caos crepuscular y ese violento sacudón en la ducha donde se encorvaban; les eran suficientes para entender que toda muerte empezaría con una vida tan sucinta que todo ello valía la pena por ser sufrido y tan suyo que no importaba nada más. En el correr de los minutos apresuraban el diario enfundado, y con piel de ciudadano - luego de ser los mismos changos que se rascan y apestan – emergían a esa ciudad que negaban desde su guarida, desde la morada fría que hicieron suya y dulce presente de una nueva vida.

Los primeros meses sembraron el rito. Noche a noche cosechaban frente a frente las conclusiones de los días desperdiciados y adjuntaban al silencio las declaraciones autistas de sus ojos rojos y sus pies remojados. Daba gracia verlo a él, lavando sus prendas y las trusas ajenas; y asomaba la risa al escuchar el remilgo de ella en el oficio doméstico de planchar por duplicado. Todo era una caricia mental de la vida, que se burlaba al ver nuevamente dos vidas cansinas. Empero, el trajín clásico de Medioevo, no se anteponía a sus lechos aún febriles; y los gemidos tapujados por la hermética habitación, se adornaban a la luz de la lámpara tenue que dibujaba la excitación en las paredes con sombras mutantes de los cuerpos fulgurantes en fusión; una cárcel del deseo sin tregua donde la muerte les llegaba en cada pérdida de aliento y se embriagaban de sudor.

Más, extrañamente, las noches de sueño plano se vieron corroídas. Primero fue la espesa sensación de un frío puntiagudo a los pies de la cama, luego el incesante silbido a las 2:13 de cada madrugada y por último las crujientes puertas que sin brisa ni corriente se entreabrían a velocidad de hormiga. El acurruco acostumbrado se veía turbado por la contemplación de sus pies helados. Más, cuando por fin conseguían hacer de sus cuerpos juntos un remanso, allí estaba nuevamente el incesante silbido. Entre legañas él llegó a descifrar una melodía… vieja, tierna, pero de origen escasamente recordable. El carcomido de la puerta desesperaba al punto de sentirse ya no los únicos habitantes, y cada sueño se les hacía más difuso, y cada abrazo más torpe. El miedo impregnado en cada esquina se sucedía en desencuentros, y el coctel almibarado de los primeros días se ponía agrio.

La madrugada del séptimo mes en el séptimo día, el torrente gélido se hizo más fuerte asentándose en cada rincón, y la melodía silbada empezó a descascararse al punto de intuirse su origen en la bruma de recuerdos arpegiados de los dos. Los crujidos rampantes los hicieron abrazarse y los 4 hoyos de su rostro, se encendieron perlados encontrándose decididos a exterminar toda duda. El centelleo de una luz pálida tras la cortina los hacía pensar que tras la ventana se encontraba la respuesta a ese pesar sin tregua. Y ambos, cogidos de la mano, temerosos y expectantes, pisaron el suelo antártico y dieron pasos tímidos e infantes, para al abrir de las telas verticales y el empujar de los ventanales, sentir la brisa fría de todas sus inseguridades, cuando la calle está tan sola y una lluvia efímera rosea el vaho de los basurales.

Saturday, October 23, 2010

Tan próximas lejanías

I

Sabía que sus días eran bobos, pero nunca imaginó llegar a tanto. Su molde ya era harto conocido y hasta empezaba a asimilarlo. Yo comenzaba en realidad a encontrarlo gracioso; pues había adoptado “sus” maneras y hasta se vestía guardando los patrones decálogos. ¡Era ya un trabajador!

Pero quiero que entiendan esta risa que escribe. Sus calzados estaban briosos y hasta hacían muecas de nuevecito al tronar con el suelo. Su camisa tiraba como la tensión de una ofrenda a la plancha… y me animaría a decir que hasta su rostro. Rostro que adulteraba la cortesía con los remilgos de medio labio y el pensamiento escrito en cada pliegue de su frente. Más no podía dejar de embargarme la tristeza al enfrentar el sudor con su cuello almidonado y estrangulado de esa juguetona corbata. Nunca hubo vestimenta más peligrosa para un hombre distinto de alma, y de corazón de franela. Y es que la ironía de su pescuezo sujeto a esa horca perpetua que simulaba los percheros de las tiendas agónicas del Centro, que bajo una luz convaleciente se resisten a los años aún exponiéndose tan tristes y tan perecederos.

A veces puedo verlo sentado, hinchándose en la contracción de forma de h, y siendo un tétrico monumento al volver a hacerlo. Un sincopado acorde de lamento urbano en cada dedo, que se quebraba al llanto hasta por las falanges. No había que decir más… este sujeto al margen de ser ya un cadáver envuelto, era un símbolo de corrosión; de planta ajada por los pasos, y somnoliento cabello de elegante tristeza. Este hombre se agosta en cada semana, y borró los carnavales de su diario, para volverse víspera eterna, víspera de un 1ro de Noviembre nunca llegando.

Más, había capturado en oportunidades -muy escasas para mi- ligeros esbozos de sonrisa. Quizá reflejos de las mejillas o suspiros de las cejas; pero ello me extrañaba. Y me extrañaba en demasía la sinceridad de sus pómulos ante esas fracciones microbias de entusiasmo. Posturas más que ajenas al templo rutinario del soporte de nuestro electo sistema impuesto por continentes lejanos.

Veía yo extrañado, esa inclemente mirada enflechada al cuadrado, que de a pocos se estiraba en jocosas remangadas de un hombre que parecía alistarse para un zambullido. Como si estuviera dispuesto a cabalgar sin casco en terrenos espolvoreados de húmedos cráneos baleados. ¿Realmente era este el potencial de un crucificado andando?; ¿un entusiasmado ante el empleo que calculaba y arremetía contra las tablas y encuadrados?

Algo debía apestar… es más, tenía que necesariamente oler pésimo. No cabía en mis esquemas (nada simétricos por cierto) el que este sujeto de huesos fidedignos se esté acartonando y prensando como en proceso de Fordismo aclamado. Esto me escarapelaba y hasta estremecía las ingles de mis huestes poco mostradas. Debía yo adquirir la valentía de una vieja de cuadra, que sumada en sus ruleros y legañas se agolpaba hasta la puerta para preguntarle esa incómoda duda que le quedaba. Tenía que vestirme de mandil empapado para encapsulado en humedad sentirme tan fresco como para increparle tanta responsabilidad novata. Tanta convicción americana. Era hora de espiarlo.

Para ello, en mi cabeza no hubo mucho planeamiento de escabrosa investigación, pues aún él mantenía el espíritu de himen inocente… que se abre creyendo en un inicio en leales visitas de portentosa actitud, y no sabe que solo se mancha de visitantes pasajeros.
Debía entonces sólo aguardar a su cuadrado horario de cuartel, y amotinarme a su ordenador ni bien haya ídose al deguste de sacarosas y prensadas soluciones más que salinas. Lo cual sería propicio para escabullirme de las vistas y explorar el por qué de su nuevo ánimo.


II

Al agonizar la hora de las 2 puntas enclaustradas, estaba ya presto para el espionaje. Mi actitud debía ser adusta y serena, pues no debía levantar sospecha alguna. Más, al agolparse la hora media en la que arrancan los cubiertos, un alma no quiso dejar en el pasado el verbo: se apostó. Y es que mi favorito inocente, mi motivo de lucubraciones, no se erigió, y continuó en suculento deleite frente a su máquina de ahora adoraciones.

Mi presencia no le perturbaba en lo más mínimo, y su entereza se veía involucrada en una sola dirección, la de sus manos deletreando incólumes oraciones. No podía distinguir en medio de tanta velocidad su propósito conceptual, pero era ya evidente que algo se construía y se derrumbaba, que algo se paría y se abortaba, que algo a fin de cuentas… se creaba.

Entonces tuve que mostrar un ambiente que no altere la normalidad de la rutina, y en cuestión de minutos también me retiré. Empero, mi constancia en la intriga era demasiada, y me aposté en las lindes de un ángulo que me permitiera saber si su estigma de esa oficina saldría. Lo cual, tras sendos minutos sucedió.

No me importó entonces el habitual hambre de mediodía, ni el que olvide la tarde retorciéndome en las llagas de la gastritis, porque en segundos, sabría qué contuvo a mi let motiv ocular, a tornarse tan entregado al empleo, tan extrañamente y voluntariamente un ser oficinesco. Más, a mi acercamiento a su discreto asiento, se aperturaron los remordimientos propios de un novato criminal, que ante el vestigio de su pronta acción inmoral se develaba como un torpe. Otra vez un maldito fisgón que recordaba sus noches espiando otras cortinas… esperando ver unas piernas entregadas al goce, un suceso poco habitual de su espíritu cansino en la orbe.

Más, proseguí… como una ardilla temerosa ante su preciada nuez… y tome posesión de los actos de mi hasta ahora, motivo de admiración y lástima… más, lo único que encontré como parto de esos movimientos extraños, fue una frase escrita en cuatro líneas que esbozaba algo que presentía como un poema, y decía:


La vida me es una costumbre hecha
Un pasaje recorrido que tiene una sola ventana
La del espía de enfrente, que me apena en su tristeza
Tan poca sustancia de hombre sin esencia.



Saturday, October 09, 2010

Wednesday, October 06, 2010

El guardián del hielo


Y coincidimos en el terral
el heladero con su carretilla averiada
y yo
que corría tras los pájaros huidos del fuego
de la zafra.
También coincidió el sol.
En esa situación cómo negarse a un favor llano:
el heladero me pidió cuidar su efímero hielo.
Oh cuidar lo fugaz bajo el sol...
El hielo empezó a derretirse
bajo mi sombra, tan desesperada
como inútil

Diluyéndose
dibujaba seres esbeltos y primordiales
que sólo un instante tenían firmeza
de cristal de cuarzo
y enseguida eran formas puras
como de montaña o planeta
que se devasta.
No se puede amar lo que tan rápido fuga.
Ama rápido, me dijo el sol.
Y así aprendí, en su ardiente y perverso reino,
a cumplir con la vida:
Yo soy el guardían del hielo.

José Watanabe
de "Cosas del cuerpo" (1999)


Friday, October 01, 2010

Los 10 años del niño


El ocaso del milenio daba náuseas. La última década había perpetrado más guerras, bombas de racimo, clonaciones, velocidad rampante, la consolidación del enriquecimiento abstracto y el establecimiento oficial de una vida parapetada frente a un ordenador. Todo ello quedó registrado en ese coloso de la angustia titulado “Ok Computer” en 1997, y Radiohead asomó como el puntal de una generación que podía decir algo desde la rabia y la desesperanza. Los medios, la industria y la nómade convivencia se encargaron de hacer trizas el espíritu del grupo y pusieron a Yorke al borde de la cornisa para entonarse a sí mismo ese verso estrangulante que dice: “I'm not here, This isn't happening”.

Al borde del quebranto e inseguros de su capacidad de poder hilvanar una sola canción; se cambiaron los métodos. Se despojaron de estructuras convencionales y sólo compusieron fragmentos. Abandonaron las guitarras para entretenerse con repeticiones desesperantes de bases electrónicas, y ahogaron la voz de la banda en un cúmulo de distorsiones y nuevas sonoridades. Selway rezagado; el mayor de los Greenwood estacionado en un solo acorde. O’brien casi sin cabida, Yorke ensimismado en espasmos y el multiinstrumentalista de los hermanos enredado entre cables y aparatos sofisticados; sólo daban cuenta de un rumbo incierto que da pequeñas señales que auguren una luz al final del túnel.

El caos como único norte creativo. La frustración aceptada como el punto final de cada trabajo y el peso de una disquera refunfuñando por otro hit melancólico que los haga más millonarios hacían de Kid A un parto doloroso. Fragmentos escritos y depositados en un sombrero terminaban por conformar las letras; y quedaba patente el miedo de Yorke a la nueva era, al desastre glaciar, al limbo del desarrollo de la humanidad y a su propio desastre interno.

Kid A es todo eso y más, y hoy; que se escuchan sus primeros acordes en el hammond, deambulando por loops y trombonazos de avant garde; uno siente a Mingus y Aphex Twin batidos en una licuadora, queriendo ser optimistas en la soledad de un océano inconmensurable donde la impotencia sólo puede ser derrotada con un nuevo ser humano. Radiohead parió un nuevo registro de la existencia con un infante reprogramado; y hoy que el niño cumple 10 años, se sabe que en nada se han equivocado, y sólo pueden seguir observando esta película, con la que nos despediremos cerrando como ellos mismos dicen: “I will see you, in the next life”.

Tuesday, September 28, 2010

40 años


"Quiero hacer una música tan perfecta que se filtre a través del cuerpo y sea capaz de curar cualquier enfermedad"

Wednesday, September 22, 2010

pensando como civil (aveces)


Lo más probable es que en estas elecciones gane Villarán, y digo probable porque la derecha en su práctica, ha demostrado recurrir a cualquier método en aras de la defensa de sus intereses (véase el manual de Barba Caballero para ganar elecciones en su columna de Correo del 20/09). Empero, estamos ante una situación peligrosa en la que la izquierda se afana en sobreestimarse como reconstituida y articulada, cuando la verdad es que la tacha a Kouri configuró el escenario para que el rostro carismático con tono sobrio de Villarán empelle en los porcentajes.

La reflexión se da en el escenario por el cual muchos promotores del mayor desprestigio de la izquierda (que de paso mancilló el lustre del gremio educativo hasta el foso) puedan obtener cotas de poder con las cuales se obnubilen al punto de sentir mayor derecho en la toma de decisiones en sectores gravitantes. Es en este periodo (hipotético escenario de triunfo) en el cual se demostrará si no veremos a un sobrino “emeneista” atendiéndonos en una ventanilla o a nuevos directores de un aparato estatal y burocrático que orbite en alumbre, soberanamente encorbatados.

Dado que la izquierda no ha replanteado en su mayoría sus programas, este periodo con esmalte de casualidad es una moneda al aire. Hoy la izquierda pretende asumir con la misma practicidad de la derecha los objetivos mediatos, pero ¿existe consenso sobre lo que la izquierda quiere? ¿Alguna vez lo hubo? Estoy seguro que muchos piensan en la acumulación de fuerzas y el avance estratégico; y seguro hasta cavilan en encausar la revolución desde la puerta de los fueros ediles. Sinceramente, el devenir del triunfo de una amalgama que aún no seca puede profundizar la caries.

Ahora, en el panorama nacional comparto la opinión vertida por el periodista Marco Sifuentes en su blog; y cito: “La idea de los K-K es ésta: se bajan a Lourdes, Villarán llega a la alcaldía, investiga a Castañeda (Relima, Comunicore, Lentopolitano, Línea Amarilla y demás joyazas) y en menos de dos meses de deshicieron del Mudo. Eso significa un rival menos para Keiko, que, por cierto, es la candidata favorita de tu amigo el conductor y su entorno. Además, con la izquierda en la alcaldía pueden empezar a levantar el cuco del terrorismo, inventando senderistas por todo el aparato municipal, como hizo Altuve el día del debate. Ellos creen que, ante el fantasma de Sendero, la gente volvería a pedir al Chino.”. Este párrafo da cuenta de que la izquierda (en cualquiera de sus mutaciones) si da muestras de carecer de programa y capacidad para conciliar y ejecutar programas con eficiencia y transparencia; haría retroceder todo lo poco que se ha avanzado.

Escribo esto con deber de ciudadano, pero sin sentimiento propio; porque lo que realmente me preocupa es el deseo que se tiene de Lima. Pues de la impresión que deja el deseo de la mayoría, parece que quisiéramos hacer de Lima un “Palo Alto”. Hoy Lima tiene viviendas más caras y más pequeñas; pistas más anchas y veredas más angostas; y la espiral del vértigo al que se somete la ciudad sólo da ganas de regurgitar y tensar la soga. Y parece que cada vez queremos más velocidad y neón; y más asfalto sin dirección y un cielo eternamente mustio que cobije el soundtrack rabioso de la bocina y la ciudad en vitrina. Habría que actualizar a Salazar Bondy, porque pasamos de ser una Lima terriblemente horrible a una Lima horrendamente huachafa.

Sunday, August 22, 2010

ceniza...

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Goodbye pork pie hat - Charles Mingus



"Todo hombre que sufre se vuelve observador"
Julio Ramón Ribeyro

Tuesday, August 17, 2010

Carta a la madre



Por CHARLES BAUDELAIRE
Traducción de Roberto Monsberger, 1993, España (Barcelona).
Editorial Grijalbo-Mondadori.
6 de mayo de 1861

Mi querida madre, si posees realmente un alma maternal y si todavía no estás harta, ven a París, ven a verme, e incluso ven por mí. Yo, por mil razones terribles, no puedo ir a Honfleur en busca de lo que tanto desearía, un poco de ánimo y unas caricias. A fines de marzo te escribía: ¿Volveremos a vernos algún día? Me encontraba en una de esas crisis en que uno contempla la terrible verdad. No sé lo que daría por pasar unos días a tu lado, tú, el único ser de quien pende mi vida, ocho días, tres días, unas horas.

No lees mis cartas con atención; tú crees que miento, o al menos que exagero, cuando hablo de mis desesperaciones, de mi salud, de mi horror a la vida. Te digo que querría verte y que no puedo correr a Honfleur. Tus cartas contienen numerosos errores e ideas equivocadas que la conversación podría rectificar y que volúmenes de escritura no bastarían para destruir.

Cada vez que tomo la pluma para exponerte mi situación, tengo miedo de matarte, de destruir tu débil cuerpo. Y yo estoy sin cesar, sin que tú lo sepas, al borde del suicidio. Yo creo que tú me quieres apasionadamente; ¡está tan ciego tu entendimiento, pero tienes tanta grandeza de carácter! Yo, de niño, te he querido apasionadamente; más tarde, obligado por tus injusticias te he faltado al respeto, como si una injusticia materna pudiese autorizar una falta de respeto filial; y con frecuencia me he arrepentido, aunque, según mi costumbre, nada haya dicho. Ya no soy aquel niño ingrato y violento. Largas meditaciones sobre mi destino y sobre tu carácter me han ayudado a comprender todas mis faltas y toda tu generosidad. Pero, en resumidas cuentas, el mal ya está hecho, hecho por tus imprudencias y por mis faltas.

Es evidente que estamos destinados a queremos, a vivir el uno para el otro, a acabar nuestra vida lo más decorosa y lo más tranquilamente que sea posible. Y no obstante, en las circunstancias terribles en que me encuentro, estoy convencido de que uno de nosotros matará al otro y de que terminaremos por matarnos mutuamente. Después de mi muerte, tú no podrás seguir viviendo, eso está claro. Yo soy el único motivo que te hace vivir. Después de tu muerte, sobre todo si murieses a consecuencia de un choque causado por mí, me mataría, eso es indudable. Tu muerte, de la que hablas a menudo con demasiada resignación, no modificaría en nada mi situación; el tutor seguiría (¿por qué no iba a seguir?), todo se quedaría sin pagar, y yo tendría, además de la pena, la horrible sensación de un aislamiento absoluto. Matarme yo, es absurdo ¿no es cierto? «Entonces, piensas dejar a tu anciana madre completamente sola», dirás. A fe mía que si no tengo estrictamente derecho, creo que la cantidad de pesares que he soportado casi treinta años me haría digno de disculpa: « i Y Dios! » dirás. Deseo de todo corazón (¡y nadie mejor que yo puede saber con qué sinceridad!) creer que un ser exterior e invisible se interesa por mi destino; pero ¿qué hacer para creerlo?

(La idea de Dios me hace pensar en ese maldito cura. En medio de la penosa impresión que va a causarte mi carta, no quiero que le consultes. Ese cura es mi enemigo, tal vez por pura estupidez.)

Volviendo al suicidio, que no es una idea fija pero que reaparece en épocas periódicas, hay algo que debe tranquilizarte. No puedo matarme sin dejar en orden todas mis cosas. Todos los papeles que tengo en Honfleur están en una enorme confusión. Por lo tanto, tendría que trabajar duro en Honfleur, y una vez allí ya no podría irme de tu lado. Pues debes suponer que de ninguna manera iba a querer mancillar tu casa con una acción tan detestable. Además tú te volverías loca. Y ¿por qué el suicidio? ¿Es a causa de las deudas? Sí, y sin embargo, las deudas se pueden superar. Es, sobre todo, a causa de un cansancio espantoso resultado de una situación insostenible, demasiado prolongada. Cada minuto me demuestra que he perdido las ganas de vivir. Una gran imprudencia cometiste tú en mi juventud. Tu imprudencia y mis viejas faltas pesan sobre mí envolviéndome. Mi situación es atroz. Hay gente que me saluda, hay gente que me busca. Quizá la haya que me envidie. Mi situación literaria es mejor que buena. Podría hacer lo que quisiera. Me publicarán todo. Como tengo una clase de talento impopular, ganaré poco dinero, pero dejaré tras de mí una gran fama, lo sé, —siempre que tenga el valor de vivir. Pero mi salud espiritual, —detestable; tal vez perdida. Todavía tengo proyectos: Mi corazón al desnudo, novelas, dos dramas, de los cuales uno para el Teatro Francés ¿los haré algún día? Ya no lo creo. Mi situación en relación con la honorabilidad, espantosa, —eso es lo peor. Ni un momento de reposo, insultos, ultrajes, afrentas como no puedes hacerte idea y que corrompen la imaginación, la paralizan. Gano un poco de dinero, es verdad; si no tuviese deudas, y si ya no me quedase patrimonio alguno, SERIA RICO, fíjate en lo que te digo; podría darte dinero, podría sin peligro ejercer mi caridad con Jeanne. Volveremos a hablar luego de ella. Eres tú quien ha provocado estas explicaciones. Todo ese dinero se va en una existencia manirrota y malsana (pues vivo muy mal) y en el pago, o más bien en la amortización insuficiente, de antiguas deudas, en gastos de tribunales, en papel timbrado, etc...

Enseguida pasaré a las cosas reales, es decir actuales; pues, en verdad, necesito que alguien me salve y sólo tú puedes hacerlo. Quiero hoy decirlo todo. Estoy solo, sin amigos, sin amante, sin perro y sin gato ¿a quién contarle mis penas? No tengo más que el retrato de mi padre, siempre mudo.

Me encuentro en el mismo terrible estado de ánimo que experimenté en el otoño de 1844. Una resignación peor que la indignación.

Pero mi salud física, que necesito para ti, para mí, para mis obligaciones ¡esa sigue siendo la cuestión! Tengo que hablarte de ella por más que tú le prestes tan poca atención. No hablaré de esas afecciones nerviosas que me destruyen día a día y que anulan el ánimo, vómitos, insomnios, pesadillas, desmayos. Con demasiada frecuencia te he hablado de ellas. Pero es inútil usar de pudor contigo. Ya sabes que siendo muy joven tuve una afección virulenta, que más tarde creí totalmente curada. En Dijon, después de 1848, tuve un rebrote. De nuevo se pudo paliar. Ahora vuelve en forma distinta, de manchas en la piel y de una extraordinaria fatiga en todas las articulaciones. Puedes creerme, sé de lo que hablo. Puede ser que dentro de la tristeza en que estoy sumido, el terror me haga creer mayor el mal. Pero necesito un régimen severo, y no es con la vida que llevo como podré librarme de aquello.

Hubo en mi infancia una época de un cariño apasionado hacia ti; escucha y lee sin temor. Nunca te habré dicho tanto. Recuerdo un paseo en simón; acababas de salir de un sanatorio en donde habías estado recluida, y me enseñaste, para demostrarme que habías pensado en tu hijo, unos dibujos a pluma que habías hecho para mí. No dirás que no tengo una memoria tremenda. Más tarde, la plaza de Saint-André-des-Arts y Neuilly. ¡Largos paseos y mimos continuos! Recuerdo aquellos muelles tan tristes en el atardecer. ¡Ah!

Para mí fue la época feliz de las caricias maternales. Perdóname si llamo época feliz la que sin duda para ti fue tan mala. Pero estaba siempre presente en ti; tú eras únicamente mía. Eras a la vez un ídolo y un compañero. Quizá te sorprenda que pueda hablar con tal pasión de un tiempo tan lejano. Yo mismo estoy sorprendido. Tal vez porque una vez más he acariciado el deseo de morir, cosas tan alejadas se recorten tan nítidamente en mi espíritu.

Más tarde, sabes qué atroz educación quiso tu marido que se me diera; tengo cuarenta años y no puedo pensar sin dolor en los colegios, lo mismo que en el temor que me inspiraba mi padrastro. No obstante le quise y hoy, por lo demás, tengo la suficiente sensatez como para hacerle justicia. Pero es verdad que fue poco hábil hasta la obstinación. No quiero insistir, porque veo lágrimas en tus ojos.

Finalmente, pude hacer mi vida y desde ese momento se me dejó caer del todo. Sólo me atraía el placer, una excitación permanente; los viajes, los muebles preciosos, los cuadros, las mujeres, etc. Hoy recibo cruelmente el castigo por ello. En cuanto al tutor judicial, sólo una palabra: hoy sé del inmenso valor del dinero, y comprendo la trascendencia de todo lo que se relaciona con él; concibo que hayas podido creer que lo hacías con acierto, que trabajabas por mi bien; pero con todo una pregunta, una pregunta que siempre me ha obsesionado. ¿Cómo es que jamás no te planteaste en tu fuero interno la siguiente idea: «Es posible que mi hijo no llegue a tener nunca el sentido de lo que es comportarse en el "sino grado que yo; pero también puede ocurrir que llegue a ser un hombre notable en otros aspectos. En ese caso ¿qué haré yo? ¿Lo condenaré a una doble existencia contradictoria; por una parte a una existencia digna de respeto, odiosa y despreciada, por otra? ¿Lo condenaré a tener que llevar hasta la vejez una marca lamentable, una marca perjudicial, un motivo de impotencia y tristeza?». Es evidente que si no hubiera habido tutor, todo se lo habría llevado la trampa, no habría habido más remedio que tomarle el gusto al trabajo. Ha habido tutor, todo se lo ha llevado la trampa y soy viejo y me siento desgraciado.

Rejuvenecer ¿es posible? En eso radica la cuestión. Toda esta vuelta hacia el pasado no tenía otra finalidad que mostrar que puedo hacer valer ciertas disculpas, cuando no una completa justificación. Si notas algún reproche en lo que escribo, que sepas bien al menos que lo anterior en nada altera mi admiración por tu gran corazón, mi agradecimiento por tu abnegación. Siempre te has sacrificado. Lo tuyo es sólo el sacrificio. Menos razón que caridad. Yo te pido más, te pido, a la vez, consejo, apoyo, que nos entendamos completamente bien tú y yo, para salir de esto. Te suplico que vengas, que vengas, tengo los nervios al final de mis fuerzas, estoy a punto de que me falle el valor, a punto de perder la esperanza. Veo una continuidad en el horror. Veo mi vida literaria obstaculizada para" siempre. Veo una catástrofe. Por ocho días, podrías sin duda pedir hospitalidad a algún amigo, a Ancelle, por ejemplo. No sé lo que daría por verte, por abrazarte. Presiento una catástrofe y ahora no puedo irme contigo. París me es dañino. Ya por dos veces he cometido una imprudencia grave que tú calificarás más severamente; voy a acabar por perder la cabeza.

Te pido la felicidad tuya y te pido la mía, mientras todavía seamos capaces de conocerla.

Me has permitido que te confiase un proyecto, es el siguiente: Pido un término medio. Enajenación de una fuerte suma limitada a diez mil, por ejemplo, dos mil para liberarme ya; dos mil en poder tuyo para hacer frente a necesidades imprevistas o previstas, gastos en vivir, en ropa, etc., durante un año (Jeanne estará en una casa donde se le pagará lo estrictamente necesario). Por otra parte, luego te hablaré de ella. Una vez más eres tú la que lo ha provocado. Por último seis mil en poder de Ancelle o de Marin, y que se irán gastando poco a poco, sucesivamente, prudentemente, de manera que se puedan pagar tal vez más de diez mil y se evite toda conmoción y todo escándalo en Honfleur.

Ya tenemos un año de tranquilidad. Por mi parte sería un tonto de remate y un pillo redomado si no lo aprovechase en renovar fuerzas. Todo el dinero ganado durante ese tiempo (diez mil, a lo mejor sólo cinco mil) se depositará en tus manos. No te ocultaré el menor asunto, la menor ganancia. En lugar de tapar huecos, el dinero se seguirá aplicando a las deudas y así sucesivamente en los años venideros. De este modo, tal vez pueda, gracias al rejuvenecimiento operado ante tus ojos, pagarlo todo, sin que mi capital disminuyese en más de diez mil sin contar, es verdad, los cuatro mil seiscientos de los años anteriores. Y así se salvará la casa, que es una de las consideraciones que tengo siempre presente.

Si adoptases este proyecto de beatitud, me gustaría haberme mudado ahí de nuevo a fines de mes, quizás ahora mismo. Te autorizo a que vengas por mí. Sin duda comprendes que hay una multitud de detalles que no incluye una carta. En una palabra, quisiera que no se pagase ninguna suma hasta que tú no dieses tu consentimiento, hasta no haberlo debatido a fondo entre tú y yo, en una palabra, que tú te convirtieses en mi verdadero tutor. ¿Es posible que llegue uno a verse obligado a asociar una idea tan horrorosa a otra tan dulce como la de una madre?

En este caso, desgraciadamente, habrá que decirle adiós a las pequeñas sumas, a las pequeñas ganancias, cien por aquí, doscientos por allá, que supone la rutina de la vida parisiense. Entonces sería el turno de las grandes especulaciones, de los grandes libros, cuyo pago se haría esperar más tiempo. No consultes más que contigo misma, con tu conciencia y con tu Dios, ya que tienes la suerte de creer. No hagas partícipe de tus pensamientos a Ancelle a no ser con reservas.

Es una buena persona; pero tiene la mente estrecha. No puede creer que un mal sujeto por voluntad propia, que ha tenido que llamar al orden, sea un hombre importante. Me dejará reventar por cabezonería. En vez de pensar únicamente en el dinero, piensa un poco en la gloria, en el descanso y en mi vida.

En este caso, digo, no iría a pasar temporadas de quince días y de uno o dos meses. Sería una estancia permanente exceptuados los casos en que vendríamos juntos a París. El trabajo de las pruebas de imprenta puede hacerse por correo.

Otra idea tuya equivocada que debes rectificar y que reaparece una y otra vez en tu pluma. No me aburro nunca en soledad, no me aburro nunca a tu lado. Lo único es que sé que lo pasaré mal a causa de tus amigos, pero lo acepto.

Alguna vez se me ha pasado por el pensamiento convocar un consejo de familia o presentarme ante un tribunal. Bien sabes que tendría cosas muy sabrosas que decir, aunque sólo fuera esto: He producido ocho volúmenes en condiciones horribles. Puedo ganarme la vida. ¡Se me está asesinando con deudas de juventud!

No lo he hecho por respeto a ti, por consideración hacia tu horrible sensibilidad. Dígnate agradecérmelo. Te lo repito; me he obligado a no recurrir a nadie más que a ti.

A partir del año próximo, dedicaré a Jeanne la renta del capital restante y ella se irá a algún sitio en que no esté en una soledad absoluta. Esto es lo que le ha sucedido: su hermano la metió en un hospital para quitársela de encima y cuando ha salido ha descubierto que le había vendido una parte de su mobiliario y de su ropa. Desde hace cuatro meses, desde mi huida de Neuilly, le he dado siete francos.

Te lo suplico, paz, dame paz, dame el trabajo y un poco de ternura.

Es evidente que entre mis cosas actuales hay algunas horriblemente urgentes; así, he cometido de nuevo la falta, en medio de esos tejemanejes inevitables de los bancos, de apropiarme para mis deudas personales de varias centenas de francos que no me pertenecían. Me he visto absolutamente obligado a ello; ni que decir tiene que esperaba reparar el mal inmediatamente. Una persona, en Londres, me niega los cuatrocientos francos que me debe. Otra, que había de remitinne trescientos, está de viaje. Siempre lo imprevisible. - Hoy he tenido el terrible valor de escribir a la persona concernida confesándole mi falta. ¿Cuál va a ser la reacción? No tengo idea. Pero he querido quitarme un peso de la conciencia. Confío en que, por consideración a mi nombre y a mi talento, no se armará un escándalo y se querrá esperar.

Adiós. Estoy extenuado. Entrando en detalles de salud, no he dormido ni comido desde hace casi tres días; tengo un nudo en la garganta, - y hay que trabajar.

No, no te diré adiós, pues espero verte.

Por lo que más quieras léeme con mucha atención y trata de comprender.

Sé que esta carta te afectará dolorosamente, pero en ella hallarás a buen seguro un tono de dulzura, de ternura e incluso de esperanza que muy rara vez has oído.


Y te quiero.
CHARLES



tomado de: http://www.lamaquinadeltiempo.com

Monday, June 21, 2010

El sendero que se bifurca


En el menú de escándalos creados y exacerbados no podía omitirse a San Marcos, ese botín tan deseado. Sendos titulares, declaraciones altisonantes, posiciones ultra verticales y llamados al intervencionismo; no hacen más que conjugar las claras intenciones que Alan García a comando del APRA pretende cerrar antes de vivir de sus rentas en alguno de sus departamentos internacionales, para luego volver. En primera instancia, y con acerbo coyuntural, está la altisonancia con la que se toma un evento muy particular en el día a día sanmarquino: la marcha de algunos presuntos representantes de Sendero Luminoso (SL) en el campus universitario, clamando por la libertad de Abimael Guzmán, en un contexto supuestamente estratégico tras la ya conocida libertad de Lori Berenson. Raudamente y desde todos los tentáculos que puedan ejercer poder: la prensa (diarios, radio, TV, webs), el poder judicial, el parlamento y el mismo presidente; invocaron la intervención del ejército y el servicio de inteligencia a fin de identificar y capturar a los portadores de banderas rojas y gargantas afiladas. Ello, no hace mas que resaltar un hecho que la comunidad estudiantil en su mayoría repudió en los albores de los 90’s; y apunta claramente a ensalzar el accionar del fujimorismo, y hasta subyace la idea como una posible acción de un eventual gobierno nipón, que evidentemente ya está en campaña y que actúa en conjunción con un APRA que negocia todo lo posible, a fin de matar deudas de votos en acusaciones de corrupción, que hoy hábilmente aparecen congeladas en los claustros del congreso. Esta mano dura, no es más que concertación mediática a fin de obtener un voto joven que en su espanto por un rebrote senderista, podría plegarse a planes intervencionistas como los vociferados.

En segunda instancia, y quizá con una carga de mayor preocupación, se encuentra el sesgo privatista escondido en la propuesta intervencionista; dado que el abandono de este gobierno (y anteriores) a la educación superior es evidente –no olvidar la reducción al presupuesto de san marcos de parte del estado- y ella sólo concita atención, si de transformarla en un ente expresamente liberal consistiese. Cuántas empresas privadas no pugnarían por administrar una universidad donde se conciben miles de matrículas por semestre, donde hay cuantiosas obras por realizar y donde puede manipularse la formación de jóvenes hacia uno sola isla del pensamiento y acción en una futura carrera pública. Hay demasiados intereses en juego, y allí también recae la tercera instancia, en donde algunos docentes (el ex rector Manuel Burga por citar un ejemplo) proponen reducir la participación de estudiantes en el cogobierno estudiantil, aduciendo que no están capacitados para dicha labor y que son fácilmente corrompibles. En ese sentido, muchos docentes, se encuentran en campaña teniendo como referencia las próximas elecciones a rector a realizarse el próximo año, tratando de esbozar un plan de gobierno donde sean ellos los únicos que administren la universidad. Mucho se habla de la dificultad que presenta el cogobierno estudiantil; pero también se olvida que muchos de los estudiantes que venden o concertan sus votos, pertenecen también a partidos tradicionales. Son estas 3 las más claras señales escondidas, que el gobierno, algunos partidos y todos los interesados en el negocio educativo pretenden ensalzar con el cuco del rebrote senderista en San Marcos.

Yo, que pasé por la universidad San Marcos entre los años 2001 y 2007; puedo decir que la presencia de remanentes senderistas en la universidad no es nueva, y eso, el servicio de inteligencia que trabaja dentro de la universidad lo sabe; ellos fichan y saben de los antecedentes y el accionar de cada elemento que realiza actividad política en la universidad. Que la pugna por ambientes donde se tiene mucha llegada a sectores desfavorecidos de la comunidad universitaria, como son el comedor y la residencia, ha sido constante; y si algunos representantes de SL se han atrevido a exaltar su presencia como una clara posición de reafirmamiento, es porque todos lo hemos permitido. La ausencia de debate frontal en la universidad por parte de organizaciones de estudiantes, docentes y trabajadores fomenta la nueva seguridad que esta organización ahora exclama. La seguridad del ornato es un desastre y ello es responsabilidad entera del sistema administrativo que preside el rector; y en parte ha sido mellado aún más por la sobreexposición que tiene el campus tras las obras inconclusas (y métricamente indebidas) del by pass de la Av. Venezuela. Basta con decir que parte de la Av. Universitaria y la misma Venezuela, no tienen paredes. ¿Quién no podría así ingresar?

Nuestra sociedad no está preparada para convivir acatando sus propias reglas, y ahora que muchos terroristas han cumplido sus condenas, impuestas por el mismo “sistema democrático” que ahora se araña; volvemos al susto y la condena social. Aquí se quiere exaltar un hecho por el que no debe bajarse la guardia, pero que solo se ha hecho explícito para la comunidad civil. El estudiante sanmarquino de a pie en su mayoría ni siquiera participa de actividades políticas; y allí también radica nuestra irresponsabilidad por permitir que posiciones mesiánicas que toman decisiones sin respaldo popular puedan rebrotar.

No podemos permitir la privatización, ni la intervención de la universidad; el sensacionalismo de un hecho que no refleja el auténtico presente de carencias estructurales que vive San Marcos y la presencia de remedos revolucionarios, deben ser respondidos con ideas y posiciones firmes. Asimismo, nuestro silencio cómplice, nuestro aislamiento egotista, sólo conllevan a que dejemos que algunos tomen los remos de esta vieja y pesada balsa, a fin de cuentas, sólo nos despercudimos de la caspa cuando la vemos en nuestros hombros.



Friday, April 30, 2010

1ro de mayo


"...salen de sus celdas. Se dan la mano, sonríen. Les leen la sentencia, les sujetan las manos por la espalda con esposas, les ciñen los brazos al cuerpo con una faja de cuero y les ponen una mortaja blanca como la túnica de los catecúmenos cristianos. Abajo está la concurrencia, sentada en hilera de sillas delante del cadalso como en un teatro... Firmeza en el rostro de Fischer, plegaria en el de Spies, orgullo en el del Parsons, Engel hace un chiste a propósito de su capucha, Spies grita: "la voz que vais a sofocar será más poderosa en el futuro que cuantas palabras pudiera yo decir ahora». Les bajan las capuchas, luego una seña, un ruido, la trampa cede, los cuatro cuerpos caen y se balancean en una danza espantable... "

Relato de la ejecución por José Martí, corresponsal en Chicago del periódico La Nación de Buenos Aires

Friday, April 23, 2010

La verdad en la distopía



Ray Bradbury - George Orwell - Aldous Huxley

Saturday, April 17, 2010

Wednesday, April 14, 2010

Bis





Se había dado cuenta de la misma imagen. Una y otra vez observada desde un lado y desde el otro con la fuerza represora que siente un televidente a la misma hora en el mismo canal. Sabía que sería igual por años y su cuerpo ya lo asumía. Tenía ya las nalgas adscritas a los varios asientos en los que se depositaba día a día y su vientre se henchía en todas direcciones. Poco a poco era más torvo, y sus ojos carecían ya del ámbar de hace años. Sentía que habían sido décadas desde que inició, pero tan sólo habían sido 9 meses. Cada instante en blanco y negro, cada centímetro recorrido era un profundo vacío. ¿Hasta cuando esta vacuidad?, ¿hasta cuándo el bis hacia el infinito de esta modorra hecha vida y artificio biológico del día a día?

Ya nada valía, esa mañana volvió a defecar en cantidades suntuosas y pestilencias penetrantes. Su hediondez se calmaba un tanto en cuanto se bañaba y sumergía la cabeza bajo el agua. Tenía que embutir la crema dentrífica para espantar el sumo ácido que recorría las cavidades de su boca cada mañana. Se erguía en lo que podía y jugueteaba con las medias al revestir sus pies callosos y agrietados. Ceñía la correa al mismo pantalón y luchaba con la hebilla para poder ser presentable con la camisa del mismo color que tenía en repetido alineamiento en el ropero. Suspiraba observando el reloj. Sabía que la cuenta comenzaba más lenta y pesada y cabía un segundo dentro de otro segundo, haciendo el tiempo doble y lodoso.

Su mente entendía el desperfecto, cometía el razonamiento de concluir que todo estaba mal e insistía en el error. Mentalmente acorde y físicamente desdoblado. Sus extremidades no obedecían sus deseos y hasta lo movían en las mismas direcciones una y otra vez. Sus palabras salían iguales y de plantillas preestablecidas, sus manos se estrechaban sin querer hacerlo. El hombre trataba de escapar cubriendo sus oídos con melodías que recordaba de un tiempo en que apreciaba la música. Cogía papeles con lecturas ahora ilegibles. No había posibilidad de deguste ante nada. Era necesario detenerse a pesar del cíclico movimiento.

Estaba en la hora exacta a las puertas del mismo lugar, fugazmente pensó en su madre, en su esposa y en algún amor que ahora no recordaba. Los compromisos, los detalles que los demás ignoran, las deudas, la constante saliva espesa. Veía el pórtico inerte y sentía su inercia. Sus piernas seguían desobedeciendo lo poco que tenía de espíritu. El hombre sobrevivía tan sólo para seguir muriendo. La oscuridad repletaba la punta de su zapato, ingresaba su manga izquierda, su hombro derecho, se perdía en el olvido otro día… pronto se desvanecía en la puerta enorme, difusa, concreta.


Monday, April 05, 2010

El camino de Artabán

(Crónica del encuentro con la casa de César Vallejo en Santiago de Chuco)


Cuando el propósito de una vida se ha extraviado, el hombre desespera tanto que busca los remedios más extraños, cavila los disparates más insólitos y recubre sus pensamientos de estratagemas almibaradas de sandez. Yo, de alma marchita y cuerpo pagano elegí volver a nacer. Evidentemente ello en materia biológica es imposible, pero apelaba a saldar deudas con el destino y realizar esas metas ideales que uno traza y nunca llega a dibujar en la realidad.


César Vallejo ha sido desde mis primeros días una presencia desproporcionadamente vital y su lectura me ha influenciado en vida y en lo que trata de ser una obra sin brío ni afán. No entraré en detalle de lo que esto realmente significa, porque escribiría hojas tan absurdas y aburridas para otro, con lo cual sólo satisfacería mi estancia ante el ampo reto que tengo ahora. Sin embargo, siempre rondó en mi testa la posibilidad de encontrarme con el lugar que lo vio nacer (y también donde pudo al fin yacer). Palpar las paredes de su habitación, respirar el fresco de sus calles, saber qué tan inhóspito es su natal Santiago de Chuco, entender la simetría de sus primeros días, mirar el cielo y entender más a esos primeros heraldos que a esta edad que tengo el ya culminaría.

Tal vez las expectativas eran desmesuradas, pero el orbe había confabulado para que el cigarro detenido en la oscura esquina no amilanara este pesar ignoto, y las esencias etílicas no fueran suficientes, y la muñeca estaba estéril y la columna más corva enunciando al hombre deshecho. Había dejado el trabajo, y con años ya entrados y responsabilidades esto era socialmente un suicidio. Empero del desastre que era yo en cuestión de ser un bípedo correcto, la decisión era el más cuerdo de los aciertos. No podía esperar mucho, pero como dije en un principio, ante los extravíos vienen las barcas desoladas buscando horizontes nuevos, zarpazos desesperados, un altamar tan ebrio que te devuelva a una orilla nueva, una playa donde te encuentres tan desorientado que tus sentidos vuelvan a despertarse para poder subsistir; ese debía ser yo, el náufrago que encuentra la respuesta, el rey mago que lleva la ofrenda tardía a su única estrella, el sediento absuelto en el Sahara que beberá de las manos de Dios.



El viaje había sido lerdo y estábamos en el albor de la mañana parados en el último terminal que nos llevaría a nuestro destino. Trujillo tiene todas las características de la ciudad que va a naufragar en el caos. Cundida de carbono por doquier y atropellada de asimetrías, es una Lima al calco y por ende, un lugar donde no podía estar más. Con premura alcancé los últimos boletos para nuestro destino y sólo 6 horas nos separaban de la posibilidad de entender la vida y muerte de quien ha sido Cristo en mis días y oraciones en la mente vacía.

Parados en aquel terminal, entre el caótico desfile de comerciantes y el aparcadero de encomiendas, podía notarse una diferencia extraña, la presencia de pintorescos personajes. Seres de contextura rala y escuetos sacos culminados en sombreros oscuros, de rostros enjutos y soberbios pómulos, de miradas absueltas y pantalones de basta recogida, de tan cálida fragilidad y entereza como con certeza nunca había visto pero si sentido. Quizá es lo más parecido al semblante Augusto de “Los pasos lejanos” y una aproximación a esas “Nostalgias imperiales” que dibujaban a la anciana pensativa y a los viejos curacas. No había duda, el camino tomado era incierto pero correcto. A tientas y sin certeza, perseguía esa única estrella, esa madre de toda literaria naturaleza que hasta ahora en mi estaba muerta.



Poco a poco la ciudad perdía tamaño, su altura y engaño se achicaban, y desnudaban las mismas carencias de una patria de cuarto mundo. La carretera firme y enflechada recogía a izquierda y derecha, matorrales y sembríos, campos arados y mugidos alternados de horizontes prescritos para la miseria, propagandas de estrellas encerrando números y arengas políticas, ¿hasta dónde querían engañar al habitante? No puedo más que observar con la sien pegada al cristal, derrotar al cansancio mientras el camino deja de ser recto y comienza un espiral de ascenso y serpenteo. Un lúdico deseo de manos más que caprichosas que te llevaban de derecha a izquierda y viceversa, con curvas pronunciadas y empinadas, con retos a la ingeniería y maltratos a los conceptos de la física. Los cerros se juntaban para desaparecer todo aquello que pareciera camino y de repente se aperturaban para señalar nuevos linderos de mesetas y arroyos, de ayllus incipientes y recónditos vestigios. Las paredes verdosas de tupido talle y enchapado agreste recogían el camino y lo tiraban por encima de lo que estaba encima, para luego arrimarlo al centímetro del abismo y recostarlo en la pradera donde descansaba el sol y lo efímero. Algunas casas salpicadas en la ruta, un rebuzno resguardado por el olor a bosta y las huellas metálicas de lo que fue una lluvia, que intermitente se convertía de repente en señoriales diluvios. Olía a un verano lamentándose, a un llanto compungido por la belleza del ocaso diluyéndose.

Yo sentado en el último asiento de la columna que se perfila desde el chofer, con las rodillas acalambradas de a momentos, sentía el largo ascenso en letanía, pensando en lo recóndito que es a veces el pesebre de los elegidos. ¿Qué confabulación de los dioses habrá obedecido semejante capricho de ubicar al hombre más distinguido de un siglo de poesía en el ombligo de lo desconocido? ¿Cómo lo recóndito puede parecer sencillo a medida que me extingo y desoriento de ese paradero al cual aún no arribo pero del cual ya preciso que su mapa de llegada es un laberinto?

Pienso en sus 22 marzos recorriendo este mismo camino en reversa, sobre el lomo de una mula, con sus versos entumidos y unas pocas pertenencias para abrigar la esperanza de una nueva vida en Trujillo, ¡que luego sería Lima y en un futuro Paris! Cuántos días habrá tenido que recostarse en la hierba virgen y tener pequeñas muertes antes de saber que lo que buscaba no era más que el camino que ya los cielos le habían decidido para sufrir y conocer del absurdo su hipotálamo y de la esperanza el sabor a vino tinto.

A medida que el tiempo se disolvía en mis sienes, mis oídos se obstruían y la espalda se me hacía trizas; el orbe tenía siempre sorpresas y de vez en cuando dejaba en claro que el hombre se asienta donde puede, pues el bus atravesaba pueblos fantasmales habitados por 2 perros y 3 niñas que cruzaban las calles chaposas de sentirse vivas y temerosas de nuestras miradas de turista. El viejo sentado y dispuesto al sosiego, lamido por el haz de luz que atravesaba el ala de su sombrero, la puerta asegurada con 2 vigas que protegía la propiedad de un alcalde no visto y algunas camionetas que daban cuenta de la existencia de un ida y vuelta que seguramente proveía al asentamiento de carbón y harina, entre otras minucias que hacen de la vida en comunidad una posibilidad escasa pero muchas veces aparente.

El desvarío me obligaba a cerrar los ojos por tramos, a obligar al pensamiento a nublarse por tanta melancolía. Los recuerdos de una vida malgastada se coloreaban de la grama mustia, recogida, escueta, de la ramada que ha tallado su silueta. Qué terrible sensación la de saber que desperdicio tantos días entre mohín vertiginoso y apurada subsistencia. Qué vergüenza de existir, que parto tan doloroso debe ser el saber que nos enfrentaremos en un terreno tan baldío teniendo a 10 horas tremendos paraísos. No, el hombre no debiera ser tan ciudadano para dialogar con el futuro, sino mucho más aldeano para tan solo convivir y demostrar que el río aún es padre de los pensamientos y el cielo es tan estrechable como cuando ahora lo atravieso y acaricio con mis cabellos resueltos en libertad.


A casi 6 horas de mí partida, extraviado a los más de 3000 metros sobre el nivel del mar, el universo despejaba las interrogantes y contorneaba los altos del campo para desnudar los cabellos del pueblo. Podían verse sus techos cansinos, sus calles juguetonas en descenso y su periplo de calma. El bus atravesaba los primeros jirones; los rostros nativos nuevamente se congelaban al sentir el bramido de la modernidad atrasada recorriendo las enjutas callejuelas despidiendo ese humo transgresor que inunda las grandes ciudades. El ansia y la intensidad se mezclaban con la pasión de un arqueólogo que sabe que va a encontrar su tesoro, el transporte detenido, el equipaje en la mano y los pies aturdidos pero aún sintiendo el vértigo para dejar caer sus primeros pasos en la tierra de un Dios. La compuerta se distendió e inmediatamente, como por un decreto de las fuerzas supremas (seguro Baudelaire y Vallejo departen el mismo panteón), cae el aguacero, el ataúd de mi sendero, donde me ahueso para ti. La tierra se hizo charco, y yo cual infante travieso me regodeaba en saltos por sentir el llanto de las nubes rozando mis mejillas y colmando hasta mis calcetas de su tierra viva y húmeda. Había llegado, por fin había llegado.




El aire filoso atravesaba mis pulmones, la plaza pequeña se tomaba una ducha por la tarde, y los pobladores miraban con sonrisas escuetas nuestra caminata de alunizaje. Haciendo de la vista una cámara en pocos segundos tuve el panorama de la distribución de la ciudad, semejante a cuanta dependencia española se atrevieron a conquistarnos, cuadrada, de céntrica disposición, con iglesia al frente, dependencias municipales, banco, droguería y demás cosas de primera necesidad para el orbe. Nada de ello me sería necesario sino hasta saciar el ansia de comerme la tierra y buscar el Getsemaní hecho morada y bendita calzada. Los pasos presurosos me dirigían por estrechas calles de cadalso agónico y resuelto, y tan pronto me supe frente a un mercado, me hice a bien el preguntar; más, al atisbo de un vistazo tenía la luz frente a mí. A escasos minutos de haberme convertido en turista de estos lares me encontraba en la calle misma donde seguro tantas veces el pequeño se dirigió enflechado a la escuela. Estaba en la Av. César Vallejo, a escasos metros del terruño del vate, a pasos del nacimiento del nacido, a momentos de saber si tanta sorpresa podía ser verdad.







La calle estrecha, la lluvia contenida, el portón separado de la puerta por placas burócratas que condecoran lo que desconocen. Un perro en la acera misma donde cada mañana se plantaba un humano que nació un día que dios se enfermó. Las mejillas saladas, los ojos hechos un hervor prisionero que se desmayó y los pasos temblorosos justo en el pórtico presenciando el patio central. Dos pasos adelante y un mísero pago me tenían dentro de un tesoro de la humanidad, un patrimonio que bien haría en estar en la ruta de quienes buscan la redención paseando por el cementerio de Montparnasse. El pasaje recto, el panteón enorme donde ahora aguedita corre con su vestido de color fotográfico persiguiendo a Nativa. La Tahona encendida suelta su aroma donde los bizcochos deben estar ya cociéndose. Sigo mi camino y veo a Miguel esconderse tras la habitación del rezo. El pequeño César volteado y con el brazo flexionado sobre los ojos, está acostado en el junco del jardín. 7, 6, 5… cuenta, sin saber que las horas que le esperan serán eternas en nuestras testas atolondradas y tan ínfimas ante su verso que aplana. La lluvia estalla y derrumba la incólume postura de mi bípeda presencia y desmayo. No puedo contener el beneplácito ni la sorpresa de saberme allí donde se respira sus pequeños pasos y los niños corretean por cada habitación. El cielo mustio derrota nuevamente a mis pasos y llego al poyo de la casa. Allí donde se sostiene el lindero más hermoso de la casa y donde fenecen mis fuerzas. No puedo más que tomar asiento en el mismo estrecho donde seguro las fiestas podían evitarse.




Allí en redor de las paredes cálidas y los fantasmas del verano, me encuentro tan pequeño y anonadado que la vida misma se ha trastocado. Tanto tiempo perdido, tanta certeza de no saber a dónde uno va, tanta desazón a cada paso hecha la única razón por la que se insiste en pertrechar este camino. Los días que he abandonado se convierten en acuarelas olvidadas en este paisaje de quincha y escuetos salones. De habitaciones donde soñaron los cabellos más resueltos y lúcidos de una república casi estéril. Y ante ello no me queda más que tragar de esta tierra, beber la lluvia y morder mis manos a fin de que en estas llagas penetren cada segundo los conceptos que vuelan por estos pasadizos oscuros y abandonados. Tengo en mis palmas ya la vértebra de la tristeza absorbida en cada cuarto, y habiendo tocado ya estas paredes y habiendo pisado ya este suelo, el ocaso de una tarde que fenece me recuerda esos enormes versos:


Pero antes que se acabe
Toda esta dicha, piérdela atajándola,
Tómale la medida, por si rebasa tu ademán, rebásala,
Ve si cabe tendida en tu extensión
.



Las dos monedas miserables se cuelan inhóspitas en alguna secreta de una administración silente; y siento el hombro palmeado como por un calor. Sé que estás allí. Ya no he de voltear, sé que estuvimos juntos en el albor de un nacimiento que no ha hecho más que mantenerme vivo. Ahora salgo por la misma recta mustia que se oscurece y empieza a alumbrarse artificialmente por una lenta modernidad hecha postes. Ya no hay más camino que recorrer que la vuelta sigilosa, un nuevo día ha de ser parido, para volver a la orfandad, para saber que aquí se culminó lo que yo mismo quise algún día matar.






Sunday, March 07, 2010

Wednesday, January 06, 2010

Un día, corazón, descansarás...

Un día, corazón, descansarás,
un día morirás la última muerte,
entrarás en el silencio
a dormir el hondo sueño sin sueños.
Tantas veces te llama desde la dorada oscuridad,
tantas veces le deseas,
el lejano puerto, cuando tu barca
acosada por las tempestades flota en el mar.
Pero tu sangre aún te lleva
sobre una ola roja por la acción y el sueño,
aún ardes, corazón, con vida y pasión.
Desde el alto árbol del mundo
te llaman el fruto y la serpiente con dulce apremio
a deseo y hambre, culpa y placer,
y el canto de mil voces hace sonar
su música de arco iris celeste en tu pecho.
El juego del amor te invita,
selva del placer, al espasmo de la dicha
para ser allí huésped embriagado, bestia y Dios,
enardecido, exhausto, palpitando sin meta.
Te atrae el arte, silencioso hechicero,
a su círculo con magia feliz,
pinta velos de color sobre la muerte y la miseria,
convierte el tormento en placer, el caos en armonía.
El espíritu llama al juego supremo,
te enfrenta a las estrellas,
te hace centro del universo
y ordena el cosmos como un coro en torno a tí;
Desde el animal y el limo primigenio hasta tí
él muestra la vía del orígen, rica en antepasados,
te convierte en meta y fin de la naturaleza,
abre oscuros portales,
interpreta a los dioses, al espíritu y al instinto,
enseña cómo brota de él el mundo de los sentidos,
cómo el infinito cobra nueva forma,
y hace que ames de nuevo y más
el mundo, que jugando convierte en espuma,
porque eres tú quien le ha soñado y a Dios y al Universo.
También hacia los lóbregos pasadizos,
donde la sangre y el instinto realizan lo atroz,
está abierto el camino,
donde el delirio nace del miedo, y el asesinato nace del amor,
donde humea el crimen y arde la locura,
ningún hito separa el sueño de la acción.
Podrás andar todos estos caminos,
podrás jugar todos estos juegos,
y a cada uno sigue, lo verás,
otra aún más seductor.
¡Qué agradables son los bienes y el dinero!
¡Qué agradable es renunciar a ellos!
¡Qué hermoso renunciar, apartándose del mundo!
¡Qué hermoso desear apasionadamente sus encantos!
Subir hasta Dios, descender hasta el animal,
y por doquier resplandece fugaz la dicha.
¡Camina por aquí, camina por allá, sé hombre, animal y árbol!
Infinito es el polícromo sueño del mundo,
infinitamente se te abre una y otra puerta,
por todas suena el coro pleno de la vida,
por todas nos atraen, nos llaman
una dicha fugaz, un dulce aroma fugitivo.
¡Practica la abstinencia, la virtud, cuando te atenace el miedo!
¡Súbete a la torre más alta y salta!
Pero sabe: en todas partes eres sólo huésped,
huésped en el placer, en el dolor, huésped también en la tumba,
que te vomita nuevamente,
aun antes de que hayas descansado,
al torrente eterno de los nacimientos.
Pero de los miles de caminos hay uno
díficil de econtrar, fácil de intuir,
el que mide con un paso el círculo de todos los mundos,
el que ya no engañan, el que alcanza la última meta.
La revelación florece para tí en esta senda:
tu yo más íntimo, que ninguna muerte destruye nunca
te pertenece sólo a tí,
no pertenece al mundo que atiende a nombres.
Un extravío fue tu largo peregrinaje,
un camino errado preso del error sin nombre,
y siempre estaba cerca de ti la senda milagrosa,
¿cómo pudiste caminar cegado tanto tiempo,
cómo pudo sucederte este hechizo,
que tus ojos nunca viesen esa senda?
Ahora termina el poder del sortilegio,
has despertado,
oyes en la lejanía cantar los coros
en el valle de la confusión y de los sentidos,
y tranquilo te apartas de lo externo
y te vuelves hacia ti mismo, hacia adentro.
Entonces descansarás,
habrás muerto la última muerte,
entrarás en el silencio
al profundo sueño sin sueños.




Herman Hesse (1887-1962) - Obstinaciones