Tuesday, February 11, 2014

Impresiones varias...

Una especie de brumosa soledad y contundencia pueblan estos textos, en donde circulan rostros, maravillas despectivas teológicas, Tánatos regodeándose en su arquitectura de discurso poet. Y en donde el lenguaje hace su propio desarrollo. Búsqueda, hallazgo y hartazgo. Sensaciones de harto vacío al mirarse al espejo. Al amanecer, al anochecer, al límite cruzado en las madrugadas. Al parecer aquí encuentran su propio ritmo, su voz de maese estier-colero que abandona el caos dial para someterse a la construcción de “su poesía” de cuervo. No por algo el bat avizora tras la ventana, las mañanas lúgubres o soleadas de este maldito cono. La tecnología que aborrece lo rodea y lo acosa. Este libro es el libro de sus propias baladas. Ahí esconde su propia luminosidad y tormento. Se ha hecho un hueco desde donde saca estas palabras de occiso. Invasor él sale a la calle y respira artificial otras palabras. Este es su testimonio.

César Ávalos


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Este libro refleja la implosión de la urbe hacia otra inmensidad. Aquí la ciudad entera se va sumergiendo bajo el megatsunami de la configuración poética. Por todas partes va subiendo el volumen del rumor del cero resonando en sus esquinas y muros binarios. Por debajo de la apariencia, de la pradera de las antenas, de la vida semiformal que va evaporándose con ese sosiego del sellado y recibido, en este semirreal –luego falso- mundo de pantallas donde cada cual resulta un cosmos, el poeta ve en todos los muros anímicos y materiales los templos en escombros, iglesias en cenizas y catedrales molidas. Bajo la cáscara de ‘cheques’, de ‘chupetines’, de ‘frijol canario’ ha descubierto y a la vez creado una ciudad mucho menos imaginaria que la “real”. Con imágenes muy vigorosas y perforantes, con frecuente poderío verbal, con adjetivos vivaces y fosforescentes, conjura una urbe poética terrible y trascendente, un plano original, una fortuna de realidad, una inmensidad, llana inmensidad. Ahí el vuelo de Jonathan Estrada. A la vuelta de la esquina el vuelo.

José Pancorvo

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