Monday, April 05, 2010

El camino de Artabán

(Crónica del encuentro con la casa de César Vallejo en Santiago de Chuco)


Cuando el propósito de una vida se ha extraviado, el hombre desespera tanto que busca los remedios más extraños, cavila los disparates más insólitos y recubre sus pensamientos de estratagemas almibaradas de sandez. Yo, de alma marchita y cuerpo pagano elegí volver a nacer. Evidentemente ello en materia biológica es imposible, pero apelaba a saldar deudas con el destino y realizar esas metas ideales que uno traza y nunca llega a dibujar en la realidad.


César Vallejo ha sido desde mis primeros días una presencia desproporcionadamente vital y su lectura me ha influenciado en vida y en lo que trata de ser una obra sin brío ni afán. No entraré en detalle de lo que esto realmente significa, porque escribiría hojas tan absurdas y aburridas para otro, con lo cual sólo satisfacería mi estancia ante el ampo reto que tengo ahora. Sin embargo, siempre rondó en mi testa la posibilidad de encontrarme con el lugar que lo vio nacer (y también donde pudo al fin yacer). Palpar las paredes de su habitación, respirar el fresco de sus calles, saber qué tan inhóspito es su natal Santiago de Chuco, entender la simetría de sus primeros días, mirar el cielo y entender más a esos primeros heraldos que a esta edad que tengo el ya culminaría.

Tal vez las expectativas eran desmesuradas, pero el orbe había confabulado para que el cigarro detenido en la oscura esquina no amilanara este pesar ignoto, y las esencias etílicas no fueran suficientes, y la muñeca estaba estéril y la columna más corva enunciando al hombre deshecho. Había dejado el trabajo, y con años ya entrados y responsabilidades esto era socialmente un suicidio. Empero del desastre que era yo en cuestión de ser un bípedo correcto, la decisión era el más cuerdo de los aciertos. No podía esperar mucho, pero como dije en un principio, ante los extravíos vienen las barcas desoladas buscando horizontes nuevos, zarpazos desesperados, un altamar tan ebrio que te devuelva a una orilla nueva, una playa donde te encuentres tan desorientado que tus sentidos vuelvan a despertarse para poder subsistir; ese debía ser yo, el náufrago que encuentra la respuesta, el rey mago que lleva la ofrenda tardía a su única estrella, el sediento absuelto en el Sahara que beberá de las manos de Dios.



El viaje había sido lerdo y estábamos en el albor de la mañana parados en el último terminal que nos llevaría a nuestro destino. Trujillo tiene todas las características de la ciudad que va a naufragar en el caos. Cundida de carbono por doquier y atropellada de asimetrías, es una Lima al calco y por ende, un lugar donde no podía estar más. Con premura alcancé los últimos boletos para nuestro destino y sólo 6 horas nos separaban de la posibilidad de entender la vida y muerte de quien ha sido Cristo en mis días y oraciones en la mente vacía.

Parados en aquel terminal, entre el caótico desfile de comerciantes y el aparcadero de encomiendas, podía notarse una diferencia extraña, la presencia de pintorescos personajes. Seres de contextura rala y escuetos sacos culminados en sombreros oscuros, de rostros enjutos y soberbios pómulos, de miradas absueltas y pantalones de basta recogida, de tan cálida fragilidad y entereza como con certeza nunca había visto pero si sentido. Quizá es lo más parecido al semblante Augusto de “Los pasos lejanos” y una aproximación a esas “Nostalgias imperiales” que dibujaban a la anciana pensativa y a los viejos curacas. No había duda, el camino tomado era incierto pero correcto. A tientas y sin certeza, perseguía esa única estrella, esa madre de toda literaria naturaleza que hasta ahora en mi estaba muerta.



Poco a poco la ciudad perdía tamaño, su altura y engaño se achicaban, y desnudaban las mismas carencias de una patria de cuarto mundo. La carretera firme y enflechada recogía a izquierda y derecha, matorrales y sembríos, campos arados y mugidos alternados de horizontes prescritos para la miseria, propagandas de estrellas encerrando números y arengas políticas, ¿hasta dónde querían engañar al habitante? No puedo más que observar con la sien pegada al cristal, derrotar al cansancio mientras el camino deja de ser recto y comienza un espiral de ascenso y serpenteo. Un lúdico deseo de manos más que caprichosas que te llevaban de derecha a izquierda y viceversa, con curvas pronunciadas y empinadas, con retos a la ingeniería y maltratos a los conceptos de la física. Los cerros se juntaban para desaparecer todo aquello que pareciera camino y de repente se aperturaban para señalar nuevos linderos de mesetas y arroyos, de ayllus incipientes y recónditos vestigios. Las paredes verdosas de tupido talle y enchapado agreste recogían el camino y lo tiraban por encima de lo que estaba encima, para luego arrimarlo al centímetro del abismo y recostarlo en la pradera donde descansaba el sol y lo efímero. Algunas casas salpicadas en la ruta, un rebuzno resguardado por el olor a bosta y las huellas metálicas de lo que fue una lluvia, que intermitente se convertía de repente en señoriales diluvios. Olía a un verano lamentándose, a un llanto compungido por la belleza del ocaso diluyéndose.

Yo sentado en el último asiento de la columna que se perfila desde el chofer, con las rodillas acalambradas de a momentos, sentía el largo ascenso en letanía, pensando en lo recóndito que es a veces el pesebre de los elegidos. ¿Qué confabulación de los dioses habrá obedecido semejante capricho de ubicar al hombre más distinguido de un siglo de poesía en el ombligo de lo desconocido? ¿Cómo lo recóndito puede parecer sencillo a medida que me extingo y desoriento de ese paradero al cual aún no arribo pero del cual ya preciso que su mapa de llegada es un laberinto?

Pienso en sus 22 marzos recorriendo este mismo camino en reversa, sobre el lomo de una mula, con sus versos entumidos y unas pocas pertenencias para abrigar la esperanza de una nueva vida en Trujillo, ¡que luego sería Lima y en un futuro Paris! Cuántos días habrá tenido que recostarse en la hierba virgen y tener pequeñas muertes antes de saber que lo que buscaba no era más que el camino que ya los cielos le habían decidido para sufrir y conocer del absurdo su hipotálamo y de la esperanza el sabor a vino tinto.

A medida que el tiempo se disolvía en mis sienes, mis oídos se obstruían y la espalda se me hacía trizas; el orbe tenía siempre sorpresas y de vez en cuando dejaba en claro que el hombre se asienta donde puede, pues el bus atravesaba pueblos fantasmales habitados por 2 perros y 3 niñas que cruzaban las calles chaposas de sentirse vivas y temerosas de nuestras miradas de turista. El viejo sentado y dispuesto al sosiego, lamido por el haz de luz que atravesaba el ala de su sombrero, la puerta asegurada con 2 vigas que protegía la propiedad de un alcalde no visto y algunas camionetas que daban cuenta de la existencia de un ida y vuelta que seguramente proveía al asentamiento de carbón y harina, entre otras minucias que hacen de la vida en comunidad una posibilidad escasa pero muchas veces aparente.

El desvarío me obligaba a cerrar los ojos por tramos, a obligar al pensamiento a nublarse por tanta melancolía. Los recuerdos de una vida malgastada se coloreaban de la grama mustia, recogida, escueta, de la ramada que ha tallado su silueta. Qué terrible sensación la de saber que desperdicio tantos días entre mohín vertiginoso y apurada subsistencia. Qué vergüenza de existir, que parto tan doloroso debe ser el saber que nos enfrentaremos en un terreno tan baldío teniendo a 10 horas tremendos paraísos. No, el hombre no debiera ser tan ciudadano para dialogar con el futuro, sino mucho más aldeano para tan solo convivir y demostrar que el río aún es padre de los pensamientos y el cielo es tan estrechable como cuando ahora lo atravieso y acaricio con mis cabellos resueltos en libertad.


A casi 6 horas de mí partida, extraviado a los más de 3000 metros sobre el nivel del mar, el universo despejaba las interrogantes y contorneaba los altos del campo para desnudar los cabellos del pueblo. Podían verse sus techos cansinos, sus calles juguetonas en descenso y su periplo de calma. El bus atravesaba los primeros jirones; los rostros nativos nuevamente se congelaban al sentir el bramido de la modernidad atrasada recorriendo las enjutas callejuelas despidiendo ese humo transgresor que inunda las grandes ciudades. El ansia y la intensidad se mezclaban con la pasión de un arqueólogo que sabe que va a encontrar su tesoro, el transporte detenido, el equipaje en la mano y los pies aturdidos pero aún sintiendo el vértigo para dejar caer sus primeros pasos en la tierra de un Dios. La compuerta se distendió e inmediatamente, como por un decreto de las fuerzas supremas (seguro Baudelaire y Vallejo departen el mismo panteón), cae el aguacero, el ataúd de mi sendero, donde me ahueso para ti. La tierra se hizo charco, y yo cual infante travieso me regodeaba en saltos por sentir el llanto de las nubes rozando mis mejillas y colmando hasta mis calcetas de su tierra viva y húmeda. Había llegado, por fin había llegado.




El aire filoso atravesaba mis pulmones, la plaza pequeña se tomaba una ducha por la tarde, y los pobladores miraban con sonrisas escuetas nuestra caminata de alunizaje. Haciendo de la vista una cámara en pocos segundos tuve el panorama de la distribución de la ciudad, semejante a cuanta dependencia española se atrevieron a conquistarnos, cuadrada, de céntrica disposición, con iglesia al frente, dependencias municipales, banco, droguería y demás cosas de primera necesidad para el orbe. Nada de ello me sería necesario sino hasta saciar el ansia de comerme la tierra y buscar el Getsemaní hecho morada y bendita calzada. Los pasos presurosos me dirigían por estrechas calles de cadalso agónico y resuelto, y tan pronto me supe frente a un mercado, me hice a bien el preguntar; más, al atisbo de un vistazo tenía la luz frente a mí. A escasos minutos de haberme convertido en turista de estos lares me encontraba en la calle misma donde seguro tantas veces el pequeño se dirigió enflechado a la escuela. Estaba en la Av. César Vallejo, a escasos metros del terruño del vate, a pasos del nacimiento del nacido, a momentos de saber si tanta sorpresa podía ser verdad.







La calle estrecha, la lluvia contenida, el portón separado de la puerta por placas burócratas que condecoran lo que desconocen. Un perro en la acera misma donde cada mañana se plantaba un humano que nació un día que dios se enfermó. Las mejillas saladas, los ojos hechos un hervor prisionero que se desmayó y los pasos temblorosos justo en el pórtico presenciando el patio central. Dos pasos adelante y un mísero pago me tenían dentro de un tesoro de la humanidad, un patrimonio que bien haría en estar en la ruta de quienes buscan la redención paseando por el cementerio de Montparnasse. El pasaje recto, el panteón enorme donde ahora aguedita corre con su vestido de color fotográfico persiguiendo a Nativa. La Tahona encendida suelta su aroma donde los bizcochos deben estar ya cociéndose. Sigo mi camino y veo a Miguel esconderse tras la habitación del rezo. El pequeño César volteado y con el brazo flexionado sobre los ojos, está acostado en el junco del jardín. 7, 6, 5… cuenta, sin saber que las horas que le esperan serán eternas en nuestras testas atolondradas y tan ínfimas ante su verso que aplana. La lluvia estalla y derrumba la incólume postura de mi bípeda presencia y desmayo. No puedo contener el beneplácito ni la sorpresa de saberme allí donde se respira sus pequeños pasos y los niños corretean por cada habitación. El cielo mustio derrota nuevamente a mis pasos y llego al poyo de la casa. Allí donde se sostiene el lindero más hermoso de la casa y donde fenecen mis fuerzas. No puedo más que tomar asiento en el mismo estrecho donde seguro las fiestas podían evitarse.




Allí en redor de las paredes cálidas y los fantasmas del verano, me encuentro tan pequeño y anonadado que la vida misma se ha trastocado. Tanto tiempo perdido, tanta certeza de no saber a dónde uno va, tanta desazón a cada paso hecha la única razón por la que se insiste en pertrechar este camino. Los días que he abandonado se convierten en acuarelas olvidadas en este paisaje de quincha y escuetos salones. De habitaciones donde soñaron los cabellos más resueltos y lúcidos de una república casi estéril. Y ante ello no me queda más que tragar de esta tierra, beber la lluvia y morder mis manos a fin de que en estas llagas penetren cada segundo los conceptos que vuelan por estos pasadizos oscuros y abandonados. Tengo en mis palmas ya la vértebra de la tristeza absorbida en cada cuarto, y habiendo tocado ya estas paredes y habiendo pisado ya este suelo, el ocaso de una tarde que fenece me recuerda esos enormes versos:


Pero antes que se acabe
Toda esta dicha, piérdela atajándola,
Tómale la medida, por si rebasa tu ademán, rebásala,
Ve si cabe tendida en tu extensión
.



Las dos monedas miserables se cuelan inhóspitas en alguna secreta de una administración silente; y siento el hombro palmeado como por un calor. Sé que estás allí. Ya no he de voltear, sé que estuvimos juntos en el albor de un nacimiento que no ha hecho más que mantenerme vivo. Ahora salgo por la misma recta mustia que se oscurece y empieza a alumbrarse artificialmente por una lenta modernidad hecha postes. Ya no hay más camino que recorrer que la vuelta sigilosa, un nuevo día ha de ser parido, para volver a la orfandad, para saber que aquí se culminó lo que yo mismo quise algún día matar.






2 comments:

Nicolás Bramón said...

el timbre no para de sonar hermano..esa puta alarma no deja de sonar, excepto cuando la roleamos y nos cagamos de risa hasta las lágrimas.. entonces el hermano es el que se sabe atento en mitad coros adolescentes, ventas inutilmente millonarias o caminatas entre los cerros crucificados...
Tu vereda de regreso a este jodido y entrañable mundo
Gracias hermano. Gracias(Zaimarrus On)

Miguel Ángel Vera De La Haza said...

Ese es el camino hermano. El lodo sobre los zapatos, la lluvia sobre la espalda, el camino correcto siempre estará lleno de fantasmas.